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Diez años de la caída del bipartidismo: PSOE y PP se recuperan pero la cultura de la coalición se asienta

@cibermonfi

No veo sóviets en mi barrio

El Partido Popular ha reaccionado con tremendismo a la posibilidad de que, perdida su mayoría absoluta en muchos ayuntamientos y comunidades de España, sea reemplazado en alcaldías y presidencias por fórmulas surgidas de acuerdos de uno u otro tipo entre el PSOE y los nuevos partidos y candidaturas ciudadanas de izquierda. Esperanza AguirreEsperanza Aguirre mencionó la posibilidad de un Madrid gobernado por sóviets; una correligionaria suya valenciana evocó el regreso de las violaciones de monjas y los fusilamientos de curas; Ana Palacio citó a Bin Laden e ISIS; otros mencionaron, cómo no, a ETA, la Venezuela chavista y Corea del Norte.

Resulta muy irritante el desparpajo con el que el PP utiliza la descalificación de calibre grueso contra sus adversarios, mientras se muestra suspicaz como una niñita malcriada cuando, por ejemplo, se le recuerdan sus obvias raíces franquistas. También en este terreno, el PP está convencido de que la finca es suya y sólo suya. Sólo el PP puede ejercer el derecho a la plena libertad de expresión, aunque sea con disparates que entran de lleno en el campo de las injurias y las calumnias. Sólo el PP puede "reabrir viejas heridas", convidar al debate a fantasmas apocalípticos tan falsos como la Bruja de Blancanieves y utilizar el miedo como argumento político. Hasta el derecho a no responsabilizarse de los delitos del padre es exclusivamente suyo.

La democracia española sigue necesitando, ciertamente, una derecha menos posesiva, menos deslenguada, menos crispada. Ya tenemos suficientes problemas como para que los conservadores intenten aterrorizarnos con la llegada de Darth Vader cuando pierden unas elecciones. Mucho mejor estaríamos si aceptaran con deportividad su derrota y la alternancia, si dedicaran su energía a escuchar el mensaje ciudadano y hacer autocrítica. ¿No tienen nada que reprocharse en materia de corrupción, autoritarismo y fomento de la desigualdad?

La campaña tremendista de las dos últimas semanas tiene dos objetivos evidentes. Uno, el intento de removilizar al electorado más asustadizo del PP de cara a las elecciones generales del próximo otoño. Si ganan los rojos, os quitarán el apartamento de la playa y esto se llenará de inmigrantes musulmanes, viene a ser el mensaje primario. Nadie propugna nada semejante en las filas de la actual oposición de izquierdas, por supuesto. Pero esta basura funciona, sin duda, en las tertulias con olor a aguardiente de las tabernas y los platós televisivos.

El segundo objetivo, más sutil, es compartido por el centroizquierda del IBEX. Se trata de intimidar a los dirigentes del PSOE ante posibles pactos –ahora y en el otoño– con Podemos, IU, Compromís y otras fuerzas y candidaturas progresistas. Satanizar a la izquierda es un bombardeo político e ideológico preventivo que pretende anclar al PSOE en el campo del establishment, que le amenaza con las penas de infierno que le acarrearía sumarse a un cambio auténtico, ya no digamos liderarlo.

Rajoy lo ha verbalizado al despotricar de una supuesta "radicalización" de Pedro Sánchez. Esta y las otras exageraciones de la derecha siembran así coartadas para hipotéticos nuevos "tamayazos". Pero el objetivo de amedrentar a los socialistas también es compartido por cierto centroizquierda, insisto. Tras haber fantaseado con la idea de una Gran Coalición entre el PP y el PSOE para cerrar el paso a una Segunda Transición, los más listos en algunos consejos editoriales y de administración privilegian ahora la idea de un matrimonio de conveniencia entre el PSOE y Ciudadanos. ¿Puede ser Andalucía su primer laboratorio de ensayo? ¿Es Susana Díez su posible lideresa?

Tras el excelente resultado de Manuela Carmena en las elecciones de Madrid, yo no veo a gente formando sóviets o asaltando conventos en mi barrio, ni a etarras y yihadistas preparándose para asumir las tareas de la Policía Municipal. Sí me parece escuchar, en cambio, el ruido de las trituradoras de papel destruyendo posibles pruebas de corrupción.

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