O conmigo o contra mí
En la historia de las guerras, la información objetiva brilla por su ausencia. Se ganan o se pierden con dos tipos de armas: las que matan y la desinformación que ayuda a matar. Siempre fue así, desde que un poder se quiere imponer a otro. No se admiten campos neutrales. Uno de los contendientes intentará trasmitir sus noticias —que no información—, pagará por ello, impondrá sus normas y se terminó la cuestión. O conmigo o contra mí.
Pero esta lógica no se limita a los campos de batalla, sino que infiltra en el día a día de la política con la que convivimos y complica la res pública. La lucha por el poder sin ética ni principios puede arruinar a todo un país. Lo estamos viendo en el conflicto de Ucrania o en Palestina. La información es contradictoria dependiendo de las fuentes. Las noticias bailan al son del más fuerte.
En la política mundial, y también en nuestra política diaria, pasa algo similar. Hay un conflicto abierto. Se palpa ese afán del Ejecutivo por gobernar, con unas alianzas que le otorga la mayoría —es su obligación—, frente a una oposición que, peligrosamente, no quiere aceptar la derrota. Es aquí cuando surge el problema: cuando no se aceptan las reglas de juego y las mentiras, los insultos, las medias verdades o, lo que es peor, la ausencia de ética sustituyen a la dialéctica política.
La consecuencia más grave es que falla el ejemplo que la buena política tiene la obligación de trasmitir a la ciudadanía. Sin duda alguna, ese fue el gran fallo de la Transición: no hubo suficiente pedagogía política sobre lo que significa la democracia, que está muy lejos de consistir simplemente en cambiar de chaqueta.
La lucha por el poder sin ética ni principios puede arruinar a todo un país
La amnistía catalana, los pactos con el nacionalismo vasco, la gestión de la pandemia, la tragedia ferroviaria en Adamuz o, más recientemente, la entrada masiva de migrantes a Ceuta son utilizados por la oposición al Ejecutivo como armas arrojadizas para dividir a la población, recurriendo con frecuencia a sentimientos patrioteros que enrarecen la política y enfrentan a los ciudadanos.
Pero lo que está ocurriendo en el mundo con falsos líderes populistas alejados de toda ética, que se extienden como una peste y contaminan incluso nuestro país, encuentra también reflejo en la alianza de Feijóo y Vox. Es la actitud del mal deportista que no acepta la derrota, reclama faltas inexistentes o culpa al arbitro.
Es aquí cuando el papel del árbitro, la Justicia, es fundamental. Pero, si hay sospechas de que el árbitro está comprado o, lo que es más grave, el perdedor no acepta las reglas del juego, se crea un campo abonado para que empiece la violencia. El ciudadano es sustituido por el hooligan y hay peligro de trasformar un debate político lógico en una tragedia. Grave irresponsabilidad.
Se denuncia la utilización de la Justicia para bloquear al Ejecutivo y, al mismo tiempo, voces conservadoras estimuladas por la ultraderecha, ponen en duda órganos institucionales que no aprueban sus consignas. Una mala encrucijada que obliga a las fuerzas democráticas a estar atentas.
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Eduardo Vázquez Martul es socio de infoLibre