La palantir de Aragorn o cómo subvertir la IA del amo Ángela Rodríguez Pam
"El mal no prevalecerá. Construyamos puentes de paz sin miedo, porque Dios nos ama a todos incondicionalmente”.
(León XIV)
El mundo a la deriva: Apofis despierta
La sensación de naufragio inminente es la que prima en estos tiempos enrarecidos. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, lo resumió con una imagen que no admite réplica: es como si el mundo fuera un navío a la deriva, sin ninguna institución que oriente el comportamiento civilizatorio de las naciones. La fuerza de los tiranos parece imponerse a la voluntad de quienes defendemos los Derechos Humanos. Nos sentimos mayoría, pero una mayoría cohibida ante el acoso y el miedo a las consecuencias de la discrepancia.
En esta confrontación entre la barbarie y la cordura, quienes apostamos por la civilización nos encontramos huérfanos de la ONU, que Trump y Netanyahu pretenden dinamitar o anular; espectadores impotentes del genocidio de Gaza, de las masacres del Líbano, de una guerra ilegal en Irán. Rehenes de una dinámica de violencia y ruina económica que nos estrangula. Avanzando sin brújula, como zombis, a la espera de la siguiente locura de quienes se proclaman —con impunidad pasmosa— defensores de la libertad y la democracia.
Apenas nos da tiempo de sanar el daño antes de que llegue el siguiente. Somos testigos sobrecogidos de la matanza de inocentes por su raza, su lugar de nacimiento o su religión. Y no estallamos de indignación: aceptamos cobardemente la situación, o nos quedamos inermes ante la manipulación permanente de la inmigración por parte de la derecha y la ultraderecha, asumiendo propuestas claramente xenófobas y racistas —como la «prioridad nacional» para acceder a ayudas institucionales— más propias del fascismo que amenaza, de nuevo, nuestra convivencia.
Vivimos bajo el «síndrome del olvido inmediato»: nuestra memoria colectiva es sumamente débil y efímera. Las cifras hablan por sí solas. Según datos del propio Servicio de Inmigración y Aduanas de EE UU, el 8 de enero de 2026 había 68.990 migrantes retenidos entre el ICE y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza, decenas de miles de seres humanos reducidos a estadística y silenciados por el siguiente titular. Europa no es ajena a esta deriva: el Abogado General de la UE ha avalado el traslado de migrantes a terceros países extracomunitarios para su internamiento en centros de reclusión, confiando en un respeto a sus derechos que todos sabemos que no será real.
Nuestra capacidad reflexiva se anula al ritmo que avanzan los algoritmos que construyen una inteligencia paralela a la que nos ha dado forma como seres humanos.
Hannah Arendt nos advirtió de que “la maldad nunca es radical; solo es extrema, y puede devastar el mundo entero precisamente porque se extiende como un hongo sobre la superficie”, sin profundidad ni dimensión demoníaca alguna. Es exactamente lo que describe este momento.
Detrás de todo ello están líderes concretos —Trump, Netanyahu, Putin— que ejercen el poder de forma autoritaria, a los que cabría sumar otros varios que en el mundo se han unido para dar forma a una recreación actual de Apofis, la gran serpiente de la mitología egipcia.
En el panteón del Antiguo Egipto, Apofis —también conocida como Apep— era la encarnación del caos primordial: una serpiente colosal que cada noche amenazaba con devorar la barca solar de Ra e impedir que el amanecer llegara al mundo. Representaba las fuerzas destructivas que combaten sin descanso el Ma'at, el principio egipcio de orden, verdad y justicia cósmica. Nunca podía ser destruida definitivamente; solo contenida, conjurada, repelida una y otra vez por la vigilancia y el esfuerzo colectivo de los dioses y los hombres. Es una metáfora de una exactitud perturbadora: el mal autoritario no muere, se transforma y regresa. Y solo la acción constante, la memoria viva y la voluntad de resistir pueden evitar que la oscuridad prevalezca.
Como señaló Umberto Eco, “nuestro deber es desenmascarar el fascismo eterno y señalar con el índice cada una de sus nuevas formas, cada día, en cada rincón del mundo”. Algo tendremos que hacer para superar esta inercia que nos oprime la garganta hasta dejarnos sin aliento.
El informe anual de Amnistía Internacional no deja margen a la duda. Netanyahu, Trump y Putin son señalados como «depredadores» de los derechos humanos —«saqueadores brutales a la caza de trofeos injustos»— y como líderes que desplegaron una ofensiva para lograr el dominio económico y político mediante la destrucción, la represión y la violencia a escala masiva. Y lo que es peor, según la ONG: las prácticas autoritarias se han intensificado en todo el mundo.
Los datos que acompañan ese diagnóstico son escalofriantes: casi el 70% de la población mundial vive hoy bajo regímenes autoritarios mientras las democracias se debilitan de forma acelerada. En ese contexto, EE UU ha ejecutado extrajudicialmente a más de 150 personas mediante el bombardeo de lanchas en el Caribe. Y no pasa nada. Nadie rinde cuentas. Nadie comparece ante ningún tribunal. Tenía razón Martin Luther King cuando advirtió desde su celda de Birmingham que, en el fin, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos.
Siguiendo el camino trazado por estos grandes líderes mundiales, sus acólitos nacionales de la derecha y la ultraderecha dan muestras de la misma falta de moral política. Actitudes que salpicaron de intolerancia la madrileña Puerta del Sol, donde la presidenta de la Comunidad de Madrid acogió desde el balcón del antiguo edificio de la DGS franquista —símbolo no casual— a María Corina Machado, mientras una multitud dirigía insultos racistas a la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, coreados por el cantante Carlos Baute.
Esta parafernalia no fue casual. De acuerdo con el INE, la población procedente de Venezuela supera ya las 692.000 personas en España, de las que más de 268.000 tienen la nacionalidad española y por tanto derecho a voto en elecciones generales, locales y autonómicas. Solo en Madrid son 72.550 ciudadanos los que pueden acudir a las urnas. Con las cosas de comer, no se juega.
Como antítesis a estas acciones, la semana pasada vivimos un encuentro histórico en Barcelona. Convocados por Pedro Sánchez, presidentes, alcaldes y líderes progresistas de cuatro continentes reclamaron la prevalencia de la legalidad internacional y el respeto democrático: Lula da Silva, Zohran Mamdani —alcalde de Nueva York—, Elly Schlein —secretaria general del Partido Democrático italiano—, Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum, los mandatarios de Sudáfrica, Uruguay, Irlanda, Lituania, Albania, Cabo Verde y Barbados, y los vicepresidentes de Alemania, Reino Unido, Austria, Ghana y Botsuana.
En palabras del presidente brasileño: "Nadie tiene que tener vergüenza de ser progresista o ser de izquierda. Elogié a Pedro porque tuvo la valentía de no permitir que los aviones de guerra de EE UU salieran de aquí para bombardear Irán."
La historia nos enseña que los derechos no se conceden: se conquistan. Y que cada generación tiene la obligación moral de defenderlos contra quienes, disfrazados de libertad, no hacen sino demolerla
Tienen razón quienes han movido ficha para salir de la inercia inmovilista. Es el primer paso para luchar contra este posfascismo que, con el arma de la desinformación, la manipulación y el negacionismo, pretende acabar con décadas de conquistas democráticas. Recordemos cómo Gramsci advertía: “la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. Ese interregno es el que habitamos, ahora. Y por eso la acción no puede esperar.
Debemos sacudirnos la insensibilidad y hacer frente al ataque a los valores y los derechos humanos que desarrollan las fuerzas de la ultraderecha, a las que se suma una derecha inoperante, mimética e incapaz de ofrecer respuestas concretas a los problemas de la sociedad. Es muy cierto que las coaliciones estratégicas internacionales de extrema derecha suponen un gran riesgo para la democracia, porque traen nuevos modelos de populismo político y autoritarismo. Por eso es necesario rebelarnos y apostar por un capitalismo responsable y redistributivo que haga frente al capitalismo salvaje que nos quiere dominar.
La reflexión del filósofo Josep Ramoneda sintetiza bien el momento: ¿ha tocado fondo el delirio reaccionario? Colombia, México, Uruguay y Sudáfrica acompañan a Brasil y España en un encuentro que tiene el valor de una advertencia contra la ola creciente de impunidad antidemocrática. Se echaba en falta este impulso inicial y se ha producido. Ahora lo importante es desarrollarlo y extenderlo sin demora.
Porque la historia nos enseña que los derechos no se conceden: se conquistan. Y que cada generación tiene la obligación moral de defenderlos contra quienes, disfrazados de libertad, no hacen sino demolerla. Eduardo Galeano definió la utopía como el horizonte que retrocede cada vez que nos acercamos a él; y concluía: ¿para qué sirve la utopía? Para eso: para caminar. Pues bien, caminemos.
El tiempo marcará la evolución de los acontecimientos. Tras esta cumbre de Barcelona —histórica por sus participantes, impactante por sus contenidos—, lo que se dibuja en el ánimo de quienes peleamos por el futuro es la esperanza: la convicción de que esta solo puede ser una realidad favorable si nos empleamos a fondo en diseñarla a través del respeto a los derechos humanos conseguidos a lo largo de décadas. Esa esperanza activa, colectiva y sin miedo, es la única fuerza capaz de contener a Apofis —la gran serpiente del caos— y evitar que implante las tinieblas. Frente a la oscuridad, la única respuesta es continuar encendiendo la luz.
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Baltasar Garzón Real es jurista y autor, entre otros libros, de 'Los disfraces del fascismo' (Planeta).
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