El mundo no cabe en el G7: China, ausente

La cumbre del G7 que se celebra estos días en Évian, Francia, vuelve a poner de manifiesto una contradicción cada vez más evidente en la gobernanza global contemporánea. El grupo reúne a algunas de las economías más desarrolladas del planeta y continúa ejerciendo una influencia notable en ámbitos financieros, tecnológicos y estratégicos. Sin embargo, representa hoy menos del 10% de la población mundial y su peso relativo en la economía global disminuye año tras año.

Hace apenas una década, los miembros del G7 concentraban en torno al 55% del PIB mundial nominal. En la actualidad, esa cuota se sitúa alrededor del 40-45% y sigue descendiendo conforme ganan protagonismo las economías emergentes, especialmente en Asia. Si se toma el PIB en paridad de poder adquisitivo (PPA), la caída es aún más pronunciada: de alrededor del 40% hace una década a menos del 30% en la actualidad. El PIB de China supera ya al de la mayoría de países del G7.

No se trata de un colapso ni de una pérdida súbita de relevancia, sino de una transformación estructural del equilibrio internacional que cuestiona la capacidad de cualquier bloque reducido para presentarse como directorio natural de los asuntos mundiales.

China sigue siendo el principal desafío económico y tecnológico del momento

La relación con China constituye probablemente la mejor expresión de esa realidad. Pekín nunca ha formado parte del grupo y sus contactos con este han sido limitados y circunstanciales. La única participación de un líder chino en una cumbre de este formato tuvo lugar en 2009, cuando Hu Jintao asistió a la reunión de L'Aquila, en Italia, y se vio obligado a abandonarla anticipadamente debido a la grave crisis desatada en Xinjiang. Desde entonces, las relaciones han transitado por una senda cada vez más compleja, marcada por la competencia estratégica y la creciente desconfianza mutua.

La videoconferencia prevista durante esta cumbre con dirigentes chinos difícilmente alterará esa dinámica. Las diferencias son demasiado profundas. Para los países del G7, China sigue siendo el principal desafío económico y tecnológico del momento. De ahí que en la agenda vuelvan a ocupar un lugar destacado cuestiones como los denominados desequilibrios comerciales, el exceso de capacidad industrial, la seguridad de las cadenas de suministro, las alianzas sobre minerales críticos o las estrategias de reducción de riesgos.

Visto desde Pekín, sin embargo, esas preocupaciones reflejan la recurrente tendencia a convertir a China en el denominador común de las discrepancias internas del bloque liberal occidental. Cuando las diferencias entre los propios miembros dificultan la elaboración de consensos sólidos, la crítica a China aparece con frecuencia como el terreno más cómodo para proyectar una imagen de unidad política.

El G7 estaría atrapado en una cierta ilusión de liderazgo. Sigue siendo un actor importante, pero ya no el centro indiscutible del sistema internacional

La percepción china del G7 es igualmente crítica. Las autoridades y numerosos analistas del país consideran que el grupo padece una creciente desconexión respecto a la realidad internacional. A su juicio, persisten las fricciones entre sus miembros, la confianza europea en el liderazgo estadounidense atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas y las dificultades para alcanzar posiciones comunes son cada vez más visibles. El resultado sería una organización que conserva influencia, pero cuya capacidad para marcar la agenda global se encuentra muy lejos de la que tuvo en otros tiempos.

Desde esta perspectiva, el G7 estaría atrapado en una cierta ilusión de liderazgo. Sigue siendo un actor importante, pero ya no el centro indiscutible del sistema internacional. Sus decisiones continúan siendo observadas, aunque con una capacidad de atracción y de impacto considerablemente menor que en el pasado. El mundo que vio nacer al grupo en la década de 1970 ha desaparecido, sustituido por una realidad mucho más compleja, diversificada y competitiva.

La cuestión de fondo trasciende, en realidad, las relaciones entre China y el G7. Los desafíos contemporáneos —desde el cambio climático hasta la transición energética, desde la gobernanza de la inteligencia artificial hasta la estabilidad financiera internacional— han superado ampliamente la capacidad de cualquier mecanismo de círculo reducido. Ningún grupo que represente una fracción minoritaria de la humanidad puede aspirar por sí solo a proporcionar respuestas eficaces a problemas de naturaleza global.

Por ello, el verdadero debate no gira en torno a la supervivencia del G7, sino a su adaptación. La clave es la insuficiencia de un foro nacido en otro contexto histórico para abarcar la complejidad del mundo actual. En ese nuevo escenario, la influencia dependerá menos de la capacidad para reunir a los países más ricos y más de la habilidad para incorporar a los actores emergentes a mecanismos de gobernanza verdaderamente representativos. La multipolaridad ya no constituye una hipótesis de futuro, sino una realidad en construcción. La pregunta es si el G7 está dispuesto a asumir esa transición o si seguirá actuando como si el mundo continuara siendo el de hace medio siglo.

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Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.

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