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Qué ven mis ojos

Si Donald Trump es Jesús Gil en rubio, su Washington será otra Marbella

“No temas al monstruo, sino a quienlo ha creado."

Jesús Gil, el (delincuente) líder carismático

Jesús Gil, el (delincuente) líder carismático

La política es un cuadro, pero también es un espejo. "Cuando un idiota llega a presidente es que sus votantes están bien representados", decía Gandhi, igual que si hubiese adivinado desde la tumba quién iba a ganar este año las elecciones de Estados Unidos. La frase es ingeniosa, pero tiene su peligro: resume a las mil maravillas la imagen de Donald Trump como un simple bufón, una caricatura, alguien que dentro de poco será uno de los protagonistas de Torrente 6 (zarzuela en la Casa Blanca), o algo por el estilo. Al fin y al cabo, si él es Jesús Gil en rubio, su Washington será otra Marbella. Pero el nuevo presidente es algo mucho peor que un payaso y su victoria es mucho más que un esperpento: es el triunfo de la xenofobia, el machismo y las ideas de ultraderecha, santificados por sesenta millones de norteamericanos que están más cerca de las teorías del Ku Klux Klan que de las de Lincoln, del Valle de los Caídos que de la Estatua de la Libertad. Y tampoco es una desgracia aislada, sino un síntoma de este mundo en el que el neoliberalismo cada vez se revela más claramente como un lobo con piel de demócrata –una palabra que tiene todas las letras que hacen falta para escribir ”cordero”–, como una clase de fascismo de guante blanco y mano de hierro: no hay más que ver las últimas declaraciones de una de sus grandes campeonas, Esperanza Aguirre, cuestionando que el franquismo fuese una dictadura. Hay quien la comparó con Juana de Arco, pero a mí me recuerda más a Lucrecia Borgia: puestos a buscarle esdrújulas, la veo menos heroica que maquiavélica.

La Tierra es el reino de los fariseos, el paraíso de los hipócritas, y por ese motivo ahora se rasgan las vestiduras los mismos que han creado las condiciones para que un individuo como el magnate de Nueva York llegará hasta donde ha llegado. El poder es para quien se lo pueda pagar, igual que la Sanidad o la Educación, piensan los defensores de la oligarquía, y por eso se financian ilegalmente, para que no mande el que tenga la razón, sino el que tenga el dinero. En España, algunos hacen equilibrios para comparar al nuevo comandante en jefe de Norteamérica con Podemos, pero a mí me recuerda más a Le Pen, a Putin, a los políticos y los seguidores del brexit en Gran Bretaña y, en clave local, a medio PP, con la única diferencia de que él dice lo que ellos callan. También es cierto que en cuanto ponga un pie en el Despacho Oval va a tener que meter la marcha atrás y no ser tan fiero como se ha pintado a sí mismo, porque cualquiera puede darse cuenta de que el dedo que usaba para señalar a sus rivales no puede apoyarse en el botón nuclear. ¿O sí? De momento, ha rebajado en un par de millones los inmigrantes que pensaba expulsar del país al día siguiente de jurar su cargo y se muestra dispuesto a conservar alguna que otra cosa del plan sanitario de Obama. Es de esperar que lo haga con la nación mejor que lo hizo con sus negocios, porque su gran templo de las tragaperras y las ruletas, el casino Taj Mahal, que según él iba a convertirse, literalmente, en la octava maravilla del planeta y a hacer ricos a todos los habitantes de Atlantic City, está cerrado y ha conducido a la ruina a quienes invirtieron en él. Trump es un engañabobos, una palabra que, al fin y al cabo, no habla muy bien ni de de la persona a quien define ni de las personas a quienes tima...

Se dice que con Trump un abismo se abrirá desde Dakota del Norte a Texas, pero de momento Wall Street sonríe y las Bolsas están en números verdes. El capitalismo va con el que gana, no tiene escrúpulos y Europa hará lo mismo que ha hecho siempre, rendirle pleitesía al gigante igual que se la rinde a Arabia Saudí o a China; pero además lo hará sin Inglaterra en su equipo, porque Londres se ha borrado de nuestro mapa. "El viejo Brahms es viejo y está gordo", decía en uno de sus poemas José Hierro. Cambias al viejo Brahms por el viejo continente y “gordo” por “débil”, y sigue diciendo verdad. Alguien tendrá que pararle los pies a este Atila posmoderno, pero tendrán que ser otros. Los que lo han creado no lo van a detener, sólo van a darle palmadas en la espalda. Ellos desenterraron al monstruo, y este Frankenstein es suyo. Y su ideología, también. Y si las cosas se le tuercen y lo terminan echando lo mismo que a Nixon, que no se preocupe: aquí, nuestro Mariano Rajoy le tiene echado el ojo para ministro del Interior. Le iría como un guante a su ley mordaza. No me digan que no.

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