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No nos dejéis solos

Firmar manifiestos de protesta, encender velas o cruzar los dedos, a modo de plegarias por la paz, son rituales inocentes que no hacen daño a nadie. ¿Resultan eficaces? Menos es nada, replicamos los abajo firmantes para calmar la ansiedad y el malestar que nos produce asistir en directo a los desastres de la guerra. Da un poco de pudor el gesto, fácil y poco comprometido, de añadir tu nombre a una enorme lista de desconocidos procedentes de todos los rincones del mundo. Por el módico precio de once euros al mes puedes lavar tu conciencia y solidarizarte con el pueblo ucraniano atacado por el sátrapa del Kremlin. Dicha donación sirve para facilitar a una familia un refugio de emergencia.

Sobrecoge escuchar el discurso a la nación del presidente de Ucrania. Mientras Zelensky hace un recuento de los primeros heridos y muertos, se lamenta de que Occidente los deje solos tras la invasión de las tropas rusas. "¿Quién está preparado para luchar con nosotros? No veo a nadie". La población civil suplica ayuda. Se sienten abandonados. La respuesta de Estados Unidos y sus aliados es que no pueden intervenir porque Ucrania no es miembro de la OTAN. Eso sí, expresan la más enérgica condena al agresor y deciden tomar algunas medidas supuestamente disuasorias, con la sospecha de que no será fácil poner fin a esta masacre. Putin engaña, manipula y no atiende a razones. Su agresión es un ataque a la libertad, a la democracia y a la verdad. Pero la realpolitik obliga a ceder algunos principios éticos para evitar males mayores; dar primacía al pragmatismo sobre cualquier otro valor. Las reglas son las reglas.

Todo eso nos suena. A poco que los españoles hagamos memoria, nos asaltará el recuerdo del fatídico abandono de la Republica Española. Cuando el Gobierno pidió ayuda para sofocar el golpe militar comandado por Franco, las democracias occidentales se lavaron las manos con el argumento de que habían firmado un acuerdo para no intervenir en asuntos internos. El pretexto era evitar que el resto de Europa se implicase en la guerra. Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos mantuvieron una “exquisita” neutralidad entre los contendientes, mientras Hitler y Mussolini enviaban aviones y armas a los sublevados. Dejaron solos a los republicanos frente a las tropas franquistas que jugaban con ventaja. Cuando Barcelona cayó en sus manos, medio millón de refugiados cruzaron la frontera con Francia para buscar asilo político. Los metieron en campos de concentración. Por segunda vez los maltrataron. El tercer agravio contra el pueblo español fue establecer relaciones con la dictadura franquista que se impuso durante casi cuarenta largos años. La odisea de los españoles de entonces, salvando las distancias, les sonará familiar a los ucranianos que hoy forman inmensas colas para huir de los tanques y los bombardeos rusos.

Aunque esta oleada de solidaridad es encomiable, la Unión Europea ha demostrado, una vez más, su incapacidad para desarrollar las medidas necesarias para acoger a los millones de desplazados que se ven obligados a huir de su lugar de origen

¿Qué podemos hacer más allá de apoyar un manifiesto dirigido a todos los gobiernos del mundo? Cómo no firmar una carta abierta para solidarizarnos con el pueblo de Ucrania y exigir a los dirigentes internacionales que impongan sanciones a Moscú. Intentemos demostrar a Putin que se equivoca; nada menos que a un psicópata, con armas nucleares, dispuesto a destruir un país de cuarenta y cuatro millones de habitantes porque considera que le pertenece. ¿Qué otra cosa podemos hacer, además de estos gestos cargados de buenas intenciones? Hay dos acciones urgentes que están en nuestras manos. La primera es combatir la desinformación. En cuatro días se han generado centenares de imágenes descontextualizadas, informaciones falsas y mensajes manipulados con el fin de confundir a la opinión pública. La invasión de Irak en el año 2003 se justificó con la gran mentira de que se trataba de una guerra global contra el terror. Colin Powell, secretario de Estado con Bush, arruinó su brillante carrera al afirmar, ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva. Del mismo modo, Putin justifica la invasión de Ucrania por el supuesto genocidio en la región de Donbás. Otra gran mentira.

Además de combatir lo bulos, debemos garantizar la acogida de los refugiados; nos afecta a todos y no solo a los países fronterizos, que pronto se verán desbordados. Se calcula que podrían llegar al resto de Europa entre uno y cuatro millones en las próximas semanas. Según la agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) durante el primer día de la ofensiva abandonaron el país cincuenta mil ucranianos. Polonia les ha abierto sus fronteras, no les pide documentación ni certificados covid, pero sabe que su capacidad de asilo es limitada. Lo mismo sucede con el resto de los países limítrofes. Rumanía y Eslovaquia están habilitando hoteles, edificios vacíos, instalaciones deportivas y levantando campamentos improvisados. Todos han abierto sus fronteras con la mejor disponibilidad para hacer frente a la avalancha. Incluso Hungría ha emitido un decreto para aceptar que los refugiados procedentes de Ucrania tengan un estatus de asilo temporal. A pesar de que Viktor Orbán, primer ministro ultranacionalista húngaro, es uno de los principales aliados de Putin, se ha visto obligado a condenar, a regañadientes, el ataque de su amigo ruso contra Ucrania. También Letonia, Estonia y Alemania han ofrecido ayuda a los países directamente afectados, sobre todo, al Gobierno polaco.

Aunque esta oleada de solidaridad es encomiable, la Unión Europea ha demostrado, una vez más, su incapacidad para desarrollar las medidas necesarias para acoger a los millones de desplazados que se ven obligados a huir de su lugar de origen. La improvisación tiene graves consecuencias, sobre todo, desde que aumentan los populismos xenófobos. La única manera de enfrentarse al problema es aplicar programas de reasentamiento, que consisten en ofrecer una acogida duradera a los refugiados, para que puedan integrarse en la sociedad. De poco valen las firmas de manifiestos, las medidas disuasorias y las enérgicas condenas, si no se asumen compromisos que requieren un riguroso trabajo previo.

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Nativel Preciado es periodista, analista política y autora de más de veinte ensayos y novelas, galardonadas con algunos de los principales premios literarios.

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