Movimientos Sociales

El movimiento antiglobalización resiste 25 años después alejado del foco mediático

Policías durante las manifestaciones de Seattle de 1999, cartel de la manifestación de Génova de 2001 y manifestante en Ginebra en la manifestación de 2026.

Comenzaba un nuevo siglo y con él nacían nuevas ideas. La década de los 90 fue el caldo de cultivo que consiguió organizar a millones de personas por todo el mundo con un mismo objetivo: frenar los abusos del capitalismo neoliberal y exigir un modelo económico mundial más justo. Tras unos primeros pasos, como el alzamiento zapatista en Chiapas, (México), de 1994 o la celebración de un Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo que se vivió en Madrid en 1997, se consiguió el surgimiento de una gran coordinación mundial de movimientos en 1998, con el nacimiento de asambleas, grupos de trabajos y organizaciones como ATTAC, un movimiento internacional altermundialista con origen en Francia y el objetivo de exigir el control democrático de los mercados financieros y promover alternativas sociales, ecológicas y democráticas.

Así comenzaron las primeras contracumbres centradas en organizaciones como el Banco Mundial, el G20 o el Fondo Monetario Internacional, que conseguían reunir a cientos de miles de personas. Sin embargo, el pistoletazo de salida real ocurrió en 1999 cuando una movilización plural consiguió bloquear la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle, demostrando el poder que podía alcanzar el recién nacido movimiento antiglobalización o altermundista.

“Fue el movimiento social más importante de aquella época”, recuerda Raúl Camargo, activista de la organización Anticapitalista en conversación con infoLibre, que en esos años participó de forma activa en este movimiento. “Organizábamos viajes a las contracumbres, charlas, debates y actividades en las universidades, que era donde entonces militábamos”, relata y añade que “la culminación de todo aquello fue la contracumbre de Génova de 2001” donde se celebró la reunión de líderes del G8.

 Más de 700 organizaciones reunieron a unas 200.000 personas en una ciudad totalmente sitiada por los carabinieri durante el fin de semana del 19 al 21 de julio. “Cuando llegamos a Génova parecía un escenario de guerra”, describe Camargo, que viajó en uno de los dos autobuses que salieron desde Madrid. En el otro se encontraba Miguel Urbán, activista y uno de los fundadores de Podemos, que considera este punto como “un antes y un después” en el movimiento antiglobalización. “En ese momento éramos pequeños grupos, pero cuando nos reuníamos en una ciudad éramos miles de personas llevando a cabo acciones muy simbólicas: desobediencia civil, bloqueos y enfrentamientos con la policía”, explica Urbán.

La represión policial en Génova fue brutal y más de 600 personas resultaron heridas, pero la noticia que se quedó grabada fue el asesinato del activista italiano Carlo Guliani tras recibir el disparo de un agente. “Después de horas respirando gases lacrimógenos y sufriendo una violencia policial que no habíamos visto nunca, la muerte de Giuliani provocó un auténtico pánico”, describe Urbán, que les obligó a escapar de forma precipitada de la ciudad, teniendo que abandonar a dos compañeros, con los que se reunieron fuera de la ciudad. “Muchos compañeros necesitaron tratamiento psicológico por el impacto de lo que vivieron”.

Este miedo fue una de las principales razones por las que el movimiento quedó debilitado, pero no fue la única. Por una parte, faltó una “estructura organizativa permanente”, ya que “existían grandes movilizaciones y manifiestos muy elaborados, pero no una herramienta capaz de coordinar esas propuestas internacionalmente y convertirlas en programas políticos o sociales con capacidad de aplicarse en cada país”, explica Camargo. Por otra parte, también quedó claro que “no basta con la movilización social, que si quieres transformar la sociedad necesitas también disputar el poder político”, lo que acabó generando “desafección y debilitando a quienes pretendían transformar el sistema”.

Sin embargo, ni Camargo ni Urbán, consideran que este gran movimiento fuera en vano y si permitió grandes cambios. En Italia, aunque no fue un proceso rápido, los sucesos de Génova fueron la primera piedra en el debilitamiento de su presidente, Silvio Berlusconi, que acabó dimitiendo en 2011. Más directas fueron las consecuencias en España, ya que gracias al impulso de los Foros Europeos, nacidos del movimiento antiglobalización, se consiguió acabar con el gobierno de José María Aznar a través de las protestas contra la guerra de Irak. En Grecia, a partir de este movimiento nació el partido SYRIZA (Coalición de la Izquierda Radical), que acabaría ganando las elecciones en 2015.

“Lo que recibe menos cobertura no significa que esté menos vivo”

“Hubo un agotamiento del modelo de las contracumbres y una apuesta por formas más propositivas, ligadas a los foros sociales y a la territorialización de las luchas”, describe Urbán. “Hoy el movimiento ya no existe con el mismo formato que conocimos entonces, pero el internacionalismo sigue muy presente en muchos movimientos sociales. La solidaridad con Palestina es un buen ejemplo. Muchas de las formas de organización que vemos hoy recuerdan a las de aquella época con colectivos descentralizados, acciones coordinadas sin una dirección única y una causa compartida que articula la movilización”, agrega.

“Los programas que salían del Foro Social Mundial y de los Foros Sociales Europeos planteaban medidas muy ambiciosas: la anulación de la deuda ilegítima, unas relaciones internacionales basadas en la cooperación y la justicia social, el control democrático de los bancos o la nacionalización de sectores estratégicos. Eran propuestas muy concretas y, en muchos aspectos, siguen teniendo plena actualidad. El problema no eran las propuestas, sino la falta de una herramienta capaz de convertir esos manifiestos en políticas reales” detalla Camargo.

Sin embargo, aunque a día de hoy estos movimientos no llenan portadas de periódicos o arranques en los telediarios, siguen existiendo y manteniendo una fuerza importante de movilización. “Es menos visible que en la época de las grandes movilizaciones contra las cumbres internacionales, pero lo que recibe menos cobertura mediática no significa necesariamente que esté menos vivo”, describe Jane-Léonie Bellay, activista francesa de la organización ATTAC, a este periódico.

Bellay fue una de las 20.000 personas que a mediados de junio de este año participaron en las protestas contra la reunión del G7 en Ginebra, bajo el lema No G7. “Nuestro primer mensaje fue que los movimientos altermundialistas siguen presentes. Frente al G7 y al mundo que representa, queríamos recordar la importancia de unirnos, de construir solidaridades internacionales y de rechazar la idea de que las crisis actuales son independientes unas de otras”, describe.

Esta concentración, que acabó con 549 personas arrestadas, de las que 28 acabaron siendo detenidas y en dependencias policiales, se inscribe de forma totalmente orgánica en las orientaciones que ATTAC adoptó colectivamente cuando nació en 1998, según explica la activista, que no son otras que “dar vida al altermundialismo, fortalecer las solidaridades internacionales, construir amplias coaliciones y permitir que los activistas se involucren en las movilizaciones”.

“A principios de la década de 2000, el movimiento altermundialista se construyó en torno a la crítica a la globalización neoliberal, al FMI, al Banco Mundial, a la OMC, a los tratados de libre comercio, a las políticas de ajuste estructural y al poder de las finanzas”, explica y agrega que “estas luchas siguen siendo totalmente actuales. Estas instituciones y estos acuerdos continúan impulsando una globalización en la que los derechos de los inversionistas y las multinacionales se anteponen, con demasiada frecuencia, a los derechos sociales, la soberanía alimentaria, los servicios públicos, la protección de la vida y la capacidad de los pueblos para decidir su futuro”.

Estas crisis se han agravado con el tiempo, lo que ha llevado a un entrelazamiento y que el altermundismo acabe impregnando una multitud de luchas: justicia ecológica, justicia social, justicia climática, defensa de los servicios públicos, defensa de los bienes comunes de la humanidad, luchas campesinas, feministas, sindicales, antirracistas, descoloniales, solidaridad con los pueblos, lucha contra las fronteras mortíferas y resistencia frente al poder de las multinacionales.

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El No G7 solo ha sido uno de los eslabones en está lucha que la activista describe como viva. “Forma parte de una secuencia internacional más amplia que incluye la contracumbre de los pueblos organizada en Belém durante la COP30, la Conferencia Internacional Antifascista y por la Soberanía de los Pueblos de Porto Alegre y el Foro Social Mundial que se llevará a cabo en Cotonú en agosto de 2026”, relata. “Desde Belém hasta Porto Alegre, desde Ginebra hasta Cotonú, hay un mismo hilo conductor: fortalecer los lazos entre los pueblos, construir resistencias comunes, propiciar el diálogo entre los movimientos sociales y generar alternativas”.

Bellay considera que “el simple hecho de encontrarnos, debatir, crear lo común y construir solidaridades ya es una forma de resistir a un sistema que busca poner en competencia a las personas, los pueblos y los territorios. Cada vez que un colectivo se niega a que se sacrifiquen la salud, la naturaleza, las culturas, los lazos sociales o el bienestar en nombre de las ganancias, algo cambia”.

“El hilo conductor del altermundialismo sigue latente a pesar de su invisibilidad en los medios. Lo que hemos visto en Ginebra, al igual que en numerosas movilizaciones en todo el mundo, son terrenos fértiles para construir sociedades capaces de preservar la vida, la dignidad humana y la pluralidad de los mundos frente a un sistema dominante que, con demasiada frecuencia, convierte a los territorios, a los pueblos y a todo lo vivo en variables de ajuste”, concluye.

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