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Los diablos azules

El novio del mundo

  • Walter Arias se despierta en una calle de Melilla después de haberse acostado en un hotel de Ámsterdam. Así arrancaba el thriller picaresco en 1998
  • "Nada tiene sentido, camaradas. Todo es un misterio que gira aburridamente sobre su propio eje como una peonza metafísica"

Felipe Benítez Reyes Publicada 12/01/2018 a las 06:00 Actualizada 12/01/2018 a las 09:40    
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Dos décadas después de su publicación, la Fundación José Manuel Lara reedita El novio del mundo, de Felipe Benítez Reyes, un título convertido en novela de culto. 
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Tras haberse acostado en un hotel de Ámsterdam, Walter Arias se despertó a la mañana siguiente tendido en la acera de una calle de una ciudad medio modernista y medio africana que resultó ser Melilla.


Mi nombre es Walter Arias.


Cuando abrí los ojos, una especie de cleopatra de pago me miraba con fijeza, confundiéndome sin duda con un obseso sexual. "¿Echamos el rato, cariño?", me preguntó, a la vez que se oprimía los pechos con un orgullo no sé hasta qué punto paródico.

Para eso estaba yo.
  Me dolía mucho una oreja y en mi antebrazo tenía la marca de una aguja d'artagnan, con su anillo saturnal de sangre coagulada. —Te meten una porquería en el cuerpo y dejas de ser tú, y apareces en Melilla. Enhorabuena, Walter.

Hay días, desde luego, en que si uno inventara un perfume le pondría de nombre Náusea.

Y es que a veces el Destino se parece a un agente turístico que se la tuviera jurada al mundo y que, valiéndose de la red informática, se dedicara a enviar a Beirut a los ancianos que soñaban con los laberintos adriáticos de Venecia —muchos de ellos cargados de pastillas para no marearse en las góndolas— o a desviar al Caribe a los boy scouts que, en compañía de sus pederastas, anhelaban visitar el Vaticano para oír al papa decir misa —a un kilómetro aproximado de distancia teosófica— en su esperanto entre disléxico, beatífico y babélico.

"Melilla, ciudad de congresos y turismo", según rezaba un cartel. (Felicidades, Melilla.)

Pero dirijamos ya nuestra astronave luminosa al terreno de los debates filosóficos... Bien: poco más o menos, las cosas que nos ocurren se dividen en inverosímiles, imposibles e improbables. Cuando algo es a la vez inverosímil, imposible e improbable, decimos entonces que se trata de una cosa normal, sujeta a los cánones de funcionamiento de esa tómbola tarumba que es el mundo —con sus premios estelares: cadáveres, incógnitas, desapariciones... Pues, aunque parezca raro, yo llevaba puesto —sería un poco largo de explicar— un camisón de mujer, circunstancia que, después de todo, no me hacía especialmente estrafalario en aquel sitio en que mucha gente vestía chilaba, aunque debo confesar que no resulta cómodo andar con ese aspecto por la calle por más que la calle esté llena de moros.

A causa sin duda de las brumas pegajosas del despertar, pensé durante medio segundo que me encontraba en Barcelona, ciudad en la que a los arquitectos neogóticos les dio la ventolera de proyectar macabras construcciones que parecen la tarta de cumpleaños del conde Drácula. "¿Barcelona?". Pero medio segundo después caí en la cuenta de que no era corriente el hecho de que por Barcelona anduviesen tantos moros, a no ser que se tratara de una trifulca islámica como aquella en que me vi envuelto hace unos años en la medina de Fez y en la que a punto estuve de perder la visión de un ojo, según me gustaría contar en otro momento.

Melilla. En fin, son cosas que ocurren, y contra ellas no cabe rebelión ni sorpresa: si uno se acuesta en un hotel de Ámsterdam y se despierta en un sitio medio catalán y medio africano, más vale no hacerse demasiadas preguntas. Tampoco se las hagan ustedes.

¿Un misterio? Bueno, sí, todo en la vida es misterioso. 1) ¿Por qué es más fácil sacar el hilo de una aguja que enhebrarlo en el ojo de una aguja? 2) ¿Por qué la soledad puede procurarnos felicidad y por qué el amor correspondido puede provocarnos dolor —especialmente de cabeza—? 3) ¿Por qué en el cine se te sienta siempre delante el coloso adolescente de la peluca afroyeyé? 4) ¿Por qué inventó el hombre el mito del unicornio?

Nada tiene sentido, camaradas. Todo es un misterio que gira aburridamente sobre su propio eje como una peonza metafísica. Cualquier estupidez, como quien dice, es misteriosa: ¿por qué ciertas semanas parecen eternidades y ciertos años relámpagos? ¿Por qué la ciencia moderna la tiene tomada con la placa dental? ¿Por qué todos los psicópatas de las películas se saben el Antiguo Testamento de memoria? ¿Por qué la bigamia se considera un delito y no una enfermedad mental digna de compasión psicoanalítica? ¿Por qué los tuertos no lloran el doble de tiempo?

El mundo, ya digo, es un misterio giratorio, y a mí me ha tocado en suerte el ser un ente errante, uno de esos tipos que pueden acostarse en un sitio y despertarse en otro. En otro continente incluso, porque todo depende del azar, ese cubilete de dados que agita un simio tocado de los nervios.

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