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Los diablos azules

José Ignacio Carnero: "Este libro es un álbum de recuerdos de algo que se muere"

  • En Ama, su primera novela, el escritor narra la historia de su barrio en la Margen Izquierda, al compás de la vida de su madre y la enfermedad de esta
  • La idea del archivo familiar, defiende, es "burguesa": la memoria de la clase baja que "ha empujado hasta donde estamos hoy" aún no está escrita

Publicada el 26/04/2019 a las 06:00 Actualizada el 26/04/2019 a las 11:51
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José Ignacio Carnero (Portugalete, Vizcaya, 1986) contesta al teléfono desde Barcelona, donde trabaja como abogado, pero su "lugar en el mundo", que así lo llama, está en la Margen Izquierda. Con las chimeneas, los Altos Hornos, con la casa cuya hipoteca comenzaron a pagar sus padres mientras la izquierda de clase alta celebraba mayo del 68, con la memoria de su madre. La suya es la historia que recupera en Ama (Caballo de Troya), su primera novela, madre en euskera y también el imperativo del verbo amar. Él dice que esto no es un homenaje, sino un episodio más de su vida, algo más sobre lo que escribir, como hace desde siempre.

Pero si no es un homenaje, lo parece. Un homenaje esas personas que "normalmente no meditan si actúan con dignidad u honor", sino que simplemente lo hacen. A una clase que es tan protagonista de la historia de España como la que sale en los libros de historia. A los padres que le criaron con "libertad y amor" y que no dejaron que se convirtiera en "un capullo" por mucho que invirtieran sus ahorros en una universidad privada. Y a su ama, claro, que se marchó del pueblo gallego para ser empleada interna de los señores vascos, que trabajaba fuera y en casa, que le cuidaba a él y también al barrio, y que enfermó y murió con la misma dignidad y honor con la que vivió. De todos ellos no quedará nada, dice, a no ser que alguien lo cuente. 

Pregunta. ¿De dónde sale la necesidad de recordar la vida de quien no la ha contado?

Respuesta. Me di cuenta de que es necesaria la memoria. Leía a escritores que cuentan la vida y el pasado de sus familias, y me dije: yo también puedo hacerlo. Pero luego me choqué con la realidad de bruces, porque me di cuenta de que no tenía material. Esta historia del escritor que va al archivo familiar y saca cartas y fotos y descubre secretos y dramas, en mi caso no ha sido posible. Mis abuelos no sabían escribir, sin ir más lejos. No hay tampoco fotografías o vídeos… Esos materiales que se ven en los documentales, esas imágenes de gente tan bien vestida, esas cartas tan bien escritas que aparecen en las novelas. Me di cuenta de que esto era una idea un tanto burguesa. Porque yo busqué algo parecido y no me encontré absolutamente nada.

P. ¿Entonces?

R
. Entonces grabé las conversaciones con mi madre, aunque finalmente no las utilicé. Las tengo guardadas, pero me da un escalofrío escucharlas… Escribí todo de un tirón, de lo que yo recuerdo que ella me contó, para darle consistencia física a algo que para mí no existía. Este libro es una especie de álbum de recuerdos de algo que creo que se muere: el barrio, la familia. No va a quedar nada. Porque si en mi casa no hay nada, en las casas de los demás imagino que ocurrirá lo mismo. Por eso me obsesioné un poco, y mi manera de darle forma es escribirlo. De ahí algunos recursos que utilizo, como las enumeraciones: las mujeres que se asoman al balcón, que van al mercadillo, que llaman a sus niños… Objetos, frases que escuchaba. Es una forma de sujetar, de acotar el mundo. Ya que no hay una memoria escrita de mi barrio y mi familia, la creo yo.

  P. ¿Y por qué no existe esa memoria?

R. Porque, por un lado, dentro de mi clase, hay una imposibilidad material de tenerla: no hay cartas, no hay archivo. Y por otro lado, porque es un poco cutre. Digo que para recordar a mis padres hay que pensar antes en un capullo como el Fary que en Bob Dylan. Nos gustaría pensar que nuestros padres estaban ahí en mayo del 68, escuchaban a Dylan y miraban a un cuadro de Hopper. Pero no, el país era otra cosa. Y nuestro pasado no es muy glamuroso. Como nosotros somos tan guays y tan hispters, aquello que queremos recordar no es… no es doloroso, porque no es la palabra, pero sí cutre. Es lo que somos, no pasa nada. Seguro que si te pones un documental sobre la Transición te ponen de banda sonora a los Beatles. ¡En mi casa no se han escuchado a los Beatles en la vida! En mi casa se escuchaba a Manolo Escobar. Vemos a Alfredo Landa y a José Luis López Vázquez y pensamos que qué casposo y miramos para otro lado. Entonces, si juntas los dos fenómenos, te encuentras ante el vacío absoluto.

P. ¿Se trata de convertir en algo digno de ser recordado aspectos que no se habían considerado así?

R. Sí, sí. Es una injusticia tremenda, porque el país ha progresado muchísimo, no estamos como hace 40 años, y no lo estamos gracias a ellos. En eso hay mucho trabajo, mucho dolor, mucho silencio, mucha honestidad, mucho sacrificio en la educación de los hijos, muchas ansias de progresar, de no querer ser como la generación de la Guerra Civil… Joder, hay mucha heroicidad. Yo al menos lo veo así. Y en un hippie que está escuchando a Joan Báez habría que ver, porque seguramente venía de una familia acomodada que le había permitido estudiar y viajar. No quiero criticarlo, porque yo siempre digo que me encanta Dylan, pero creo que se es injusto recordando solo una parte. En este país ha habido mucha hambre, mucha miseria, mucho analfabetismo, y esa gente es la que ha empujado hasta donde estamos hoy. Y esas mujeres, esas madres que pasaron hambre y frío, mujeres que fueron a trabajar como chicas de servicio y a la vez cuidaban a la familia, como es el caso de mi madre, y cuidaban también de los vecinos. ¿Cómo no va a ser heroico eso? La foto del Che en una camiseta no es lo único que hay que recordar o considerar un mito. O Woodstock. O un minero.

P. Sucede también que el obrero ha tenido una pequeñísima ración de épica, pero a la ama de casa o a la interna no se le ha concedido.

R. Es el absoluto silencio. Al obrero se le ha premiado, aunque con el premio parece que te entierran, y esa es otra discusión. Pero hay un relato. El país lo ha construido el hombre, no hay ninguna duda, desde los políticos, los futbolistas, los presentadores de televisión… hasta el obrero, que te sacan en una manifestación en la Transición y más o menos lo tenemos en la memoria. Pero las mujeres no aparecen por ningún lado. Incluso desde el lado de feminismo el arquetipo de mujer acerca del cual se dialoga y se piensa pocas veces es ese. Sería una cosa fea también pensar que las chicas de servicio son cosa del pasado. Ahora son latinoamericanas, o las kellys, están ahí. Hay muchas mujeres que hacen trabajos silenciados, y no sé si se les da suficiente reconocimiento y visibilidad.

P. En esa construcción de la propia memoria familiar, ¿qué ha descubierto, qué es lo que no había considerado interesante hasta ahora?

R. Poca cosa, porque yo he hablado mucho con mi madre siempre. Pero es verdad que nunca había hablado mucho conella del trabajo en las casas. Y tampoco con mi padre del trabajo en la fábrica, era algo que se daba por supuesto y estaba ahí. Si tienes un padre médico o abogado, puede resultar más o menos atractivo aquello de lo que se habla a la hora de comer, pero de trabajos manuales qué vas a contar. No lo había pensado, pero sí puede ser que haya sacado más de la vida interna… que tampoco tiene tanto protagonismo en el libro. Que los señores les escuchaban las conversaciones, y de una casa la echaron porque se enteraron de que había comprado el periódico para buscar otro empleo donde le pagasen más. O no sabía que había estado trabajando en casa de alguien que entonces era niño y hoy es un político conocido. O de una casa que eran muy fiesteros y a las dos o tres de la mañana las llamaban por teléfono para que fueran preparando la casa, se pusieran la cofia y les pusieran un whisky, y luego les decían que ya podían seguir durmiendo. En una de esas, la compañera de mi madre le dijo “oye, vamos a escondernos”, y vieron cómo los señores y los amigos se desnudaban y empezaban a practicar sexo en grupo. Te puedes imaginar, ellas con 17 años o así, con esa moral católica y recién llegadas del pueblo. De todo esto no habíamos hablado.

  P. Siendo unas memorias, y partiendo de la realidad, ¿dónde se ponía el límite de hasta dónde podía alterar lo ocurrido?

R. Esto me lo preguntan bastante, pero me parece irrelevante. Si escribes algo de no ficción, ¿por el mero hecho de serlo tiene que ser verdad? No necesariamente. Sobre todo si el lector no te cree. Y una obra de ficción, ¿no puede ser verdad? Es cierto que tratándose de no ficción se supone que hay una pretensión de ajustarte a la verdad, pero es difícil saber si lo he conseguido, y en cualquier caso lo habré hecho en la misma medida en que lo haría en una obra de ficción. Tienes que limar alguna cosa de la realidad, esto sí, porque si no el relato no fluye. Pero son minucias. Me viene a la cabeza que hoy un compañero de trabajo me pregunta que por qué digo que gano un sueldo. Yo soy socio del despacho, soy autónomo y por lo tanto no tengo un sueldo que me pague un patrón. Efectivamente, no cobro un sueldo, ¿pero es eso relevante, lleva a algún sitio? Algunos nombres que he cambiado, porque lo que contaba era íntimo. Este tipo de cosas.

P. Pero al usar como materia prima un material sensible, ¿ha tenido algún tipo de prevención?

R. Tendría mucha prevención si tratara la vida de un tercero, pero por la relación que tenía, que tengo, con mi madre, tengo la certeza de que no le molesta nada. Siendo íntima la relación, es íntima la certeza de que puedo hacerlo. ¿Dónde metes la tijera? Las cosas que no he querido contar no las he contado: no he contado la agonía, porque no me ha apetecido. Hay cosas que he eludido, que no me daba la gana de contar.

P. La clase está muy presente en la novela, tanto la vergüenza del pobre como el malestar del desclasado. ¿Sabía, desde el principio, que ese factor tendría tal protagonismo en la historia?

R
. No, no tenía ni idea. Pero si hablas con mis amigos y les preguntas con qué doy la matraca yo, te dirán que sí, que claro. Es mi obsesión, y lo es en mis conversaciones privadas. Si me pongo a escribir sobre mi barrio y sobre mi madre, ¿sobre qué voy a escribir? Sobre lo que me obsesiona. La clase, la culpa. Parece que la culpa es un concepto religioso, pero no lo es, es un concepto político: la culpa nace en el momento en el que asumimos que existe el sueño americano, por decirlo de algún modo. Desde que asumimos que el sistema es justo y reparte bienes en función de tus capacidades y tu mérito, el exitoso se lo merece y el fracasado también. Desde esa lógica perversa, hay mucha gente que por no alcanzar lo que llamamos éxito se siente culpable. Si esto no fuera así, el sistema no funcionaría. La cosa se va aguantando en gran medida porque el que no alcanza ciertas metas marcadas por el sistema se siente culpable, lo oculta, trata de alcanzar un sucedáneo, y ahí están las marcas, la ropa, los coches…

P. Por su historia vital, usted podría estar defendiendo lo contrario: si yo he podido, cualquiera puede...

R.
 Sería un capullo si dijera eso. Sería un farsante de cuidado. Nunca he tenido ninguna duda acerca de eso. A mí las cosas me van más o menos bien por suerte, por casualidad. Yo soy hijo único; si hubiera tenido un hermano, no hubiera estudiado en una universidad privada. Ya está, se acabó. Mis padres son mayores y mi padre se jubiló justo antes de que estallara la crisis. Siempre ha habido este miedo en casa del cierre de la fábrica, la gran teta que nos da de comer, pero económicamente nunca hemos experimentado aquello que temíamos. Clase baja, pero hemos aguantado. Pero con que mi padre hubiera tenido 5 u 8 años menos de los que tiene, le hubieran echado a la calle con cincuenta y pico y estaría en la calle haciendo vete a saber qué. Nunca he vivido en la abundancia, pero mi vida no ha tenido nada que ver con lo que podría haber sido de haber cambiado alguno de esos factores. A todos mis compañeros de facultad les va la vida de puta madre y no son más listos que la gente que he conocido en mi barrio u otros entornos. Al contrario: algunos son muy tontos, y se ganan la vida muy bien. Entonces, ¿qué pasa? A todos los de mi facultad les va bien y a todos los de mi barrio les va mal, ¿qué estamos, intoxicados? No, hombre, no. Que a mí me traten como salvoconducto de los poderosos… me sacaría de quicio.

P. El narrador de la novela está en terreno de nadie: su círculo en la ciudad, que no es exactamente el suyo, y su verdadero círculo, su barrio, que queda lejos. ¿Qué aportaba eso a la voz del narrador, a la novela?

R. Yo no sé si estoy en ese sitio. Yo soy muy consciente de cuál es mi lugar en el mundo, y desde luego no es la élite de nada. La gente con la que me relaciono está en su burbuja, y de ahí no les sacas. Y la gente del barrio también. Son ambientes muy claustrofóbicos, y puede ser que yo, habiendo visto un poco de todo, tenga esa capacidad para describir ambos espacios. Pero eso no significa que yo pertenezca a ese mundo. Seré un desclasado, o estaré fuera de órbita. Pero no es que esté a caballo entre un lugar y otro: yo sé perfectamente en qué lado estoy.
 
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1 Comentarios
  • Copito Copito 26/04/19 09:51

    Que interesante me parece la manera de abordar su memoria, y la de las mujeres. Estaba hoy ojeando una revista de Mujeres , no diré cuál, donde aparecen artículos interesantes de escritoras, cultas, y modelos guapísimas y glamurosas.En un recuadro pequeño, la foto de una mujer mayor, de pueblo, mexicana, madre de una chica desaparecida. Pensé " ¿ y de esta mujer realmente quién habla, quién la mira?. Pues eso, creo que este libro habla de estas personas, hombres, mujeres, sin glamour ni estético ni intelectual, ni falta que les hace, porque su valía es tanta que ni son conscientes de que la tienen, sólo ejercen, aman.
    Habrá que leerte.

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