Política y policía
Hace ya muchos años, nos contó un compañero que en el colegio donde él trabajaba había dos hermanos, de familia numerosa, que eran poco disciplinados y que, además, se pasaban más de tres pueblos, porque llegaban a provocar a algún que otro compañero, sobre todo de los más templados. La verdad es que no se atrevían con todos para no salir perdiendo.
Su estrategia era muy simple. Cuando encontraban a un compañero con el que poder demostrar su valía y superioridad, lo provocaban aprovechando cualquier minucia que pudiera surgir entre ellos. Cuando el compañero contestaba a la agresión, a renglón seguido le daban un enorme cabezazo en toda la nariz, que inmediatamente comenzaba a sangrar. La víctima quedaba en una indefensión absoluta. De esta manera tenían a todos los compañeros controlados y ellos sacaban cuello como los gallitos de un corral.
En los estudios, estos chicos no daban pie con bola y hasta necesitaban apoyo educativo. Con el tiempo, nos enteramos que uno de ellos dio con sus huesos en la cárcel, donde pasó bastante tiempo. No sabemos qué fue de ellos ni si alguno llegó a policía o a político.
Esta coincidencia verbal de estas dos últimas palabras nos ha dado pie para poder pensar que el “gobierno de la ciudad” se podría compaginar con algo “bello” por aquella dimensión castrense que aprendimos en la mili obligatoria, donde policía se relacionaba con la limpieza y orden en los campamentos y cuarteles.
Por otro lado, sabemos que hay unos señores en la política y la policía, —gracias a dios no son todos, como hemos podido comprobar en estos días de parlamentos y manifestaciones públicas— que ignoran esta coincidencia de nuestro lenguaje, que aproxima la ciudadanía de la polis a la belleza y al orden.
La libertad de todos es asunto de todos y no puede ser delegada en nadie ni en nada, ni por conformismo ni por violencia, pero tampoco por leyes conservadoras que justifican cualquier violencia
Es más, cuando éramos estudiantes, teníamos, además de los textos de Formación Política y del Espíritu Nacional, otros que consagraban, por así decirlo, el buen comportamiento hasta a la hora de comer, como era el de Urbanidad cristiana, texto que parece hacer referencia al comportamiento en la ciudad y no en los antiguos pagos, dejados de la mano de dios y que siguieron con sus antiguas devociones femeninas, después cristianizadas como marianas
Con todos estos acercamientos al buen convivir, si tanto la política como la policía se encargan de sembrar el odio y van provocando a la ciudadanía, si hay religiones que son respaldadas tanto por los mercados como por los medios, esta sociedad no necesita de ningún culto político ni de ningún muro de las lamentaciones, cuando son los mismos quienes “han convertido el templo en una cueva de ladrones”. Son ellos, además, los que castigan al pueblo si sale a la calle, que es donde podemos encontrarnos por nuestra propia iniciativa y sin provocaciones despiadadas, aunque estas se disfracen de orden.
La libertad de todos es asunto de todos y no puede ser delegada en nadie ni en nada, ni por conformismo ni por violencia, pero tampoco por leyes conservadoras que justifican cualquier violencia, no solo la solapada, sino también la ejercida desde el poder. Son quienes vicariamente nos confunden y castigan para que aquí no se mueva nadie que no esté asociado a un circuito de "gimnasios", mientras los demás somos quienes verdaderamente nos quedamos "en cueros", desnudos, incapaces de lucir nuestra musculatura social, cultural y ética.
Por tanto, todos nos merecemos una educación pública, no terriblemente desconcertada, donde comienza la convivencia de todos con todos, sin supremacismos, incluso ingenuos, que nos aíslan cada vez más y que, a la postre, nos perjudica por la ignorancia no solo académica, sino social, que nos destruye como humanidad.
_____________________
José María Barrionuevo Gil es socio de infoLibre.