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Los diablos azules

Hemos ganado la vida

  • El autor entra en cada una de las historias con una suerte de gallardía, con ese tono seguro de sí mismo que llena de levedad las páginas Malandar
  • Eduardo Mendicutti es un gozador de la escritura y de los giros andaluces del habla, un gran contador de historias, un recopilador de los disfrutes del cuerpo

Pablo Simonetti Publicada 06/04/2018 a las 06:00 Actualizada 05/04/2018 a las 13:52    
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Qué bello título es Malandar. Es el nombre de unas dunas del coto de Doñana, en Cádiz, que se tiñen de fuego justo antes de que caiga la noche, pero también es la mejor forma de describir los destinos de los personajes de la novela de Eduardo Mendicutti. Uno se imagina a sus tres personajes principales subiendo con esfuerzo, recostándose sobre ellas, o a veces bajando a toda velocidad las dunas de la vida. Se aman, se extrañan, pero no están juntos como quisieran. Mientras tanto van por ahí, malandando, en especial Miguel Durán, narrador y protagonista, que se aleja de la norma heterosexual, de Elena y de Toni, y de su pueblo, La Algaida.

  Pero que no se me malentienda. A pesar de la añoranza que siente por ese amor a tres bandas que se inició en la infancia y por esas costumbres tan ricas de su familia y de su tierra natal, Miguel Durán no lleva una vida descarrilada ni menos triste, sino llena de aventuras, de muchos hogares provisionales e igualmente acogedores. El libro es eso: la reunión de los relatos picarescos de Miguel en Madrid, encuadernados con el hilo y las tapas de la historia mayor, su relación con Toni y Elena, consolidados por la extraordinaria consistencia narrativa del autor, que entra en cada una de las historias con una suerte de gallardía, con ese tono seguro de sí mismo, entre compasivo y zumbón, que llena de levedad las páginas Malandar.

Mendicutti tiene una gracia única para escribir. No hay párrafo en que uno no se ría con ganas o al menos se sonría para sus adentros, o con una frase divertida, musicalmente bien lograda, o con una imagen satírica perdurable. Es un escritor lleno de color literario, pero que nunca cae en el folclor chillón. Tiene además la habilidad de presentar a los nuevos personajes de la historia con energía y trazos precisos, don que nos permite imaginar a los recién llegados vívidamente y con creciente curiosidad. Salta a la vista también el refinado oficio de Mendicutti cuando perfila la historia y sus lecturas posibles. La novela florece en metáforas expansivas sobre el mundo de entonces y de hoy, pero que no están recalcadas ni menos explicadas; al contrario, se deja al lector el disfrute de descubrirlas y saborearlas incluso mucho después de que hayan pasado delante de sus ojos. Estoy pensando en las mismas dunas, en el cartel que había al llegar a ellas y que prohibía casi todo, en la nieve como liberación, en el hombre de las camisas modernas y el miedo que provocaba su vestimenta, en los nuevos matrimonios, en la llegada de esa fruta rara que es el kiwi a la mesa de una familia gaditana tradicional. Un gusto particular que me dio la novela fue la descripción de los vientos, las nieblas y las mareas que marcan los días de los habitantes de La Algaida, un conocimiento minucioso que acompasa las decisiones cotidianas, otra metáfora de cómo los rumbos que toman nuestras vidas se ven determinados por condiciones atmosféricas que nos trascienden.

Eduardo Mendicutti es un gozador de la escritura y de los giros andaluces del habla, un gran contador de historias, un recopilador señero de los disfrutes del cuerpo; sobre todo, es un celebrador de la vida. Así sale uno de la lectura de Malandar, con ánimo celebratorio, acompañado de un dejo de nostalgia: hemos perdido la infancia, qué duda cabe, pero a cambio hemos ganado la vida.

*Pablo Simonetti es escritor. Su último libro, Desastres naturales (Alfaguara, 2017). 

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