Desde la tramoya

Pelea de gallos

Aznar es un hombre sin complejos, según parece. Posó los pies sobre la misma mesa que el presidente Bush. Sacó una estilosa peineta a los estudiantes asturianos que le increpaban por embarcarse en la Guerra de Irak. En las Azores se hizo la foto con los otros dos machos del momento. Incluso introdujo un bolígrafo en el escote de la periodista Marta Nebot cuando le incomodó una de sus preguntas.

Solo el tinte de su abundante cabellera y las sospechas –sin duda sólo habladurías– de que se pone unas discretas alzas para parecer más alto, nos harían dudar de su asertividad y de la ausencia de sus complejos.

Por si había alguna duda, el miércoles nos recordó que no acepta que le llamen “derechita cobarde”. En realidad, Aznar se dio por aludido en una acusación que no es para él. Por “derechita cobarde”, en los términos que utiliza Vox, se identifica al PP de Rajoy. Pablo Casado y Vox son resultado del descontento de muchos votantes del PP con el estilo y las políticas más moderadas, más indolentes, menos audaces, más tecnocráticas, que encarnaron los líderes del PP en la década que va desde el Congreso de Valencia de 2008  a su defenestración como presidente, en 2018. Los votantes más derechistas del PP no soportaron bien que Rajoy no derogara las reformas sociales de Zapatero y que no fuera más duro con el independentismo catalán.

La crítica a la derecha “acomplejada” que representaban Rajoy y los suyos ha sido una constante entre los halcones del partido y sus corifeos. Bastaba escuchar un rato las tertulias de Intereconomía, las referencias de Jiménez Losantos a Mariano como “Maricomplejines” o las imprecaciones de los ussías de turno, para constatar que había un espacio que Rajoy estaba dejando abandonado: el de los más duros.

El PP perdió ese lugar en favor de Vox, y buena parte de él no lo va a recuperar a corto plazo. Pero bien que lo está intentando.

Por eso estamos asistiendo a este inaudito viaje al pasado en el que vemos de pronto aparecer los elementos más improbables del discurso filofascista, tanto por parte de Vox como del propio PP. Aparecen militares que se alistan en las filas de la ultraderecha, rompiendo la discreción política del Ejército español de las últimas décadas. Se aboga por el uso de las armas. Se critica el “buenismo” de la izquierda y sus veleidades con los derechos de las minorías, los de las mujeres, o los de los inmigrantes. Por si faltara algo, se lleva a algún torero al Congreso para que quede claro con quién están los auténticos matadores.

En esta pelea entre Casado y Abascal por ver quién es más machote, el gran beneficiado, sin duda, es el PSOE. Como Albert Rivera decidió hacerse la foto con ellos, Pedro Sánchez puede ocupar tranquilo el espacio del feminismo, el de la cooperación, el de la moderación, el de un patriotismo más coherente con lo que la mayoría de españolas y españoles sienten hacia nuestro país.

El sabrá quizá por qué lo hace, pero Pablo Casado se equivoca si cree que lo que tiene que hacer con Vox es encararse como propone Aznar, para ver quién “aguanta la mirada”. El Partido Popular sólo ha tenido éxito electoral cuando ha logrado captar el voto de la gente más templada y desmovilizar a la izquierda. En esta pelea de gallos diaria en la que se ha sumido está haciendo exactamente lo contrario.

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