El poder como una forma de rebeldía Luis García Montero
Vivir con conciencia feminista, social, de clase, de raza, etc. no es un estado de ánimo ni una etiqueta cómoda: es una forma de estar y de percibir el mundo que te rodea. Y, como casi todo lo que implica mirar de frente la realidad, conlleva unas consecuencias tanto positivas como difíciles de gestionar en algunos casos. Frente a ello, la ignorancia (voluntaria o heredada) ofrece una vida aparentemente más sencilla, pero también más pobre y frágil en muchos aspectos.
Por un lado, la conciencia abre los ojos. Te permite nombrar injusticias que antes parecían “normales”: la desigualdad entre mujeres y hombres, el racismo estructural, la precariedad laboral, la violencia simbólica, los privilegios invisibles. Vivir con esta mirada no te hace mejor que nadie, pero sí más honesta y realista. Empiezas a entender que lo que te pasa a ti no es solo individual, sino colectivo, y que lo que les pasa a otras personas tampoco es mala o buena suerte. Esa comprensión genera empatía, comunidad y, a veces, acción colectiva. Da sentido. Hace que tus decisiones, cómo trabajas, consumes, te relacionas o votas, tengan un hilo ético que las conecta.
Además, la conciencia feminista y social libera, en muchos sentidos. Cuestionar los roles de género, las expectativas impuestas y las jerarquías heredadas abre espacios de convivencia y de presencia más auténticos. Permite decir “no” donde antes solo había obediencia, y “esto no es justo” donde antes había silencio y sumisión. Para muchas personas, especialmente para quienes han sido históricamente oprimidas, la conciencia no es un lujo intelectual, sino una herramienta necesaria de supervivencia.
Vivir con conciencia implica asumir la responsabilidad de no mirar hacia otro lado. No basta con “no ser machista” o “no ser injusta”; la conciencia empuja a posicionarse, a incomodar cuando hace falta, a usar la voz (o el silencio) de forma política. Esto genera desgaste y, en ocasiones, soledad, pero también teje alianzas inesperadas y profundas. Reconoces a quienes caminan con la misma inquietud, aunque no piensen exactamente igual, y entiendes que la transformación social no es un acto heroico individual, sino un proceso lento, colectivo y lleno de intersecciones.
La ignorancia parece ofrecer paz. No cuestiona, no incomoda, no exige posicionamiento. Permite reír chistes injustos, aceptar desigualdades como “cosas de la vida” y dormir sin demasiadas preguntas
Pero, por otro lado, vivir con conciencia duele. La conciencia pesa. Ver desigualdad donde antes había rutina genera rabia, tristeza y hartazgo. Hay una sensación constante de estar nadando a contracorriente en conversaciones familiares, en el trabajo, en redes sociales. A veces llega la frustración de saber que no basta con tener razón, ni con explicarla bien. O la culpa, por no poder estar a la altura de todo lo que sabes. La conciencia también rompe la comodidad: te obliga a revisar tus propios privilegios, errores y contradicciones. Y eso no siempre es agradable para todo el mundo, ni todo el mundo está dispuesto a hacerlo.
En comparación, la ignorancia parece ofrecer paz. No cuestiona, no incomoda, no exige posicionamiento. Permite reír chistes injustos, aceptar desigualdades como “cosas de la vida” y dormir sin demasiadas preguntas. Pero esa paz es frágil y prestada. Se sostiene sobre la negación y suele romperse cuando la injusticia te toca de cerca. Además, vivir en la ignorancia implica delegar el pensamiento crítico y aceptar un mundo tal como es, incluso cuando ese mundo excluye, daña o violenta.
Al final, la diferencia no está entre vivir feliz o vivir amargada, como a veces se caricaturiza. Está entre vivir conscientemente o vivir anestesiada. La conciencia feminista y social no garantiza bienestar, pero sí dignidad. No promete tranquilidad, pero sí coherencia. Y aunque a veces duela más saber, también es cierto que solo desde el saber se puede transformar algo y provocar cambios estructurales.
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Andrea Mezquida es psicóloga, formadora con perspectiva de género y experta en psicología afirmativa (LGTB).
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