Desde la tramoya

El “circo” español

El New York Times habla del momento político español como un "circo". Utiliza la palabra dos veces en un artículo del lunes. La segunda vez, en la frase que cierra la pieza, lo hace por boca de un estudiante de arquitectura de Podemos. La primera, al comenzar, por boca propia, diciendo que "una palabra que parece venir a menudo para hablar de la política española es 'circo'".

Como algunos hemos respetado siempre al legendario diario neoyorkino por su calidad, por su posición ideológica y por su equilibrio, voy a huir del victimismo patriótico, habitual en estos casos, para defender modestamente que lo que nos pasa está lejos de ser un circo y es un ejercicio muy saludable de gimnasia institucional.

Habría que decir, en primer lugar, como hace con unas u otras palabras el propio NY Times, que el gran circo mundial está en estos días allí mismo, personificado en el clown más notable, de nombre Donald Trump. En este país nuestro seremos lo que sea, pero es difícil imaginar a un neonazi como ese optando a la presidencia del Gobierno.

Nuestra Constitución establece con claridad cuál es el procedimiento para la formación de un Gobierno nuevo. Y fija que si ésta no es posible, se repiten elecciones. No es cierto, como afirma el diario, y como el común de los mortales tiende a decir en las cafeterías, que estemos sin Gobierno. Tenemos un presidente y unos ministros y unos secretarios de Estado (en funciones) y, sobre todo, un cuerpo bien abultado de funcionarios (policías, médicos, fiscales, jueces, técnicos...), que vigilan para que funcionen las carreteras, las escuelas, los hospitales y los tribunales. El país no se ha paralizado en estos cinco meses, como sí se paraliza cuando el Gobierno estadounidense se cierra –literalmente– por el bloqueo de los republicanos ante las peticiones de ampliación de crédito que, mira tú por dónde, siempre han venido de presidentes demócratas asfixiados por la supuesta ortodoxia contable republicana, tan laxa a la hora de hacer guerras absurdas.

Y la Constitución española establece unos plazos y unos procedimientos que se están cumpliendo escrupulosamente. Rajoy decidió esperar, porque sabía que no tenía apoyos. Sánchez tomó el relevo y lo intentó aun sabiendo lo difícil que era. Y llegó a un acuerdo inicial con Rivera, que no fue suficiente. Iglesias jugó sus cartas haciendo una propuesta concreta –yo la he discutido y nunca me la creí, pero es legítimo que él la defienda como honesta–.

Es fácil afirmar, como se dice alegremente estos días, que los políticos tenían la obligación de ponerse de acuerdo. Pero yo me pregunto si hay alguna familia española en la que el cuñado conservador se habría puesto de acuerdo con la suegra progresista sobre quién debería haber liderado ese Gobierno tan repentinamente ansiado. No. No pasa nada. Si en una partida salen cartas que no posibilitan la jugada, se reparte de nuevo. No hay escándalo ni tragedia. Habrá que gastar unos euros adicionales. Una fracción ínfima de lo que gastamos cada día en mil cosas.

Hemos aprendido todos, por otro lado. Los cuatro candidatos principales que concurrirán a las elecciones son los mismos nominalmente. Pero son distintos. Los cuatro han aprendido y a los cuatro les hemos conocido algo mejor. Mucho mejor de lo que se les conoce con los debates preelectorales que prefabricamos para la televisión. Ahora sabemos más de ellos que el año pasado. Hablaremos cada uno con nuestro voto. Pacífica y ordenadamente. Quién sabe si de las urnas saldrán mensajes tan poco nítidos como en diciembre, pero dar la voz a un pueblo para que vuelva a votar no puede ser tan malo. Como tampoco el intento pacífico y democrático de intentar llegar a acuerdos, aunque sea infructuoso, puede calificarse sin más como un circo. Aunque lo diga el New York Times.

Que gane Rajoy y otras hipótesis

Más sobre este tema
stats