Seamos responsables Luis García Montero
“Podemos devolver la democracia a quienes han dejado de confiar en ella”, era el mensaje en enero de 2014, cuando Podemos se presentó en el Teatro del Barrio de Madrid, aunando indignación ciudadana, movimientos sociales, profesores universitarios, activistas, el alma del 15-M y una generación que miraba con desconfianza a los partidos tradicionales.
Podemos entró en el Parlamento Europeo. Después llegaron las elecciones municipales, las autonómicas, las generales, el sorpasso a Izquierda Unida, las negociaciones de Gobierno, la entrada en el Ejecutivo y una paradoja que resume su trayectoria: el partido nacido para hacer una política nueva se integró en la vieja.
El 15-M produjo una enorme corriente de indignación, pero había una energía social sin instrumento político. Podemos llenó ese vacío. Comprendió que una parte de la sociedad española rechazaba el debate entre profesionales de la política.
La palabra "casta" canalizó una percepción extendida ante las élites políticas desconectadas de lo real: desempleo, precariedad, desahucios, pérdida de poder adquisitivo y políticas de austeridad.
Podemos conectó con las personas sin ideologizar. Su discurso se dirigía a mayorías: era transversal. No empezó diciendo "somos izquierda", sino "podemos cambiar".
Podemos llegó al Congreso con una representación suficiente para romper el viejo bipartidismo y obligó al PSOE a replantearse su posición, pero al crecer se mutó en aquello que pretendía cambiar: un partido con estructura, dirigentes, jerarquías, estrategias electorales, disciplina parlamentaria y luchas internas.
La ilusión dio paso a la supervivencia. La batalla entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón enfrentaba corazón y mente: izquierda y confrontación versus discurso transversal. Vino Vistalegre II. Más desencuentros. Mutación a Unidas Podemos. Sumar. Y de nuevo la eterna fragmentación: Podemos, Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid, Comunes y distintas formaciones territoriales.
Podemos nació para unir y una década después acabó separando.
El Gobierno de coalición conllevaba una realidad menos épica que las plazas llenas: presupuestos, negociación, límites jurídicos, Bruselas, empresas, burocracia, compromisos entre socios y decisiones que no satisfacen a nadie.
Ya no había cambio: se compartían responsabilidades de Estado. El "¿qué harías si gobernaras?" pasó a "¿qué hiciste cuando gobernabas?"
Apoyar al PSOE era subordinarse al socialismo. Y el enfrentamiento ponía en peligro las políticas de gobierno. Se optó por romper.
Podemos y Sumar compitieron en un espacio electoral reducido. Había dirigentes, organizaciones, parlamentarios y militantes, pero faltaba dirección.
La retirada de Yolanda Díaz y la reorganización de Sumar reabre el debate de optimizar la izquierda. ¿Qué queda? El Podemos de 2014 murió. Hay una marca conocida, una organización, experiencia institucional y una identidad que no protagoniza. En 2014 avanzaba y el viejo sistema político retrocedía. Hoy defiende su encogido espacio electoral para no ser absorbido.
La sociedad española de 2026 no es la de 2014. Otros problemas se añaden a los de antes transformados: vivienda imposible, salarios que no alcanzan, envejecimiento, dificultades para emanciparse, inmigración, seguridad, despoblación, transformación tecnológica, inteligencia artificial, productividad, acceso a los servicios públicos, crisis energética, dependencia de Estados Unidos y China, y una Europa que necesita decidir qué quiere ser.
La gran derrota electoral de Podemos fue dejar de parecer que podía. Si alguna vez vuelve a demostrar que “sí se puede”, iniciará otra historia de amor con los votantes
La izquierda habla exclusivamente a quienes ya están convencidos. Se podría liderar un discurso de mayorías, en vez de vincular medidas e ideología: el acceso a la vivienda es una cuestión nacional, la sanidad pública implica conseguir que una persona pueda obtener cita médica cuando la necesita, la educación pública garantiza que una familia no tenga que elegir entre pagar el alquiler y ayudar a sus hijos a estudiar, y los derechos laborales no distinguen entre autónomo, trabajador tecnológico, obrero fabril o joven que encadena contratos.
Igualdad de oportunidades. Para la “izquierda” moderna nadie debería abandonar su ciudad, su familia o su país para construir una vida digna.
Si se necesitara hoy un equivalente político a los desahucios de 2014, la vivienda sería ese gran eje social de cohesión, pero requiere una política más ambiciosa que la regulación de alquileres. Construcción masiva de vivienda pública, movilización de suelo público, rehabilitación de barrios, incentivos para alquileres asequibles, medidas contra la especulación, facilidades para jóvenes, colaboración con comunidades autónomas y ayuntamientos, y una idea simple: trabajar debe permitir independizarse.
La seguridad importa: el control de las fronteras, la inmigración, la convivencia, y que las políticas migratorias respeten los derechos humanos.
¿Por qué permitir que el debate sobre seguridad lo monopolice la derecha, en vez de defender una inmigración ordenada, vías legales de entrada, integración efectiva, persecución de las redes criminales, cooperación europea y protección de las personas vulnerables?
La crisis de Ceuta demuestra que deben redefinirse los postulados tradicionales. Podemos se ha desmarcado con una posición dura respecto a Marruecos y la gestión fronteriza. La clave estaría en hacerlo sin permitir que la inmigración acapare el debate político.
La izquierda española no logra hablar de España sin sonrojarse. Ha cedido el amor patrio al nacionalismo español de derechas, pero se puede y se debe defender una España plural, europea, democrática, descentralizada y social, y sentir orgullo por la sanidad pública, las universidades, la cultura, los pueblos, las ciudades, la lengua española y las lenguas cooficiales, y salvaguardar la cohesión territorial sin negar la diversidad, y reivindicar una palabra que es injustamente patrimonio exclusivo de la derecha: patria, no la manida patria uniforme-frontera-bandera, sino el sentido de pertenencia a una tierra donde nadie se queda atrás.
Vivimos en estado de guerra cultural. La izquierda habla pensando que moviliza a la sociedad, y la derecha igual, y millones de personas se preguntan: ¿Podré pagar el alquiler? ¿Encontraré trabajo? ¿Me atreveré a tener hijos? ¿Cobraré una pensión digna? ¿Habrá médico en mi pueblo? ¿Podré estudiar lo que quiero? ¿Me sustituirá la IA? ¿Abandonaré mi ciudad? ¿Viviré con seguridad?
Podemos nació en la era de las redes sociales y podría renacer en la era de la inteligencia artificial. ¿Qué ocurre cuando la IA transforma millones de empleos, concentra aún más el poder económico y convierte los datos en recurso estratégico? ¿Por qué no ser líderes europeos en tecnología política, educación digital y utilización de IA en servicios públicos?
En vez de negar el futuro, decidir quién se beneficia de él.
El alma de Podemos es el verbo, conjugado en primera persona plural. Podemos. No nació prometiendo medidas, sino empuñando un mensaje. Podemos cambiar las cosas. Podemos enfrentarnos a los poderosos. Podemos gobernar. Podemos hacer política de otra manera. Podemos conseguir que una persona normal llegue a las instituciones. Podemos construir un mundo nuevo.
La disyuntiva es entre "¿cómo recuperamos los votos perdidos?" y "¿qué necesita España durante los próximos diez años?"
El reto es articular cinco grandes compromisos. Vivienda: que trabajar permita vivir. Servicios públicos: que el Estado sea visible en la vida cotidiana. Trabajo y productividad: que los salarios crezcan porque España produce más y mejor, no solo porque se redistribuye. Seguridad y convivencia: una política migratoria ordenada, humanitaria y eficaz junto a instituciones capaces de garantizar la seguridad. Tecnología y futuro: que la revolución de la IA no entregue el futuro a una minoría y margine al resto.
Y la guinda: defensa de la democracia, la igualdad ante la ley, los derechos civiles y la Unión Europea.
Ser alternativa al socialismo no es comportarse como si el principal problema fuera el PSOE. El rival es la resignación, eso que se supo combatir en 2014. La oportunidad no es esperar que otros se desgasten para recoger sus restos. Los electores no son propiedad de nadie. Si un partido quiere sustituir a otro, debe demostrar que su proyecto de país es mejor.
En 2014 Podemos no tenía experiencia de gobierno, estructura, etiqueta ideológica ni tejido territorial, pero millones de personas pensaron que podía cambiar España —entre ellas yo, socialista de corazón: me afilié a las juventudes del PSOE de adolescente, en el seno de una familia de larga tradición comunista—, y esa confianza es lo más difícil de recuperar y a la vez lo más necesario. No la nostalgia del ayer, sino la ilusión de que la política puede mejorar la vida de la gente.
La gran derrota electoral de Podemos fue dejar de parecer que podía. Si alguna vez vuelve a demostrar que “sí se puede”, iniciará otra historia de amor con los votantes.
Ahora debe preguntarse: ¿Podemos despertar la ilusión política en Podemos? El verbo está ahí, y ya tiene un propietario legítimo: se trata de encarnar su significado.
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Fernando Claudín di Fidio es escritor.
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