Cómicos de la legua

El rey emérito Juan Carlos I.

Metido en un Seat León, don Juan Carlos atraviesa España. A primera hora ha abandonado su particular villa Giralda: el primoroso motel Doña Dolores, en el kilómetro 86 de la Nacional Cuarta. ¿Destino? La famosa paella de chez Arévalo. El humorista ha reunido a la cuadrilla: Bertín el bravo, el más feo de los hermanos Rivera Ordóñez, dos o tres camisas viejas, Joaquín el del Betis (que cuenta unos chistes buenísimos), el rubio de Cruz y Raya y un volquete de jamelgas para alegrar la vista.

Su majestad parece entusiasmado. Charla animadamente con la infanta Elena, que pregunta si la paella es eso que se hace con arroz. Nos acercamos al chalé y vemos que el simpático humorista ha izado el pabellón real en señal de bienvenida. Don Juan Carlos se siente en casa. La infanta, llevándome aparte y señalando el banderón, me pregunta cómo hemos llegado a Canadá por carretera.

En la finca, todo es alegría y camisas a medio abotonar. El anfitrión sale a saludar ataviado con uno de esos delantales que tienen dibujado un cuerpo apolíneo. ¡Festival del humor! Don Juan Carlos lo abraza y la cabeza del cómico se espachurra contra el ombligo real. Problemillas con la escala. Se desata una orgía de colesterol en el villorrio valenciano: morcillas fritas, jamón a diestro y siniestro, huevos fritos y longanizas de todo pelaje. Bertín ha traído picos, salmorejo y latas de atún etiquetadas con su cara. Cada cinco minutos, el showman repite: "Esto no se lo dan a usted en los emiratos, ¿eh?". Todos ríen. Lo que es gracioso una vez, puede serlo cincuenta y siete. En ocasiones alternas, el diestro convidado afirma con solemnidad: "Como en España no se come en ningún lado".

Por fin salió el cocinero pequeñín con un paellón gigante. Todos alaban su maestría en el fogón y se sorprenden de que no se haya quemado las cejas. Mientras sirven el almuerzo, la infanta pide una ración pequeña, porque no le entusiasman las lentejas. Corre el jerez y el patriotismo. Bertín se ha acercado a la gramola y ha puesto una de sus inmortales baladas, para regocijo de la audiencia. "Buenas noches, señora, buenas noches señoraaa…". Los heroicos comensales ponen al emérito al tanto de las fechorías bolcheviques que asolan el reino desde que el valedor de todas las libertades abandonase la patria. "Ahora los piropos son machistas", se queja Juan Muñoz con los ojos brillantitos. Don Juan Carlos menea la cabeza con preocupación. "Uno no puede hacerse fotos con banderas fascistas sin que lo llamen fascista", puntualiza el torero. Usa la misma palabra dos veces en la frase porque es un gran orador. "Entonces", pregunta el rey, "¿qué ha pasado con los chistes de maricas y gangosos?".

Una pena hondísima se apoderó de la concurrencia. Se hizo el silencio y todos vieron como una lágrima bajaba por la horrenda perilla de Arévalo. En este momento, su majestad golpeó la mesa y dijo con voz profunda: "¡No mientras viva!". En la otra punta de la mesa, Joaquín pega un brinco: "Dicen que iba un bujarrón tartamudo…".

Durante horas, se suceden los chascarrillos más denigrantes que han visto los siglos. Haría falta un Núremberg del humor para aclarar las responsabilidades de lo que se dijo allí. Todos reían como posesos y a alguno se le escapó el gintonic por las narices. En ese momento, me dispuse a hacer mutis. Mientras caminaba hacia la salida, escuché que alguien decía: "Con Franco teníamos más libertad".

La madre que los parió.

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