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La industria del cine de Hollywood se enfrenta a su propia cultura machista

El productor estadounidense Harvey Weinstein.

Hace más de un mes que la imprescindible revista de periodismo de la Universidad neoyorquina de Columbia aborda a diario lo que denomina el efecto Weinstein, esa importante oleada de denuncias que surgió después de hacerse públicos, a comienzos de octubre, los presuntos abusos sexuales cometidos por el poderoso productor hollywoodiense Harvey Weinstein.

El pasado viernes 10 de noviembre, la revista le dedicaba a ese tema su newsletter dominical. El titular era bastante elocuente: “Cuando el efecto Weinstein se transforma en torrente”. La víspera, recuerda la Columbia Journalism Review, se habían hecho públicas nuevas  revelaciones hasta el punto de que no cabían todas en la portada de The Huffington Post.

The Washington Post publicaba que Roy Moore, candidato republicano por Alabama, en unas elecciones cruciales previstas para el 12 de diciembre, sometió a tocamientos a una menor en 1979. Moore, a quien han dejado de lado numerosos republicanos, desmentía con torpeza las acusaciones, se niega a renunciar al cargo y denuncia la existencia de un complot político, al tiempo que acusa de mentir a las denunciantes (que se reafirman en lo dicho).

Cinco mujeres también han contado en las páginas de The New York Times cómo el célebre humorista Louis CK, que se reía de los agresores sexuales en sus sketchs y que se hacía pasar por feminista, se masturbaba delante de ellas. Tras negarse a responder en un primer momento, Louis CK, cuya tendencia a exhibir su pene ya fue objeto de un artículo en 2012 en el que no aparecía explícitamente su nombre, reconocía los hechos: “Todo es verdad”.

En la misma edición, el diario neoyorquino acusaba al empresario hostelero André Balazs, propietario de los hoteles Standard y del celebérrimo castillo Marmont de Los Ángeles, de mantener, con varias mujeres, relaciones sexuales no deseadas; el periódico también abordaba el despido por acoso de Benjamín Genocchio, director de una famosa feria de arte contemporánea de Manhattan; el relato desgarrador de Diana Nyad, nadadora de 68 años, agredida sexualmente por su “venerado” entrenador cuando tenía 14 años.

La denuncia pública de todas mujeres, surgida a raíz de la inmensa ola de #MeeToo, que vio la luz en las redes sociales, ha permitido conocer los abusos sexuales cometidos por hombres que se encontraban en una situación de poder. “En los 70, en el movimiento feminista, hablábamos de 'detonante'", cuenta en The New York Times la feminista Barbara Berg. "En este momento, estamos pasando por ese detonante. ¡Basta! Se ha producido un efecto bola de nieve. Hay mujeres que atacan a los poderosos, a ellas ya no se les dice como hasta ahora ‘es lo que hay, hay que vivir con ello' y eso anima a otras mujeres a levantar la voz”.

“Nunca he visto algo así”, se felicitaba recientemente Anita Hilla. En 1991, esta profesora de derecho compareció en el Senado de Estados Unidos con el fin de denunciar el acoso sexual que sufrió a principios de los 80. Acusaba a su jefe, Clarence Thomas, entonces aspirante al Tribunal Supremo. Thomas finalmente consiguió llegar al Alto Tribunal –y allí sigue–, pero el testimonio de Anita Hilla removió muchas conciencias en todo el país y consiguió que aumentasen las denuncias, por lo que el Congreso reforzó el arsenal legislativo en contra del acoso sexual.

En Francia, “país de las galanterías, las groserías y la chulería”, según la actriz Isabelle Adjani, los tuits publicados con la etiqueta #DenunciaAlCerdo se vinculan demasiado a menudo con una denuncia malsana, expresión de un nuevo “orden moral” teorizado por feministas activistas que identifican, sin matices, seducción y agresión, acabando con cualquier posibilidad de flirteo o de ligoteo. O simplemente con un exceso de puritanismo dudoso, importado directamente de Estados Unidos.

Este análisis reflejo, y corto, impide ver lo que sucede realmente al otro lado del Atlántico: por primera vez, mujeres -y también algunos hombres- a quienes hasta la fecha no se les había dado voz (por temor a represalias, habían alcanzado acuerdos financieros con sus agresores, tenían miedo a convertirse en acusadoras, sabían que no habría consecuencias judiciales, etc.) están dispuestas a contar los abusos sufridos a diario por parte de personalidades influyentes del cine, de la televisión, del periodismo o de la cultura pop.

La mayoría de las investigaciones, publicadas por los principales medios de comunicación de Estados Unidos en las últimas semanas, lejos de ser acusaciones sin pruebas, son fruto de un trabajo periodístico minucioso, que se nutre de numerosas fuentes, la mayoría identificadas con nombres y apellidos.

Weinstein, un predador entre otros

Estas historias no se parecen, necesariamente. No hablan todas de violaciones o de agresiones en cadena al estilo Weinstein, pero en los relatos, se cuestiona un sistema de representación. Se trata de una boys culture que permite a los hombres poderosos pensar que pueden disponer a su antojo del cuerpo de las mujeres, reducirlos a su mera condición de presa sexual, humillarlas. Se trata de la misma cultura que autoriza a Donald Trump a hablar de “conversaciones de vestuario” cuando justificaba haberse vanagloriado en privado de “coger a las mujeres por el coño”. No olvidemos que 17 mujeres han denunciado a Donald Trump por acoso o agresión sexual…

La impunidad de antaño, a saldo por las respectivas posiciones de poder, ahora se tambalea. Bien es verdad que la existencia o no de consentimiento también se encuentra en el centro del debate: algunas de estas historias demuestran que un acto sexual a priori consentido puede conllevar violencia si una de las partes implicadas abusa de su posición.

La carta de arrepentimiento–que no de disculpa– de Louis CK resulta interesante si hay que leerla como un intento por salvar su reputación y su amenazado negocio (las cadenas FX, Netflix y HBO han anulado sus contratos con él). El humorista admite haber aprovechado la influencia que ejercía sobre las mujeres, en la mayoría jóvenes comediantes y admiradoras, antes las que se masturbaba. “Entonces, me decía que lo que hacía estaba bien porque no nunca sacaba mi sexo sin preguntar primero. Después he aprendido, demasiado tarde, que cuando ejerces cierto poder sobre otra persona, pedirle a esa persona que te mire el sexo no es una alternativa; supone ponerla en una situación muy difícil. El poder que tenía sobre estas mujeres es que ellas me admiraban y he ejercido ese poder de forma irresponsable”.

Todavía aturdida por el escándalo Weinstein, un secreto a voces que le ha estallado en la cara, la fábrica de los sueños de Hollywood es la primera damnificada. The New Yorker revelaba recientemente el sofisticado sistema de intimidación y de amenazas (un ejército de espías, según la periodista Ronnan Farro) establecido en los últimos años por el productor Havery Weinstein para silenciar a las víctimas. El productor, a quien acusan 120 supuestas víctimas de abusos o de violación, está siendo investigado por la Policía. También su hermano, Bob Weinstein, ha sido acusado por una productora.

Contrariamente a lo que se oye a veces, el caso Weinstein no es un hecho aislado. Actualmente, más de 300 mujeres han contado en las páginas de Los Angeles TimesLos Angeles Times los casos de acoso sexual cometidos por el guionista y realizador James Toback. “Durante años, Toback acosó sexualmente a las mujeres a las que contrató, las mujeres que buscaban trabajo y a las que veía por la calle”, recoge el diario californiano que describe, entre otros episodios, las pseudoaudiciones en las que Toback se masturbaba después de sugerirle a las aspirantes a actrices que se desnudaran. El acusado niega los hechos.

Brett Ratner, célebre realizador y productor (Rush Hour, X-Men, Prison Break), afamado seductor de Hollywood, ahora acusado por seis mujeres de acoso o de agresión (felación no consentida, sesión de masturbación no solicitada, comentarios en los que Ratner ofrece “fama” a figurantes a cambio de relaciones sexuales etc.).

Por su parte, varios hombres, incluido el actor Anthony Rapp (menor en el momento de los hechos), también han acusado de agresión sexual a Kevin Spacey, el Frank Underwood de la serie House of Cards. Mujeres, a veces actrices célebres, han denunciado con nombres y apellidos el acoso o las agresiones que han sufrido por parte de actores como Steven Seagal, Ben Affleck (uno de los primeros actores que denunció el comportamiento de Weinstein), Dustin Hoffman, Jeremy Piven, Andy Dick, el productor David Guillod o el director de los estudios Amazon Roy Prince, etc.

En este contexto, otros recuerdan que Roman Polanski sigue siendo miembro de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences, encargada de entregar los Oscar. El realizador de ElPianista, que reside en Francia y que no ha vuelto a poner los pies en Estados Unidos tras ser acusado, en 1977 de agredir sexualmente a una menor, también está acusado de haber violado o agredido sexualmente a cuatro mujeres, también menores en el momento en que ocurrió todo. En plano escándalo Weinstein, la Cinemateca Francesa no ha creído necesario suspender una retrospectiva dedicada a su figura, al no querer situarse en “un pedestal moral” ni entregar “certificados de buena conducta”.

Accesorios

Mientras la Policía de Los Ángeles ha creado una task force dedicada a investigar y dar seguimiento judicial a todos estos casos, Hollywood, lugar de producción de una parte de las imágenes y de las representaciones que tapizan nuestro imaginario, se pregunta sobre los años de impunidad del que se han beneficiado algunos predadores sexuales y contempla su propia “cultura del acoso”.

La página web Vice ha contado, con ejemplos muy concretos, cómo el acoso está presente en el día a día de los estudios. Doscientos profesionales de la animación han publicado una carta abierta donde instan a los mandamases del sector, el 75% hombres, a tomarse en serio la denuncia y a combatir el acoso.

“Cada mañana, nos levantamos preguntándonos quién será el siguiente”, admite en Los Angeles Times Marcel Pariseau, responsable de comunicación de las actrices Scarlett Johansoon y Olivia Munns, después de que esta última denunciara a Brett Ratner.

“Cuando empecé en el cine tenía veinte años y ese sentimiento generalizado de que los hombres ricos y poderosos podían hacer lo que quisieran”, recuerda la productora Catherine Vachon. “Hollywood es un gran club para hombres, un gran club para hombres blancos”, comenta Jennifer Warren, presidenta de la Alianza de Mujeres Realizadoras.

Las cifras le dan la razón. Según un estudio reciente de la escuela de comunicación USC Annenberg, sólo cinco de los 100 películas de Hollywood más taquilleras en 2016 estaban dirigidas por mujeres. Y la cifra se mantiene en los últimos diez años. Nueve de cada diez guionistas y ocho de cada diez productores son hombres, sobrerrepresentados en los puestos de dirección de los estudios.

La actriz Rose McGowan, una de las víctimas de Harvey Weinstein, invitada a finales de octubre a la sesión inaugural de la Women’s Convention de Detroit, recordó que el 96% de los miembros de la sociedad de realizadores norteamericanos (Directors Guild of America) son hombres, “una estadística que no ha cambiado desde 1946”.

La infrarrepresentación de las mujeres también es visible en la pantalla: según la escuela USC de Annenberg, sólo el 12% de las películas contienen igual número de mujeres que de hombres. Ellas se ven sexualizadas mucho más a menudo que los hombres (pueden ir desnudas o ligeras de ropa) y representan papeles tradicionales de esposa o de novia, en un segundo plano de la acción principal. Las minorías (LGTB, negros, latinos, asiáticos) también se encuentran infrarrepresentadas.

“Mientras que no tengamos más mujeres al frente, mientras que no se hagan más películas por y sobre mujeres (de todos los colores), lo que sucede en este momento tendrá la ineficacia de un cauterio en una pierna de madera, en el mejor de los casos”, escribe Scott Mendelson, periodista especializado en cine. “La cultura que provoca hoy esta revuelta se ve reflejada en las películas”, prosigue y destaca la multitud de largometrajes centrados en personajes masculinos, donde las mujeres son “accesorios sexis u obstáculos sexis”. “Esta cultura nos lleva a pensar que las películas en la que los hombres se comportan mal, y a menudo con las mujeres, son automáticamente más importantes y con un mayor valor crítico”.

Esta gran oleada liberadora, originada en Hollywood, afecta a todos los estamentos del poder. Las mujeres de Silicon Valley, ya movilizadas antes del caso Weinstein, también ofrecen su testimonio. Una carta abierta firmada por 300 representantes, lobbistas o colaboradoras, denuncia el acoso permanente al que se ven sometidas, motivo por el cual se ha abierto una investigación en el Parlamento de California. En Minnesota, Kentucky, Florida, Colorado, hay representantes en el punto de mira por historias hasta ahora silenciadas.

En el Congreso, la senadora demócrata Amy Klobuchar pretende que se imparta, a todo el personal, formación obligatoria sobre el acoso, también a los senadores –actualmente esta formación es facultativa, mientras que la Cámara de los Representantes estudia el cambio de sus prácticas internas–. Y varias figuras del periodismo americano (Mark Halperin, NBC; Leon Wieseltier, The New Republic; Michael Oreskes, NPR; etc.) han caído de su pedestal después de las denuncias de varias mujeres.

Sin embargo, esta oleada, impresionante y mediática, tiene ciertos límites. En Estados Unidos, como en otras partes del mundo, las víctimas de acoso sexual ofrecen muy poco su testimonio: se presentan menos de 10.000 denuncias al año ante la Equal Opportunity Commission (EEOC), encargada de recabarlas. Más allá de los efectos puramente comunicativos, el movimiento actual no ha llevado a las empresas a cambiar sus prácticas.

Ahora el riesgo es, según numerosas feministas, en que sólo se escuchen algunas voces de víctimas: las de las mujeres que tienen tirón mediático o capacidad de llamar la atención; y todo ello en detrimento de otras, pobres o pertenecientes a minorías. ________________

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Traducción: Mariola Moreno

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