Implosión y desplome
La implosión del Gobierno es ya una evidencia. No ha ocurrido a raíz de lo de Ceuta sino que es el final de un proceso originado por la imposibilidad de gobernar con una normalidad mínima desde hace al menos un par de años. Utilizo el término implosión porque en el presente desaguisado han intervenido los problemas internos tanto o más que los provenientes del exterior. Estos últimos son bien conocidos: filibusterismo incesante, acoso permanente desde instancias políticas y judiciales muy visibles, lawfare, utilización sectaria del Senado, actividad de la extrema derecha en la calle e infiltración en las fuerzas de seguridad, etc. Pero a esto hay que añadir la inmadurez de un gabinete agravada por la existencia de ministros que inexplicablemente han sobrevivido durante toda la legislatura dando bandazos incomprensibles o creando problemas donde no los había. El grupo de ineptos, y en esto parece que hay consenso, estaría encabezado por la ministra de la guerra y el juez escurridizo, junto a los cuales se alinearían otros y otras con un desempeño tan anodino que ni siquiera recordamos sus nombres. Y por si fuera poco, llegó el vendaval de la corrupción que se ha llevado por delante a miembros destacados del grupo socialista; en tanto que todo esto ocurría, la oposición, madre de todas las corrupciones anteriores, con el final de la legislatura a la vista, llega a este punto sin haber demostrado otra cosa que un obstruccionismo permanente al Gobierno de coalición porque, fiel a la concepción patrimonial del Estado que caracteriza a la derecha española, ha considerado desde un principio que el Gobierno es un intruso al que hay que desalojar del poder aunque sea a costa de echarse en brazos del fascismo rampante de Vox que tal vez acabe por fagocitarlo.
Los errores gubernamentales, salvo en los terrenos de la macroeconomía, han sido de bulto y en gran parte deben achacarse a la falta de decisión para tomar algunas decisiones arriesgadas que eran necesarias y sí fueron detectadas, aunque no seguidas, por los partidos minoritarios de la coalición que pudieron apuntarse algún relativo éxito. Me refiero, con todas sus limitaciones, a la reforma laboral que se debió casi exclusivamente a la firmeza en la negociación con la patronal y al apoyo de los sindicatos. Otras veces hubo equivocaciones clamorosas. Una de las últimas fue la entrega del Sahara Occidental que solo se explica por la política genuflexa demostrada ante el monarca alauita, actitud que llevará con el tiempo a la incorporación de Ceuta o Melilla a Marruecos. ¿O alguien duda que la actual “invasión” forma parte de una secuencia cuyo fin último es la expansión territorial marroquí? Y si algún insensato propugna un conflicto bélico como medio para mantener el statu quo actual, que haga memoria y recuerde que jamás hemos ganado nada por la fuerza a Marruecos, salvo con la ayuda francesa. Cualquiera que conozca medianamente a los marroquís, rifeños o no, sabe el peso que El Barranco del Lobo, Annual y Abdel-Krim siguen teniendo en la memoria histórica de nuestros vecinos del sur. En un conflicto con Marruecos estaríamos solos y divididos. Aunque los rifeños no son árabes, sino bereberes y opuestos a la monarquía alauita, en la anexión de Ceuta y Melilla todo el país está fuertemente unido. Las relaciones con Marruecos son la consecuencia lógica del proceder de los gobiernos españoles. Marruecos nos vende judías, naranjas y tomates y los agricultores españoles se quejan. Sin embargo, visto desde un punto de vista más cínico, los españoles deberíamos sentirnos contentos porque España ha cuadruplicado la venta de armas a Marruecos en los últimos 10 años y eso es un negocio estupendo. Lo malo es que tales armas sirven para reforzar al ejército marroquí, que de ese modo puede defenderse mejor de las resistencias internas y permitir la permanencia en el poder despótico a los monarcas alauitas que usurpan el territorio de los saharauis de la RASD. Por tanto, todo está en su lugar.
Dilatar el desplome puede provocar, además del descalabro electoral, una crisis moral que se llevará por delante una gran parte de las señas de identidad históricas de la socialdemocracia
Volviendo al territorio patrio, el daño que está haciendo Sánchez a su partido con su defensa numantina del enclave monclovita se comprobará en breve. Algunas cosas fueron bellas mientras duraron. Dilatar el desplome puede provocar, además del descalabro electoral, una crisis moral que se llevará por delante una gran parte de las señas de identidad históricas de la socialdemocracia, como ya ocurrió en su momento en Francia, Alemania e Italia.
Hace un tiempo me permití pronosticar, sin una pizca de ironía, que la ministra de Trabajo y vicepresidenta intensamente segunda del Gobierno tenía capacidad más que sobrada para aspirar a la presidencia de la OIT, y ya está todo bien encaminado. Sánchez se ha ganado fuera de su país una imagen de resistente antitrumpista que en el futuro puede rentabilizar. Es innegable que en la política europea puede jugar un gran papel. ¿Por qué no, el puesto de Úrsula, que lo deja en el 2029? O en su defecto, presidente del Consejo Europeo. Aunque habría que descabalgar a António Costa y ese es más difícil de roer, pero más difícil fue lo del Peugeot. Lo que es seguro es que al paro no irá y esperamos que no líe con asuntos de joyería.
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Francisco José Faraldo es socio de infoLibre.