El glorioso efecto Steinem
Leo a Lena Dunham decir que cuando se sentó por primera vez en su salón pensó que así era exactamente como debería vivir una mujer, rodeada y cuidada por otras, haciendo feminismo hasta el final de sus días. Recuerdo pensar exactamente lo mismo cuando entramos en casa de Gloria Steinem con el resto de mujeres que allí estaban invitadas para la ocasión, demasiadas, sentadas y apelotonadas unas sobre otras, por el suelo, en cojines de muchos colores y tejidos, tras paredes llenas de libros y fotografías que todas habíamos visto antes en las revistas. This must be heaven, pensé; pero un cielo chiquitito, para qué engañarnos, allí no cabíamos todas. Gloria había aceptado la visita del Ministerio de Igualdad en su casa de NYC y su propuesta fue que nos escucháramos unas a otras en aquel salón que había sido el lugar que vio nacer tantas cosas imprescindibles para comprender el feminismo tal y como es hoy en día. Aquella conversación, sin tema, sin orden, versó sobre cómo convertir lo que hacíamos desde el Gobierno en algo que mejorase la vida de todas las mujeres al mismo tiempo que fuera comprensible y atractivo para todas ellas. No os voy a engañar, hablamos poco de leyes y mucho de campañas. Esta tensión es la mejor herencia de Steinem. Es imposible recordarla sin mencionar sus más que dudosos lazos con la CIA, que ya denunciaban en los 70 el colectivo feminista Redstockings o su flojera con el asunto de la raza que siempre le recordará su amiga bell hooks desde una crítica dura pero justa y cariñosa. Pero también a Gloria la recordaremos como la mujer que convirtió el feminismo en algo fotografiable, algo que se podía llevar a portada, imprimir en una camiseta y resumir en una frase que no molestase demasiado a nadie. Y claro, que pudiera ser para todo el mundo es lo que hizo que el feminismo dejara de ser una cuestión de minorías para convertirse en sentido común. Y aquí, justo donde reside la genialidad que todas hoy homenajeamos, es donde habita el punto más controvertido de su figura. ¿Puede ser el feminismo algo que no incomode?
El gesto glorioso que muchas feministas seguimos aspirando a reproducir hoy es aquel que hace del feminismo algo capaz de atravesar paredes, incluso las de las casas de las zonas más adineradas de la ciudad, pues incluso en ellas habitan mujeres que también necesitan derechos
Una de las cosas por las que nos preguntó Gloria fue por las huelgas del 8M. Como siempre que otras feministas de fuera de España nos preguntaban fascinadas por el éxito de aquellas convocatorias, contábamos las historias que creíamos que mejor podían ilustrar lo transversal de aquella huelga: participaron del 8M muchísimas trabajadoras, a pesar de que los sindicatos mayoritarios no apoyaban la huelga, muchas amas de casa que colgaron sus delantales en los balcones, y también las caras más famosas del periodismo español, del cine o la moda; participó hasta una tal Rosa, la señora que locutaba en la Cadena SER los anuncios de El Corte Inglés. La huelga fue de barrio, de pueblo, de piercing, de mecha rubia y de bótox; el éxito que hizo que el mundo entero se percatase de que en España se hacía feminismo fue también parte gracias a que a la huelga acudieron pijas, estudiantes, trans y señoras. Aún hoy no hemos dejado de discutir sobre las ventajas y desventajas de que el feminismo pueda estar al mismo tiempo en una pasarela de alta costura o en una universidad de verano anticapitalista.
Ese clic mágico que hace que un asunto se convierta en atractivo para todo el mundo es precisamente el efecto Steinem sobre el feminismo. Claro que la suya fue una propuesta demasiado blanca, demasiado burguesa, demasiado poco radical, pero el gesto glorioso que muchas feministas seguimos aspirando a reproducir hoy es aquel que hace del feminismo algo capaz de atravesar paredes, incluso las de las casas de las zonas más adineradas de la ciudad, pues incluso en ellas habitan mujeres que también necesitan derechos. Es innegable que este es un gesto que hace mirar mucho más hacia arriba que hacia abajo, pero no por ello lo podemos desdeñar en la tarea de reordenarlo todo. Al fin y al cabo, como dijo Steinem, no se trata solo de quedarnos con un trozo del pastel, sino hornear uno nuevo del que podamos comer todas. Te debemos tantísimo, querida, gracias por pelearlo todo por todas, y la verdad gracias por hacerlo con tremendo estilo. Descansa Gloria, ojalá en ese salón chulísimo lleno de mujeres.
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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.