El incordio de Juan Ramón Jiménez

Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, recién casados.

“Pero nada es suficiente cuando sé que, para conseguirlo, rogué”. Zenobia Camprubí nunca escribió esta frase, que pertenece a una de las últimas canciones de Olivia Rodrigo. Sin embargo, sí que dejó escrito en la entrada de su diario el 3 de mayo de 1938: “Todas estas cosas que yo hubiera aceptado con agradecimiento de habérsele ocurrido a él originalmente, solo las puedo tomar ahora con una sonrisa forzada, después de catorce meses de vivir reprimida y como premio para consuelo del perdedor”. (I: 198)

El último de los trabajos de Zenobia Camprubí fue el más difícil y comprometido de todos, como recogen los tres tomos de sus diarios escritos entre 1937, al inicio del exilio al que parte junto a Juan Ramón, y 1956, año en que su escritura se detiene solo un mes antes de fallecer. Entre las innumerables visitas al dentista y el exhaustivo archivo de conocidos a los que ha escrito alguna carta, entre visitas al sastre y citas para desayunar o cenar con este o aquel, no deja de sonar una y otra vez en sus diarios la misma nota discordante: Juan Ramón Jiménez

Es innegable que Juan Ramón apagó la vida social de Zenobia, y la suya propia, y del mismo modo, es indudable que revivió su escritura. Consigue que la mujer que asegura escribir los diarios “sin intención de expresar lo mío” pronuncie una confesión, aunque a medias, del verdadero desafío que fue su matrimonio. Ningún crítico ni académico se atreverá a cuestionar que Zenobia y Juan Ramón se quisieron durante más de 40 años, pero si incluso el mismo escritor le reconocía a Zenobia: “¡Y cómo te merecí / yo no puedo comprenderlo!”, quizá es momento de subrayar lo que ninguno de los dos pudo esconder en su escritura: su amor fue también un tormento.

Para Zenobia, ella y Juan Ramón eran verdaderamente dos ríos que iban al mismo mar, las dos personas sobre la faz de la tierra más opuestas en carácter, temperamento y formas de entender la vida transformándose en una sola por amor. El carácter sociable, activo, curioso, irrefrenable de Zenobia, contenido por el mínimo gesto de lamento de Juan Ramón, aquejado por sus manías y rarezas, nostálgico de su hogar, meditabundo y testarudo. Todo aquello que lo distingue de ella le hace quererlo y al mismo tiempo aborrecerlo en silencio: la incurable obsesión con la utilidad que presenta Zenobia en una lucha constante con la ociosidad intratable que consumía a Juan Ramón en las épocas más tristes de su enfermedad. El inicio de una “dependencia espantosa” de la que nunca pudieron liberarse.

Sacrificio y sacrificados

Juan Ramón era Zenobia y Zenobia era Juan Ramón. Zenobia no solo trabajaba con el poeta o para él, lo que ha quedado más que probado en la historia, Zenobia pensaba por Juan Ramón. Es ella quien llevaba el peso de la vida familiar, social y profesional de ambos: se ocupaba de conseguir nuevos contratos y oportunidades editoriales, se preocupaba por mantener los lazos con amigos y colegas literarios cuando Juan Ramón no podía, o no quería, y asumía la responsabilidad de gestionar la economía de la pareja para poder subsistir. Y, por otro lado, la vida en su significado más amplio: era Zenobia quien pensaba en el futuro y tomaba las decisiones del presente. En estos diarios los papeles se han repartido claramente: Zenobia es quien se sacrifica en todos los actos, Juan Ramón quien aplaude en todos los descansos, y la relación de ambos es en muchos casos lo sacrificado: “Si sacrifico algo con un fin –escribe el 20 de mayo de 1938–, estoy muy poco satisfecha de desperdiciar la oportunidad, ahora que no tengo nada que hacer aquí, de hacer algunas cosas que he querido hacer en los EEUU desde hace tanto, solo para que Juan Ramón malgaste el tiempo hablando hora tras hora con toda esta gente aburrida del hotel”.  

La sensación de renuncia es continua en los tres tomos, e incluso llega a significar priorizar la salud del ser querido a la propia. Se comprenden mejor las entradas del 26 y del 27 de diciembre de 1937 si se leen de forma conjunta: “el primer deseo y el más ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia. Si no pesaran sobre mí tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona”. Aunque al día siguiente sabe que “nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca. Por otra parte, si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera. A veces estoy harta de todo, y creo que ya que vivimos solo una vez es demasiado no poder vivir la propia vida”. 

La propia vida se deshace para poder construir con las ruinas la del otro. Sumida en este rol de cuidadora, Zenobia trazó una serie de engaños y amenazas con la única intención de despertar el ánimo de Juan Ramón, de provocar una reacción de alarma en él. Un portazo que lejos de ser el adiós definitivo era un grito de auxilio, el recordatorio de que seguía allí, con él. De que siempre lo estaba, o casi siempre. El 8 de abril de 1955 Zenobia va al límite “porque me ha prometido por teléfono antes de mi regreso, que estaba de acuerdo con los tres puntos de mi carta, porque ha tenido una reacción muy fuerte al enterarse por mi carta que yo me había ido y que solo volvería si él aceptaba mis condiciones”. O el 14 de febrero de 1956 inventa nuevas estrategias: “Se dejó pelar gracias a mi método duro que inauguré esta semana. Le aseguré que haríamos una vida completamente independiente, que él haría lo que le diera la gana y yo también”. 

Un empezar y dejar a medias las maletas, interrumpir la vida constantemente porque estaba convencida de que, si ella “estuviera ausente más tiempo, sería mejor”. Y, en consecuencia, cuando los mil intentos se acababan vistiendo de fracaso, una y otra vez, la culpa: “Yo tengo la culpa de que no vaya bien siempre, porque no domino mi paz interior y no puedo esparcir paz a mi alrededor cuando no la tengo dentro”. Zenobia, como Juan Ramón, no era la culpable, pero se sabía responsable y no pretendía disimularlo en sus diarios: “Ayer por la noche, J.R. y yo tuvimos una pelea. Comenzó con una de sus ideas absurdas, que fue la gota que derramó el vaso, así que me dio una de mis grandes cóleras, llena de justa indignación y le dije que me iba a visitar a mi familia indefinidamente”. 

Rayos y truenos

Los años, en lugar de templarles, como suspiraba ocasionalmente en el segundo tomo de su diario, volvieron las pausas entre los relámpagos todavía más cortas. Si Juan Ramón era el rayo: “Sus salidas intempestivas sin explicación. Yo acababa de conseguir que se dejara pelar la cabeza y barba por primera vez en un mes [...] no sin que antes montara en cólera y me estrujase con rabia un brazo”, Zenobia era el trueno: “Un día durísimo con que he perdido los estribos porque J.R. consiguió hacerme saltar los nervios, con lo que di un golpe tan formidable en la mesa que se ha volcado mi vaso de leche y se ha regado hasta por el suelo. Estaba arrepentida hasta ver el buen efecto que había tenido en J.R.”.

Y a veces, la calma o el perdón, como el 28 de agosto de 1955: “Parece estarle dando vueltas a lo desgraciada que me ha hecho con sus enfermedades, las analiza y las sitúa”, en el fondo porque “el pobre es tan bueno que, en medio de su ansiedad extrema, me pide perdón por las molestias y las inquietudes que me causa”. Y entonces, en la eterna partida de ajedrez le toca el turno a Zenobia: “y luego estoy tan triste por haberle hablado fuerte delante de la gente. Él siempre tan dulce que no contesta mal nunca, y yo me destrozo porque lo quiero más que a nada en el mundo”. Por eso a veces todo se soluciona hablando “mucho tiempo, disfrutando el uno del otro y escuchándonos el uno al otro”, sabiendo que “solo se perdieron el camino” y que solo importa en realidad estar “juntos en cualquier parte”, sobre todo cuando “uno se da cuenta de que le va ya quedando poco de estar juntos”.

Quizá no pueda decirse que Zenobia fue “estropeada por un mal matrimonio”, como ella señalaba de otras mujeres, pero tampoco puede sostenerse que era “dueña de su propia vida”, no al menos completamente, no mientras vivía inmersa en “la atmósfera de lucha con J.R.” que le “perturbaba la vida entera”. Tal vez si ella no encontró nunca el “sentido” que tenía “permitirle acabar con su existencia”, sea una pregunta que merece memoria y no respuesta. 

Es fácil imaginar a Zenobia leyendo estas líneas con expresión molesta, un periódico menos que almacenar en la pequeña habitación del hotel en Cuba. Quizá incluso las leería en alto para Juan Ramón. ¿Y nosotros? Nosotros leemos atrapados en esos viejos cuadernos “la relación de los dos”, que es como lo dice Zenobia Camprubí.

*Laia Arcusa es graduada en Filología Hispánica.

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