Ceuta y el mercadeo conservador

Hay un mercado político construido sobre el odio al otro que aprovecha cualquier ‘Ceuta’ para hacer su agosto. Una industria basada en la propaganda contra el inmigrante como mercancía electoral que ha calado en Europa, con segundas y terceras fuerzas políticas. Ya no es solo contra quien llega. En su voracidad propagandística, lo extienden al blanco y al cristiano. Lo hicieron Giorgia Meloni y la primera ministra danesa hace una semana, con escaso éxito. La pulsión ultra abre las costuras de Europa y, donde falla la respuesta rápida del Estado del bienestar, los conservadores encuentran una oportunidad. No hay un solo ultraderechista que haya puesto recetas reales. Ni en la Italia de Meloni ni en la España de Santiago Abascal.

Las amenazas de seguridad en Europa no vienen de quienes saltan una valla o llegan en patera. La crisis inflacionaria que desgasta las economías familiares no la provocan los menores marroquíes varados por las calles ceutíes. Ni las niñas víctimas de trata. Ni los 3.000 ahogados intentando llegar a España, según Caminando Fronteras, porque tampoco existe una cifra oficial de muertos.

La extrema derecha no necesita recetas. Necesita un conflicto permanente y un culpable disponible. Necesita que la política discuta sobre quién entra y no por qué una parte de la población siente que el Estado no responde eficazmente a sus problemas

La profundidad de la crisis de Ceuta, de una excepcionalidad casi sin precedentes, no se puede resolver con visitas sucesivas de ministros y un acuerdo alcanzado el día 18 de la llegada masiva. Los ceutíes y las decenas de voluntarios han protegido Ceuta de los brotes xenófobos. En esta ciudad, más pequeña que los barrios de Moratalaz o Gràcia, no ha habido un Torrepacheco y la llamada de Vox a “cazar” inmigrantes —como dijo José María Figaredo— no consiguió prender ninguna mecha. Pero en la lentitud de la respuesta está la semilla del hartazgo y sus derivadas.    

¿A qué ha ido Feijóo a Ceuta? Si el viaje sirviera para exigir una respuesta más rápida al Gobierno, reclamar recursos y defender a los ceutíes y los derechos de los recién llegados, forma parte del trabajo de oposición. Lo inútil de la visita es la competición estéril con Vox en el terreno del miedo. Al quedarse en “la ciudad ha sido invadida” no está hablando de gestión y sí de explotar el malestar, la deshumanización, la xenofobia low cost. Saben que quien invade es un enemigo. Ese es el marco elegido por el PP. 

La izquierda tampoco ha sido inmune en Ceuta al relato y el Gobierno se ha deslizado en ocasiones por la lógica del mensaje simplista. Del "Ceuta es españolísima" de Margarita Robles al "hasta la última persona que ha entrado irregularmente volverá a Marruecos" de José Manuel Albares. No se puede prometer una devolución indiscriminada porque la ley no lo permite. Los valores de un Gobierno progresista tampoco. Ni responder al maximalismo de la ultraderecha con su lenguaje, prometiendo aquello que el propio marco jurídico impide ejecutar de manera automática. Cuando se dice en público ‘todos serán devueltos’, se legitima indirectamente a quien ve menores deambulando por Ceuta y quiere echarlos. El racismo de Vox es una metralleta verbal de agresión directa. Pero hay otra lluvia fina que conviene detectar y no alimentar. 

La estrategia de la oposición pasa por debilitar al Gobierno en cualquier crisis de la que también es responsable. Feijóo haría bien en exigir soluciones urgentes a la crisis humanitaria. Pero en su competencia legal está abrir la puerta al reparto de menores en sus comunidades autónomas. Ofrecer soluciones para la acogida antes de pedir devoluciones inmediatas que no están en manos del PP ni del propio Ejecutivo.  

Por la tracción ultra que sufren las democracias liberales, es muy probable que la inmigración sea el tema central de las futuras campañas electorales. Le interesa a la derecha porque ahí es donde PP y Vox se encuentran cómodos. Porque en esa abstracción de convertir al marroquí o al africano —al negro y al pobre— en enemigo les permite no poner soluciones sobre la mesa. 

La extrema derecha no necesita recetas. Necesita un conflicto permanente y un culpable disponible. Necesita que la política discuta sobre quién entra y no por qué una parte de la población siente que el Estado no responde eficazmente a sus problemas. El PP ha metido a Vox en cuatro gobiernos y, desde ahí, toda la culpa es de Pedro Sánchez. Cuando los meta en el Gobierno, la culpa de todo será de Europa. Es el mercadeo del miedo. La irresponsabilidad de no hacer política. Y Ceuta, su nuevo escaparate.

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