España también viene del sur
España puede y debe defender sus intereses frente al Estado marroquí. Lo que no necesita es convertir cada desacuerdo con Rabat en una confirmación de que al otro lado del Estrecho aguarda un enemigo histórico, ni proyectar esa sospecha sobre la inmigración y los marroquíes que viven en el país. Al-Ándalus, el Rif y el Protectorado ayudan a explicar de dónde procede ese imaginario y por qué la extrema derecha todavía puede activarlo.
He pasado la mitad de mi vida estudiando la historia de un país que no es el mío y, con los años, he aprendido también a quererlo en sus contradicciones. Es desde esa cercanía —no desde la voluntad de dar lecciones— desde donde escribo estas líneas.
España ha aprendido a mirar hacia el norte para reconocerse y hacia el sur para diferenciarse. Se identifica con Europa como si esa pertenencia exigiera levantar una frontera cultural frente al Magreb. Marruecos, pese a su proximidad, aparece así como un país lejano: vecino en el mapa, pero extraño en el imaginario. Quienes conocemos las dos orillas sabemos hasta qué punto resulta paradójica esa distancia: catorce kilómetros pueden ser apenas un breve trayecto marítimo y, al mismo tiempo, un abismo lleno de prejuicios.
Una memoria selectiva
No siempre fue así. La historia de la península ibérica está atravesada por influencias cristianas, musulmanas y judías. Ninguna permaneció intacta ni existió aislada de las demás. Se enfrentaron, convivieron, comerciaron, se tradujeron y se transformaron mutuamente. España no surgió de una sola raíz, sino de una historia plural que después fue reorganizada para atribuir el protagonismo a los vencedores.
En España en su historia. Cristianos, moros y judíos, Américo Castro defendió que lo hispánico no puede explicarse sin la interacción entre las tres comunidades. Su tesis fue discutida, especialmente por Claudio Sánchez-Albornoz, y no debe convertirse en otro dogma. Pero conserva una intuición fundamental: lo musulmán y lo judío no fueron episodios exteriores a España, sino componentes activos de su formación.
El problema no es que España haya olvidado completamente Al-Ándalus o Sefarad. Sus monumentos se restauran, sus barrios históricos atraen visitantes y su legado se exhibe en museos y campañas turísticas. Lo que persiste es una apropiación selectiva: se celebra la belleza de lo heredado, pero se mantiene a distancia a quienes lo crearon. Se admira la obra mientras se procura que sus autores permanezcan discretamente encerrados en el pasado.
La Alhambra es un símbolo español, mientras la dimensión musulmana de la historia nacional continúa tratándose a menudo como una presencia extranjera. La mezquita de Córdoba es motivo de orgullo patrimonial, pero una mezquita contemporánea puede despertar sospechas. Se valora la huella sefardí, aunque la expulsión de los judíos quede relegada dentro del relato triunfal de 1492. Hay algo muy humano, aunque poco confesable, en esa contradicción: nos encanta recibir una herencia siempre que no tengamos que reconocer plenamente a quienes nos la dejaron.
Reconocer esas herencias no significa afirmar que los españoles actuales sean andalusíes, musulmanes o sefardíes. Las identidades colectivas no son sustancias puras transmitidas durante siglos, sino construcciones cambiantes, hechas de contactos, conflictos y apropiaciones. Tampoco se trata de idealizar Al-Ándalus como un paraíso de convivencia. Hubo intercambios fecundos, pero también desigualdades, persecuciones y guerras. Sustituir el mito de una España eternamente cristiana por el de una armonía perfecta entre las tres culturas sería cambiar una simplificación por otra.
La dificultad se vuelve políticamente más visible cuando una parte del debate público español mira a Marruecos. Ambos países están separados por una frontera y mantienen desacuerdos sobre migración, aguas territoriales, comercio, seguridad y soberanía. Nada obliga a idealizar la relación ni a ocultar sus conflictos. Una cosa, sin embargo, es analizar las decisiones del Estado marroquí y otra convertir a Marruecos en el enemigo histórico de España.
Como marroquí, no espero una mirada complaciente hacia mi país. Marruecos tiene problemas internos, decisiones discutibles y políticas que deben ser criticadas. Lo difícil de aceptar es que determinados desacuerdos despierten al mismo personaje adormecido en la memoria española: el “moro” amenazante que aguarda al otro lado del Estrecho.
Del Rif de Abd el-Krim al "moro" contemporáneo
Esa imagen también procede de una memoria colonial incompleta. Las guerras del Rif, el desastre de Annual, el Protectorado y la resistencia encabezada por Abd el-Krim el Jatabi ocupan un lugar secundario en el conocimiento histórico de buena parte de la sociedad. Marruecos aparece asociado a derrotas, traumas militares y amenazas, pero rara vez se estudia la experiencia de las poblaciones colonizadas.
María Rosa de Madariaga dedicó buena parte de su obra a reconstruir esa historia silenciada. En libros como España y el Rif, En el Barranco del Lobo y Marruecos, ese gran desconocido, mostró hasta qué punto el norte de Marruecos estuvo ligado a la evolución política y militar de la España contemporánea. Sin el Rif resulta difícil comprender la crisis de la monarquía de Alfonso XIII, el protagonismo del Ejército de África, el ascenso de determinados militares —entre ellos un tal Francisco Franco, que después tendría cierta relevancia en la historia de España— y, finalmente, la Guerra Civil.
Los mandos franquistas utilizaron soldados reclutados en el territorio colonial y, al mismo tiempo, se beneficiaron del temor histórico que inspiraba la figura del “moro”. La propaganda republicana tampoco escapó por completo a ese marco: el combatiente marroquí fue presentado como cruel, violento y ajeno, mientras quedaban en segundo plano el dominio colonial, la pobreza, las condiciones de reclutamiento y la responsabilidad de quienes lo trasladaron a la península y lo enviaron al frente.
El “moro” podía ser aliado militar, súbdito colonial, enemigo ancestral o figura exótica, pero rara vez aparecía como sujeto con voz e historia propias. Esa representación no desapareció con el Protectorado. Sobrevivió en el lenguaje, en ciertos relatos escolares y en productos culturales, y en la manera de interpretar algunas crisis entre España y Marruecos. Todavía hoy, una noticia protagonizada por un ciudadano marroquí puede convertirse con demasiada facilidad en un juicio contra toda una comunidad.
Una parte del debate continúa comportándose como si el Estrecho fuera una muralla entre dos civilizaciones incompatibles. La vida cotidiana desmiente esa muralla cada día, aunque algunos discursos se empeñen en reconstruirla cada noche
El “moro” contemporáneo ya no lleva alfanje ni monta a caballo, pero reaparece en las redes, en determinados programas y en las consignas de quienes necesitan un enemigo al sur. La extrema derecha no creó ese imaginario: descubrió su utilidad política. Presenta la inmigración como una “invasión”, el islam como una amenaza y Marruecos como el poder que dirige o aprovecha ese avance. El vocabulario se moderniza, pero la estructura permanece: España vuelve a estar sitiada y necesita otra Reconquista, ahora con vídeos breves, consignas virales y algoritmos en lugar de caballos y armaduras.
En ese discurso se confunden deliberadamente cuatro realidades distintas: el Gobierno marroquí, el Estado de Marruecos, los inmigrantes en situación irregular y los ciudadanos de origen marroquí que viven legalmente en España. Una discrepancia diplomática termina proyectándose sobre el trabajador, el menor migrante, el comerciante o el español musulmán. La nacionalidad deja de ser una condición jurídica y se convierte en una sospecha.
Detrás de esas categorías hay personas concretas: el jornalero que recoge la fruta, la mujer que cuida a un anciano, el joven nacido en España que todavía debe demostrar que pertenece al país y el comerciante que lleva décadas levantando cada mañana la persiana. Cuando se habla de ellos como una masa amenazante, se les arrebata primero el rostro y después la historia.
Vecinos sin demonización
Conviene insistir en una distinción esencial. Criticar a Marruecos no es racismo. Sus políticas públicas, sus decisiones diplomáticas y sus problemas internos deben examinarse con el rigor aplicado a cualquier otro Estado. Tampoco todo temor relacionado con la inmigración es imaginario: existen dificultades de integración, presión sobre algunos servicios y problemas de seguridad que no deben negarse. Reconocerlos, sin embargo, no autoriza a atribuir una conducta a millones de personas ni a convertir el origen marroquí en explicación automática de la delincuencia.
La extrema derecha prospera cuando problemas reales son absorbidos por una explicación identitaria. El desempleo, la precariedad, la vivienda o el deterioro de los servicios dejan de relacionarse con decisiones económicas e institucionales y pasan a atribuirse al extranjero. Marruecos se convierte en la pantalla sobre la que se proyectan frustraciones de causas mucho más complejas.
Tampoco todos los sectores progresistas han construido una mirada madura. Algunos evitan cualquier crítica a Marruecos por miedo a alimentar el racismo; otros contemplan el país mediante idealizaciones que poco tienen que ver con su realidad. La condescendencia, aunque nazca de buenas intenciones, tampoco permite conocer al vecino ni relacionarse con él en condiciones de igualdad.
La paradoja es evidente. España necesita la cooperación de Marruecos en seguridad, comercio, energía, lucha antiterrorista y gestión migratoria. Centenares de miles de personas de origen marroquí trabajan en sectores esenciales de la economía española. Las relaciones familiares, culturales y económicas entre ambas orillas son cada vez más densas. Sin embargo, una parte del debate continúa comportándose como si el Estrecho fuera una muralla entre dos civilizaciones incompatibles. La vida cotidiana desmiente esa muralla cada día, aunque algunos discursos se empeñen en reconstruirla cada noche.
Lo necesario es una memoria adulta: capaz de reconocer el conflicto y la mezcla, las expulsiones y las herencias, las disputas actuales y la profundidad de los vínculos. Una memoria que no exija amar al vecino ni estar siempre de acuerdo con él, sino algo más elemental: conocerlo antes de juzgarlo.
España puede defender sus intereses frente a Marruecos sin fabricar un enemigo marroquí. Puede discutir sobre fronteras, inmigración o soberanía sin recuperar el lenguaje de las guerras religiosas. Y puede reconocerse como nación europea sin expulsar de su identidad aquello que la vincula con el sur.
Al otro lado del Estrecho comienza otro Estado, pero no una historia completamente ajena. Marruecos no es una prolongación de España ni España una prolongación de Marruecos. Son sociedades diferentes, soberanas y a menudo enfrentadas por intereses concretos. Pero forman parte de un espacio histórico compartido que la política puede administrar, aunque no borrar. Quienes hemos cruzado ese Estrecho más de una vez sabemos que, visto desde el barco, ninguna orilla parece tan extraña como se cuenta desde tierra.
Hace más de tres décadas, Alfonso de la Serna cerraba su artículo Marruecos, publicado en ABC el 24 de septiembre de 1989, con una pregunta que sigue esperando respuesta: "¿Borraremos las viejas imágenes equívocas —la imagen del “otro”— para mirar lúcida y cordialmente la realidad de nuestro vecino marroquí?".
Treinta y siete años después, aquellas imágenes no han sido borradas. Algunas han cambiado de vocabulario, se han adaptado a las redes y han encontrado representación parlamentaria. Pero el “otro” sigue siendo útil para quienes necesitan un enemigo al sur. Quizá haya llegado el momento de ver a Marruecos en su complejidad: como vecino, socio, competidor y país soberano con el que España comparte intereses, desencuentros y una historia que ninguna consigna de Reconquista conseguirá borrar.
España y Marruecos no están obligados a ser amigos ni condenados a ser enemigos. Necesitan comportarse como vecinos adultos: discrepar sin demonizarse y colaborar sin confundirse. No se trata de pedir a España simpatía o indulgencia hacia Marruecos, sino de recordar que la historia no se elige, pero la memoria sí; y de conocer el pasado sin concederle el derecho de decidir eternamente nuestra manera de mirarnos.
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Fikri Soussan es profesor de Estudios Hispánicos en la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah de Fez y responsable de la edición en francés de Alyaoum24.