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La traición de las élites a la democracia (II). La rebelión de las élites

A mediados de los años noventa, el sociólogo norteamericano Cristopher Lasch escribió un libro titulado La rebelión de las élites y su traición a la democracia. Cuando Lasch hablaba de las élites no se refería a esa famosa minoría del 1% que denunciaban los activistas del 15M y los que ocuparon Wall Street por las mismas fechas. Por clases privilegiadas Lasch entiende, “en un sentido amplio el 20% más elevado de la población”. A diferencia de lo que suele hacer la prensa, más que en esas divinidades olímpicas que vemos fugazmente en los medios de comunicación, o a las que ni siquiera vemos, cuando los sociólogos hablan de élites sociales están pensando en los sectores sociales que tienen una mejor posición relativa. Al hablar de élites sociales los sociólogos nos referimos a los profesionales, a personas con formación universitaria y trabajos de cuello blanco, a los profesores, a los médicos, a los funcionarios y ejecutivos, a los empresarios con varios trabajadores asalariados. Por cierto, y valga para el resto del artículo, los sociólogos, cuando hablamos del comportamiento de determinado tipo de personas, por ejemplo, de clases sociales, de segmentos de edad, o determinados tipos de población según el hábitat en que viven, lo hacemos en términos de probabilidad. Sin duda, para cualquiera que conozca la realidad social es evidente que lo que se dice aquí de las clases medias, no se corresponde con el comportamiento de todas las personas de clase media, lo que se sostiene en este texto es que es más probable encontrar el tipo de comportamiento o de valores que describimos en esas clases medias que entre las personas de otras clases sociales.

Dice Lasch que las personas de clase media-alta “son incapaces de comprender la importancia de las diferencias de clase en la configuración de las actitudes ante la vida”. Y el primer problema es que no se ven a sí mismos como clase alta o media-alta ni por asomo. Una persona que tenga unos ingresos netos anuales de veintidós mil euros, y una diplomatura universitaria, difícilmente creerá que cerca del ochenta por ciento de la población tiene menos ingresos y menos estudios que ella y que, por tanto, forma parte de los sectores altos de nuestra sociedad. Lo cierto es que el veinte por ciento de la población con menos ingresos gana, como máximo, siete mil quinientos euros anuales. Un profesor o una profesora de enseñanza primaria en una escuela pública difícilmente se consideraría formando parte de las élites de la sociedad española, pero sus ingresos anuales son tres veces más altos que los del veinte por ciento de los españoles que menos gana, y casi el doble que los del cuarenta por ciento de la población con menos ingresos. Es verdad que alguien podría decir que, si bien una persona con ingresos netos de veintidós mil euros anuales y titulación universitaria forma parte de las élites de nuestro país, las élites de nuestro país son muy pobres, pero lo cierto es que los salarios de los profesores en España son superiores a la media de la OCDE.

De modo que, aunque para ellos resulte increíble, lo cierto es que buena parte de los que se manifestaron en 2011 contra el 1% de los más ricos, en la Puerta del Sol y en Wall Street, forman parte, ellos mismos, de las élites de nuestra sociedad. Son lo que Bourdieu llamaba la fracción dominada de la clase dominante. En la encuesta postelectoral del CIS de las elecciones de 2011, un 11% del total de la población declaraba haber participado en algún acto del 15M. En noviembre del mismo año el CIS realizó una encuesta a una muestra representativa de los jóvenes españoles con edades comprendidas entre 15 y 29 años. Un 18% había participado en la manifestaciones del movimiento del 15M y un 9% en sus asambleas. El profesor Kerman Calvo realizó una síntesis de los trabajos sociológicos sobre los participantes en el 15M en la que, al definir el perfil sociológico de los mismos, afirmaba que “nos encontramos con personas jóvenes, que no adolescentes, con un alto nivel educativo; en torno a un 70 % de las personas que participan en el movimiento 15-M tiene educación universitaria”.

En su libro, Lasch dialoga con el José Ortega y Gasset de la Rebelión de las masas, para sostener, en cierto sentido, la tesis opuesta a la del filósofo español: son las élites las que ahora actúan como las masas de antaño. Unas masas que despertaban a un mundo que no habían construido pero del que se apropiaban sin sentirse en deuda con quienes lo construyeron. En este sentido, las masas de las que hablaba Ortega son bien distintas de las élites del pasado, que eran hereditarias, y sus miembros eran conscientes de que debían su fortuna a los méritos de sus antepasados, con los que estaban en deuda y hacia los que se sentían obligados. La nueva élite es meritocrática y "se concibe a sí misma como una élite que sólo debe sus privilegios y posición actuales a sus propios esfuerzos", lo que “hace más probable que las élites ejerzan irresponsablemente su poder al reconocer tan pocas obligaciones respecto a sus predecesores o a las comunidades que dicen dirigir”.

Cuando algunos representantes de esas nuevas élites suben a la tribuna del Parlamento para decir que no deben su posición a nadie salvo a sus padres que “se deslomaron” trabajando, y a sus propios esfuerzos personales, olvidan que todo eso no ocurrió en el Estado de naturaleza del que hablaba Hobbes, sino en una sociedad política con unos derechos que fueron conquistados, y unas instituciones que fueron construidas, con el esfuerzo de millones de personas y también con el liderazgo, y en ocasiones el sacrificio, de organizaciones y de hombres y mujeres individuales. Esos mismos representantes que, después de vivir toda su vida en democracia, cuestionan ahora el honor, la valentía y la inteligencia de quienes hicieron la Transición, para reprocharles a ellos, y a sus supuestas cesiones en aquel momento, todos los males de la sociedad actual.

Lasch señala a la ideología meritocrática, en el sentido que le daba Michael Young en El triunfo de la meritocracia, como la razón de los hábitos mentales de estas nuevas élites sociales, cuyos hábitos y valores se han construido en un espacio fundamentalmente meritocrático como es la escuela. "La meritocracia es una parodia de la democracia", dice Lasch. La meritocracia, en teoría, ofrece iguales oportunidades de ascenso social a quienes sepan aprovecharlas, pero esas oportunidades no pueden reemplazar una difusión de los medios generales "de dignidad y de cultura que necesitan todos, asciendan o no". En realidad, los meritócratas no están preocupados porque haya diferencias injustas en el nivel de vida entre las diferentes posiciones sociales, sino porque la atribución de las diferentes posiciones a cada persona se haga con justicia. El meritócrata dice: “yo trabajé y aprobé mi oposición a registrador, tú tuviste la oportunidad y la desaprovechaste, ahora no tienes derecho a quejarte”. Lo que escandaliza a los meritócratas no es que haya diferencias entre ricos y pobres, sino que unos no se merezcan su pobreza y, sobre todo, que otros no se merezcan su riqueza. Por otro  lado, los meritócratas suelen olvidar que en sociedades desiguales como las nuestras, las historias de ascenso social meritocrático son menos frecuentes de lo que la ideología meritocrática supone, por más que esos casos de ascenso sirvan para legitimar esa ideología. Buena parte de las élites de las sociedades meritocráticas son más bien hijas del privilegio que del mérito.

El proyecto político de los meritócratas es, como su propio nombre indica, trasvasar el poder del pueblo a los técnicos. Confundir la meritocracia con la democracia es un error conceptual muy grave, y pensar que los meritócratas son de izquierdas, también. De modo que, cuando la democracia tiene problemas, como la crisis económica y los casos de corrupción, la ideología meritocrática, como una infección oportunista en un cuerpo débil, hace su aparición. La meritocracia es finalmente una tecnocracia.

Paradójicamente, los datos dan la razón a Lasch, el 15M fue la rebelión de las élites, y el lema “no nos representan”, podría significar su particular “traición” a la democracia. Más que las políticas, lo que cuestionaban los manifestantes era la política. No era un desafío al gobierno, sino al Congreso. Había triunfado la idea de que todo nuestro sistema político se había convertido en un sistema de selección adversa, por el que el poder estaba en manos de incompetentes, corruptos, o las dos cosas. El 15M no fletó sino que se subió a un tren que ya había salido antes desde algunos ámbitos de las élites mediáticas y económicas de nuestro país. No conviene olvidar la acusación al gobierno socialista de incompetente a la hora de detectar y combatir la crisis por una parte de esas élites económicas y mediáticas, que, por cierto, llevaron a la ruina a sus propias empresas. Esas élites del poder dieron todo el apoyo mediático a las personas que, con su mejor intención, acudieron a las plazas a protestar por una situación objetivamente muy dura para millones de compatriotas, pero unos y otros sólo coincidían en una parte de la terapia: sacar a los socialistas del gobierno.

Poca gente quiso escuchar a Stéphane Hessel, el autor de ¡Indignaos!, cuando les dijo a los indignados del 15M que admiraba las políticas del presidente Rodríguez Zapatero, y poca gente ha querido ver un hecho indiscutible: que la misma sociedad que simpatizaba mayoritariamente con el 15M dio, seis meses más tarde, una mayoría absoluta a una derecha a la que ya había visto actuar con mayoría absoluta hacía menos de una década. A pesar de lo que entendieran algunos de sus organizadores y participantes, una parte numerosa de la sociedad española no vio en el 15M la inspiración para apoyar políticas más democráticas y más sociales. Para esa parte de la sociedad, aquello fue, sobre todo, la oportunidad de expresar su inmenso disgusto por el fin de fiesta, por la frustración de sus expectativas de ascenso social y consumo, y por el temor al desclasamiento. Y le dieron todo el poder al partido que representa a los triunfadores de los negocios.

Por alguna razón, sin ningún fundamento empírico, mucha gente está convencida de que los ricos en política traen prosperidad para todos, de igual modo que la consiguieron para sí. Si para los que se manifestaban en la Puerta del Sol los diputados de la IX legislatura no representaban al 15M, unos meses después, el 20 de noviembre, la sociedad española tuvo la oportunidad de corregir esa representación, y el resultado, ya lo hemos dicho, fue una mayoría absoluta de la derecha, pero como la derecha no devolvió a la sociedad española ni la abundancia, ni la prosperidad, lo siguiente fue poner en cuestión todo el sistema político nacido en la Transición. Sin duda, a ello contribuyó el crecimiento de la percepción de que se trata de un sistema corrupto, de ser la inquietud del 6% de la población llegó a serlo, en algunos momentos de la legislatura, del 60%.

Con todo, tanto el discurso de la solidaridad con los excluidos, como el discurso contra la corrupción, eran sólo vectores para el verdadero discurso político que se ha vuelto hegemónico en las élites meritocráticas: el discurso de la antipolítica. Cuando la política democrática ha mostrado su debilidad frente a la crisis y a la corrupción, una debilidad real, pero bastante menor de lo que se ha publicitado, cada clase ha mostrado, por su parte, su verdadero nivel de compromiso ideológico y político con la democracia y sus instituciones. Siempre en los términos de tendencia, o de mayor probabilidad relativa, en los que nos venimos expresando aquí, por supuesto en la práctica, en cada clase hay una importante diversidad de actitudes, valores y opiniones.

La traición de las élites a la democracia (y III). La izquierda de arriba y la izquierda de abajo

Sin duda, el 15M nació de la indignación de buena parte de lo mejor de la sociedad española respecto a la impotencia de la democracia para hacer frente a una situación de crisis económica que se prolongaba por cuatro años, pero quienes lo lideraron entonces y, sobre todo, se reclaman sus legítimos herederos ahora, no han aportado nada nuevo a la política, salvo la presencia de algunos de ellos en los parlamentos, y a eso todos nos hemos acostumbrado pronto. Quienes recibieron el capital de esperanza de una parte de las élites profesionales y universitarias, de la fracción dominada de la clase dominante, no han hecho una democracia más fuerte, ni una izquierda más numerosa, sino que han bloqueado el funcionamiento de las instituciones democráticas. ___________________

infoLibre publicará el sábado el último capítulo de este escrito de José Andrés Torres Mora, diputado del PSOE por Málaga, sobre "la traición de las élites a la democracia".

La primera parte se publicó este jueves: 'La democracia explicada a gente muy preparada'

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