De Gallardón a Ayuso: la normalización de la degradación política

Entre los principios esenciales de la Antropología está el que afirma que las sociedades cambian de forma continua, pese a que las percibamos como estáticas. Uno de los ejemplos es lo que ha sucedido en Madrid: hace 40 años la izquierda gobernaba en la región, mientras que el perfil de la sociedad madrileña se ha ido derechizando hasta la situación actual. Sin embargo, el cambio que más me llama la atención es el experimentado por los propios electores del PP. 25 años atrás, cuando Alberto Ruiz-Gallardón gobernaba en Madrid, sus votantes difícilmente habrían tolerado una operación como la compra de un ático de más de 1.000 millones de pesetas (6,3 millones de euros) a escasos metros de la casa de su madre. Mucho menos habrían permitido no solo que no se ofrecieran explicaciones del asunto, sino que se desviara la atención, como hace Isabel Díaz Ayuso apuntando al Gobierno de Pedro Sánchez. 

Qué ha ocurrido en Madrid para que hayamos pasado de un brillante intelectual como Ruiz-Gallardón, representante de una derecha institucional y capaz de imaginar proyectos a cincuenta años vista, a alguien con el perfil de Ayuso: una dirigente sin lo que los ingleses llaman “good manners” (buenos modales); sin un discurso integrador; sin sentido institucional; que ha normalizado llamar al presidente del Gobierno “hijo de puta”; y que en la Asamblea de Madrid insulta, grita y reacciona de forma chulesca cuando la oposición plantea aumentar los presupuestos de educación o sanidad, acusando a la izquierda de desear que en España se imponga una dictadura al estilo de Cuba o Venezuela. Sería impensable que la presidenta de Madrid subiese a la tribuna de oradores y citase de memoria a Ortega y Gasset, Azaña o Montesquieu, y es que ha rebajado el nivel político hasta normalizar todo lo deleznable. Ayuso constituye el tipo ideal de dirigente que el neoliberalismo anhela. Por eso recibe tanta complacencia del poder económico. ¿Por qué una sociedad que valoraba un determinado liderazgo político ha terminado premiando otro que degrada la vida pública?  

Ayuso nunca habla de proyectos colectivos o de cooperación entre diferentes fuerzas políticas porque crece en el enfrentamiento

Uno de los rasgos de los populistas de derechas como ella, Milei, Bolsonaro o Trump es que antes de asumir responsabilidades individuales por su gestión política son capaces de deslegitimar las instituciones, tensionar el sistema democrático y poner en peligro la convivencia. Por eso afirmó, cuando se conocieron los problemas fiscales de su pareja, que todo era “una operación de Estado”. Su trayectoria demuestra que, en nuestro país, a la cúspide de los partidos suelen llegar los más leales y fanáticos, pocas veces los más idóneos. Pero también hay que reconocer que, si ha llegado tan lejos, es porque una parte de la ciudadanía madrileña ha decidido que el insulto es tolerable, la opacidad aceptable y la confrontación preferible al respeto institucional.

Ayuso nunca habla de proyectos colectivos o de cooperación entre diferentes fuerzas políticas porque crece en el enfrentamiento. Lo que parece exigirnos, sin embargo, es impunidad política y lealtad sin límites, tal es la rabia con la que reacciona cuando le pedimos explicaciones y transparencia no solo acerca de la polémica compra del ático, sino de cualquier asunto. Pero en democracia no pueden existir esa clase de adhesiones porque importa la pervivencia del sistema democrático, no la prevalencia de un partido o líder a expensas del bien común. Lo de Ayuso no tiene nada que ver con el debate izquierda-derecha, sino con la calidad de nuestra democracia. Preguntar a la presidenta de Madrid por la compra de un inmueble de lujo con dinero público y de manera extraordinariamente opaca no es fortalecer a Sánchez, sino cumplir el precepto democrático de fiscalización que corresponde a la prensa. No tenemos por qué convenir con ella en su odio hacia el presidente del Gobierno. Se puede ser crítico con Sánchez sin dejar de serlo con la presidenta de Madrid.

Ayuso cree que las argucias y la opacidad son sinónimos de inteligencia política, y aunque esa confusión la define, ha llegado en el momento "oportuno": lo entrecomillo porque es el momento de los mediocres y de quienes usan la mentira de manera habitual. Por eso enarboló el estúpido y vacío lema de “comunismo o libertad”. Desde la Transición, la libertad no ha estado nunca en riesgo en Madrid, y si en algún momento lo estuvo, fue en aquel oscuro verano de 2003, cuando una tenebrosa operación dobló el pulso a los ciudadanos madrileños con el fin de que gobernase la derecha y no esa izquierda que había ganado las elecciones. Con el pretexto de luchar contra algo que en Madrid no existe —el comunismo—, ha dividido y polarizado a la sociedad. Esa infamia será su legado.

¿Qué papel desempeña la prensa en todo esto? Cuentan que, tras entrevistarse con los fundadores del diario Le Monde, De Gaulle exclamó: “Estos tipos son intratables; harán buen periodismo”. El periodismo consiste, ante todo, en decir la verdad; el resto de definiciones, algunas ampulosas, tienen más que ver con los negocios que con el verdadero propósito de la prensa: controlar al poder, una función esencial en las democracias liberales. En uno de los retratos más fieles jamás escritos sobre Estados Unidos, La democracia en América (1835-1840), Tocqueville señalaba la importancia crucial de una prensa libre en la conformación del sistema democrático y llamaba la atención sobre la enorme cantidad de periódicos locales, cada uno con su propia perspectiva, que contribuían a la diversidad de opiniones y a evitar una concentración de poder. No podemos entender el fenómeno de Ayuso si no examinamos el ecosistema de medios y pseudomedios de comunicación que reciben subvenciones de la Comunidad de Madrid y que no parecen llevar a cabo su papel de fiscalización en democracia. Se amparan en la libertad de expresión, pero el debate es otro: cuando los medios dependen tanto económicamente del poder al que deben controlar, no sabemos qué están dispuestos a investigar y qué prefieren callar. 

Madrid bien podría ser un gran polo de desarrollo que prioriza la ciencia, la educación, la tecnología, la cultura y la igualdad, pero con una presidenta con este perfil tan solo es un paraíso neoliberal en el que imperan la desigualdad, la polarización extrema y una idea insolidaria del individualismo. Es trágico que quienes en otro tiempo habrían necesitado de un golpe de Estado para alcanzar el poder, dadas sus descabelladas propuestas —Milei, Bolsonaro, Trump o la propia Ayuso—, lleguen hoy a los gobiernos con nuestros votos. No caigan en el error de elogiarla mencionando virtudes que no posee ni méritos que no le corresponden, porque para ella no importan las listas de espera en la sanidad, el lamentable estado de la educación pública, el gravísimo problema de la falta de vivienda, la precariedad laboral y los salarios bajos: su único “talento” consiste en desviar la atención de estas cuestiones haciéndonos creer que Sánchez es el culpable de nuestros problemas personales, que pagar impuestos es de ciudadanos “tristes”, trasnochados y vagos y que podemos hacer cuanto queramos sin asumir responsabilidad alguna. Porque el “ayusismo” es tan solo esto: un desmesurado alarde de vulgaridad, incultura e insensibilidad social que degrada la calidad democrática y nos empobrece como sociedad.

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Eduardo Luis Junquera Cubiles es escritor.

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