Desigualdad
El verano agrava las desigualdades educativas y sociales en los menores en situación de vulnerabilidad
Mientras unos niños pasan sus vacaciones de verano entre campamentos, actividades deportivas, viajes o cursos de idiomas, otros viven estos tres meses solos en casa, frente a una pantalla y sin apenas alternativas de ocio. En España, el 33,8% de los menores está en riesgo de pobreza o exclusión social y alrededor de 2,6 millones, uno de cada tres, no pueden disfrutar siquiera de una semana de vacaciones al año, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), lo que hace que la época estival se convierta en un catalizador más de la brecha educativa entre las diferentes clases socioeconómicas.
“El verano profundiza mucho las desigualdades que ya existían. Durante el curso, la escuela ofrece algunos mecanismos compensatorios, aunque insuficientes, para paliar las carencias más graves, pero cuando llegan las vacaciones y desaparece esa red de apoyo, esas desigualdades se agravan de forma muy importante”, explica a infoLibre Ricardo Ibarra, presidente de Plataforma de Infancia. Pilar Orenes, presidenta de Educo —una ONG especializada en temas de educación—, coincide en que “el reto está en que no todos los niños tienen las mismas oportunidades”.
En 2021 dos investigadores de Estados Unidos, Allison Atteberry y Andrew McEachin, publicaron en American Educational Research Journal el estudio Schools Out: The Role of Summers in Understanding Achievement Disparities, que analizó los resultados de cerca de 18 millones de estudiantes de los 50 estados entre 2008 y 2016. Su conclusión fue que entre un 20% y un 30% del aprendizaje adquirido durante el curso se pierde durante las vacaciones de verano, especialmente en matemáticas.
Sin embargo, el foco de este problema no debe ponerse solamente en el parón del aprendizaje convencional durante el verano, ya que los tiempos de descanso son casi igual de importantes en el desarrollo de los menores. “Las vacaciones son una estupenda oportunidad para aprender de otra manera. La educación es un derecho que hay que asegurar y que es clave para reducir la pobreza, pero entendida en un sentido amplio, porque no solo transcurre en el aula”, explica Orenes.
La responsable de Educo insiste en que las vacaciones permiten desarrollar competencias que difícilmente se adquieren en el entorno escolar. “En verano los niños y las niñas se relacionan de otra manera, juegan al aire libre, resuelven conflictos, se aburren, pasan muchas cosas diferentes que también son claves para su desarrollo. Pueden terminar el verano dando un salto cualitativo en su aprendizaje. El reto está en que no todos tienen las mismas oportunidades”, denuncia.
“Nuestra petición es que existan actividades de verano gratuitas para todos los niños y niñas. Si todo el ocio es de pago, se tensiona todavía más la situación de las familias con menos recursos”, indica Orenes.
Según un informe publicado este año por Educo, unos 120.000 niños de entre 6 y 10 años permanecen solos en casa durante gran parte del verano porque sus padres no pueden acompañarlos por motivos laborales y no pueden permitirse otro tipo de actividades. “Todo el potencial que tiene esta etapa para relacionarse con otros niños se pierde. Las habilidades de comunicación, convivencia o resolución de conflictos se desarrollan en contacto con otras personas y, cuando un niño permanece aislado, puede producirse un retroceso en ese aprendizaje”, afirma Orenes.
Ibarra advierte de que ese aislamiento tiene consecuencias que van mucho más allá del tiempo de ocio. “Los niños que pasan gran parte del verano únicamente con estímulos digitales ven afectadas sus habilidades cognitivas y comunicativas porque pierden espacios de socialización con otros niños y con adultos. Además, llevan una vida más sedentaria y, cuando vuelven al colegio en septiembre, también tienen muchas menos experiencias que compartir con sus compañeros, lo que puede profundizar la sensación de exclusión que ya sufrían durante el curso”, explica.
Otro de los aspectos en los que ponen el foco las organizaciones sociales es la alimentación. “El comedor escolar es una herramienta clave para reducir desigualdades. No solo garantiza una comida diaria, sino que también es un espacio educativo donde los niños conviven, aprenden hábitos saludables y desarrollan habilidades sociales”, sostiene Orenes, que relata que este año más de un millón de niños se quedarán sin las becas comedor que reciben durante los meses que acuden al colegio.
La relación entre alimentación y aprendizaje está ampliamente documentada. Nutrientes como los ácidos grasos omega-3, el hierro, el zinc o las vitaminas del grupo B desempeñan un papel esencial en el desarrollo cerebral. Un déficit de estos nutrientes puede traducirse en problemas de atención, memoria y capacidad para resolver problemas, afectando directamente al rendimiento escolar.
En esta línea, Plataforma de Infancia alerta además de que unos 450.000 menores en España no pueden acceder a carne o pescado al menos cada dos días. “Cuando termina el curso escolar, la calidad de la alimentación empeora todavía más porque dejan de tener acceso al comedor escolar. Son niños que tienen más dificultades para concentrarse en clase porque no reciben una alimentación adecuada desde el comienzo del día o presentan carencias nutricionales”, señala Ibarra.
Las diferencias educativas entre clases socioeconómicas
De esta manera, el verano se convierte en un período en que las “carencias se profundizan y las diferencias entre unos niños y otros se hacen todavía mayores”, advierte Ibarra, en un sistema en el que todavía existe una gran brecha entre las diferentes clases sociales. Según el informe PISA 2022 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los estudiantes españoles pertenecientes al 25% de familias con mayor nivel socioeconómico obtienen, de media, 86 puntos más en matemáticas, 83 puntos más en comprensión lectora y 78 puntos más en ciencias que los alumnos del 25% de hogares más desfavorecidos. La diferencia equivale aproximadamente a dos cursos escolares de aprendizaje.
A esa brecha se suma una realidad cada vez más presente en España y es el protagonismo que están ganando las clases particulares en el proceso educativo. Según el estudio La educación en la sombra en la península ibérica, elaborado por el Observatorio Social de la Fundación "la Caixa", uno de cada cuatro estudiantes españoles recibe clases particulares. El gasto de las familias en este tipo de apoyo pasó de 1.691 millones de euros en el curso 2019-2020 a 2.782 millones en 2023-2024, un incremento del 65% en términos nominales.
Además, las familias que declaran una situación económica holgada gastan un 18% más en clases particulares que aquellas que afirman tener dificultades para llegar a fin de mes. La asistencia también es ligeramente mayor entre los hogares más acomodados: un 25,6% de sus hijos recibe este tipo de apoyo frente al 23,1% de los estudiantes de familias con una economía más ajustada.
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Para Orenes, sin embargo, el problema no son las clases particulares en sí, sino que se conviertan en un requisito para acceder a una educación de calidad. “Cuando la educación pública no dispone de todos los recursos necesarios, las familias tienen que complementarla con actividades que deben pagar de su bolsillo. El desarrollo y el aprendizaje de un niño no pueden depender de la situación económica de su familia. La educación reduce la pobreza y la desigualdad, pero solo si se garantiza en igualdad de condiciones para todos”, denuncia.
Por ello, las organizaciones sociales insisten en que el objetivo no es llenar el verano de clases, sino garantizar que todos los niños puedan disfrutar de experiencias enriquecedoras con independencia de la renta familiar. Educo propone que todos los menores en situación de vulnerabilidad puedan acceder al menos durante quince días a actividades de verano gratuitas que incluyan una comida completa y nutritiva cada día.
Ibarra coincide en que la solución pasa por reforzar el apoyo público. “Las administraciones deben facilitar becas, actividades e instalaciones para que ningún niño quede fuera por motivos económicos. Lo importante es que sean programas abiertos a toda la infancia, sin estigmatizar a quienes más lo necesitan. España ya dispone de una amplia oferta, el reto es garantizar que las familias que no pueden permitírselo, reciban el apoyo necesario para que sus hijos también puedan participar”, concluye.