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Para Izan

En la nevera vivían dos cubiteras de metal dorado. Durante el invierno estaban aburridas, su única distracción llegaba cuando abríamos la puerta para sacar un tupper de guiso congelado y echaban un vistazo a lo que se cocía en la cocina. Un vistazo muy breve porque mi padre, a los diez segundos exactos, gritaba: “¡No tengáis tanto rato abierta la nevera!"

El invierno era largo y, de tanto esperar, se quedaban pegadas al suelo nevado del congelador y claro, cuando llegaba el buen tiempo e íbamos a buscarlas, costaba un triunfo arrancarlas de su sitio. Los dos rectángulos que quedaban en su lugar, la huella de la hibernación, eran la señal de que había empezado el verano y las cubiteras iban a estar, a todas horas, entrando y saliendo de parranda.

Un día, la vieja nevera murió y las gemelas doradas se jubilaron. Otras bandejas más modernas, de silicona de color verde, ocuparon su lugar. 

Muchos años después, buscando una cacerola en un mueble de la cocina, las vi escondidas en un rincón. Lucían muy tristes, secas y vacías, pero para mí seguían siendo las cubiteras más bonitas del mundo. 

Ahora viven en mi nevera de adulta y, aunque ya no brillan como entonces, me ayudan a refrescar la memoria para revivir lo dorado de aquellos tiempos.

FIN

En estos días, se ha hecho viral el vídeo de un niño acosado por otros niños en Mallorca. La escena es propia de una película de terror. Te machaca por dentro presenciar el acoso y preguntarte cómo es que nadie lo evitó

Si alguien me hubiera pedido que hiciera algo parecido a un cuento con un objeto icónico de la casa familiar, jamás hubiera elegido las cubiteras doradas. Antes habrían sido protagonistas los vasos de rayas de siete colores, el mueble de bar lacado en negro –de acceso prohibido– con luz por dentro y cerradura por fuera o el palomitero… 

Será que el runrún de la falta de hielo me ha llevado a acordarme de esas dos guardianas de oro de mi infancia vintage.

Lo que vivimos de niños nunca se olvida. Ni lo luminoso, como el metal dorado de mis cubiteras, ni lo intensamente frío, como el hielo que contienen. La infancia nos marca por dentro y lo hace para siempre

A veces, en ciertas etapas de la vida, ocultamos sus señales, pero en algún momento vuelve, la infancia siempre sale a la superficie, tarde o temprano, como cuando escribes con zumo de limón en un papel y un tiempo después, al darle calor, emerge el mensaje que siempre estuvo ahí.

En estos días, se ha hecho viral el vídeo de un niño acosado por otros niños en Mallorca. La escena es propia de una película de terror: el pequeño Izan lleva una tarta a un colegio de verano para invitar a sus compañeros y estos, en vez de cantar el cumpleaños feliz, le corresponden llamándolo “gordo”, “foca”, haciéndole llorar desesperadamente. Te machaca por dentro presenciar el acoso y preguntarte cómo es que nadie lo evitó.

Es un episodio de realidad tan cruel que resulta insoportable verlo entero. Y rompe el corazón por dos lados, ver el sufrimiento de él, oír el disfrute de ellos… 

Ojalá Izan, que, según su hermano, dijo al llegar a casa “no quiero vivir”, viva intensamente y acumule experiencias bonitas y enriquecedoras, de esas que hacen que estar aquí valga la pena. Aunque la marca siempre esté ahí, como la huella de una cubitera en el congelador

Izan no olvidará este día, pero los que cantaban tampoco, aunque se empeñen en hacerlo. En la vida, con el paso del tiempo, como un mensaje de zumo de limón recalentado, suele aflorar el sentimiento que más duele, el de la culpa. Ojalá, con el paso del tiempo, ellos recuerden ese día desde la vergüenza, desde la distancia de quien no se parece en nada a quien en un momento fue. Ojalá crezcan como buenas personas.  

NOTA DE LA AUTORA: Izan, te deseo que vivas infinidad de cumpleaños felices, y recuerda: los que molestan –porque no saben hacer otra cosa– parecen muchos pero son minoría. Los que te quieren son muchos más, solo que el respeto y el cariño no hacen ruido. Felicidades.

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