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Vacaciones eternas

El cementerio marino

  • En la localidad asturiana de Niembro, un modesto camposanto se mira en la ría y atrapa la atención de todo el que pasa
  • En verano, infoLibre inicia una ruta hacia cementerios cuya singularidad, riqueza artística y valor histórico atraen a los turistas en todo el mundo

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 25/08/2019 a las 06:00 Actualizada el 24/08/2019 a las 02:46
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Cementerio de Niembro, España, con el pueblo al fondo.

Cementerio de Niembro, España, con el pueblo al fondo.

INGENIO DE CONTENIDOS
Hay al menos dos cementerios de Niembro: el que se alza sobre las aguas en marea alta y el más despejado de las mareas bajas.

Situado en la parte posterior de la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, entre el pueblo que le da nombre y el de Barro (pertenecientes al concejo de Llanes), el camposanto se adentra en la ría que separa ambas localidades, la ensenada del Vau. Próxima a Cabu Prietu, la ensenada tiene algo más de 40 metros de anchura en la boca y se adentra unos 120 en el interior. Allí, junto a la iglesia, atracaban antaño barcos de vela en los que los campesinos mandaban nueces, limones o tocino hacia varios puertos franceses.
 

De esa actividad nada puede sospecharse si uno llega al lugar en plena bajamar: la estampa que luce cuando las aguas que le sirven de espejo tiene poco que ver con la que ofrece cuando surge de la tierra húmeda en la que, como iglesia y cementerio, han quedado varadas tantas barcas.
 

La historia de una emancipación

De camino al cementerio, paramos en el Hostal La Playa. Lolina Sampedro Marcos, su dueña, nos habló del camposanto en el que están enterrados sus abuelos, sus padres y otros familiares. Y nos dio un libro, editado con motivo del 200 aniversario de la iglesia y firmado por quien en 1994 era su párroco, don José Antonio San Emeterio Escobedo. Ahí aprendimos que Nuestra Señora de los Dolores de Barro, Niembro y Balmori fue fruto de la voluntad de los vecinos, deseosos de independizarse de la parroquia de Celorio a la que hasta entonces pertenecían. Tras una ardua batalla, colocaron la primera piedra el 3 de junio de 1794.

Sin embargo, las estrecheces económicas de los feligreses que subvencionaban el proyecto retrasaron su puesta en marcha definitiva…

San Emeterio reproduce documentos originales en los que aprendemos que los impulsores del proyecto decidieron que el escaso terreno de la parte posterior, el que limita con la ría, acogiera un cementerio. Las actas indican que en “mil ochocientos y cuatro” se hizo el señalamiento de tramos de sepulturas: el “primero tramo” quedó reservado para eclesiásticos, “sin que se pueda enterrar ningún seglar”; el segundo tramo lo integraban 19 sepulturas por cada una de las cuales “se deben pagar a la fábrica 12 reales”; había un tercer tramo de pago, pero más económico; y luego uno para los pobres y un quinto “para los parbulos” que, como el cuarto, “tampoco debe pagar cosa alguna”.

El resultado es un cementerio de planta cuadrada, con pasillos de paso y un lateral hecho de panteones, que tan recientemente como en 1988 acogió una nueva sepultura, la del poeta Celso Amieva, fallecido ese año en Moscú y que sigue siendo, Lolina lo confirma, el cementerio del pueblo, ajeno a modas y recomendaciones turísticas.
 
Pero el proyecto no contaba con que la política y la historia tienen su propia agenda. La invasión napoleónica y los saqueos a los que la población local fue sometida empobrecieron la zona e indujeron las primeras emigraciones de una tierra siempre dispuesta a dejar partir a los suyos; años más tarde, la Guerra Civil produjo el incendio y casi destrucción del templo.

Y entonces los emigrantes, los expulsados, acudieron al rescate. Asturias está modelada por la aportación, en la distancia o en el regreso, de esos trasterrados que al volver construyeron casas que aun hoy se pueden identificar gracias a las palmeras que en sus fincas plantaron; y las fiestas de los pueblos siempre han mejorado cuando “los indianos” ponían de su peculio para pagar una orquesta o mejorar el programa de actos, buena prueba de ello es la celebración en Oviedo, el 19 de septiembre, del Día de América en Asturias, que se celebró por vez primera en 1950, “donde tienen protagonismo tanto la cultura asturiana como la de aquellos países de América Latina a los que tradicionalmente han emigrado los asturianos”.

El caso es que, acabado el conflicto fratricida, en 1942, una comisión de residentes en México, hijos de los tres pueblos integrantes de la parroquia, fueron requeridos para costear la restauración y “respondieron entusiásticamente al llamado”.

Otro tipo de llamada

Desde entonces, “el llamado” atrae a curiosos y turistas, interesados menos por la historia del lugar que por su estampa: este barco quieto bien merece una visita, hacer un alto en un camino que cada año hollan miles de viajeros.

  Y también enamora a las gentes de la televisión y el cine, siempre en busca de lo que los amantes de los tópicos definen como “un marco incomparable”: toda esta costa lo es, un escenario sin parangón, y se puede descubrir siguiendo el itinerario cultural Llanes de cine, elaborado por el ayuntamiento de esa localidad para poner en valor los muchos escenarios naturales del concejo que han servido de plató para largometrajes, cortos y anuncios televisivos; también, leemos en su web, para mostrar gratitud a directores y productores “que eligieron los paisajes llaniscos para hacer realidad sus sueños cinematográficos”.

Pues bien, este cementerio aparece en la serie televisiva La Señora y en películas como El abuelo, de José Luis Garci, y Epílogo, de Gonzalo Suárez; no lejos, están los escenarios de El orfanato, El detective y la muerte o El portero.

Anotemos, aunque sea a título de anécdota, que esta fama no siempre trae consecuencias fáciles de aceptar. Hace unos meses, los vecinos de Barro pidieron que se eliminaran unas imágenes grabadas en el cementerio por el cantante Rodrigo Cuevas destinadas al proyecto “Asturias sonora”, una promoción turística pensada para la feria de turismo Fitur. El videoclip en cuestión, el que soliviantó a los paisanos, era una versión de un tema de Tino Casal, Pánico en el Edén y ría, en el que iglesia y cementerio lucen espléndidos.


También es cierto que la de cómicos y músicos no es la única intromisión: cuando el agua lo permite, el contorno del cementerio es surcado en embarcaciones diversas por deportistas y excursionistas.
 
Más que un alto en el camino

El conjunto del que aquí nos ocupamos es pequeño, modesto, muy diferente de los otros cementerios visitados en esta serie.
 
Muchos de quienes se acercan a contemplarlo lo hacen de camino hacia playas como la de la Ballota, o la Gulpiyuri: porque saben de su existencia o porque descubren el conjunto desde la carretera, detienen el coche y hacen un alto en esta “hermosa iglesia cristiana, sobre el cementerio marino”, por utilizar palabras de Gustavo Bueno, que tenía casa en Niembro, donde falleció dos días después de que muriera su esposa.

Bueno sospechaba que allí donde ahora se alzan iglesia y cementerio se habría erigido “un templo a Diana, por mínimo que fuese, un templo próximo al lago. ¿No es necesario sospechar que acaso sus cimientos yacen debajo de lo que hoy llamamos ‘capilla de las ánimas’? ¿No descansan enterrados, desde milenios, exvotos de gentes antepasadas que acudían agradecidos al santuario? Porque Diana Nemorensis —la Diana de Niembro— protegía a los animales de la montaña, para luego cazarlos, pero también concedía fruto a las mujeres estériles y las ayudaba en el parto”.

Desde la península del cementerio, Diana y quienes la siguieron no solo se dejan ver: también nos observan.
 
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