El fabuloso grabador que se convirtió en cafetera
Durante los confinamientos del covid, William Kentridge (Johannesburgo, 1955) se encerró en su estudio para discutir consigo mismo. "Cuando tenía tres años quería ser un elefante. Fracasé en ello. A los quince, quise volverme director de orquesta. Pero luego me dijeron que para poder ser director era necesario poder leer música. Así que me vi reducido a volverme un artista". A lo largo de los cuatro capítulos de Autorretrato como una cafetera (disponible en MUBI) el polifacético artista sudafricano se desdobla para entrevistarse, discutirse, enmendarse y hacerse víctima de sí mismo (los vídeos en los que se sabotea dibujándose escollos son encantadores) en el interior de su amplio y abarrotado taller, reconvertido en una suerte de espacio mental.
El planteamiento recuerda, por momentos, al comienzo del célebre cuento argentino: "Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas". "Uno podría hacer un autorretrato con todas las cosas que están dentro de uno. También con todas las cosas que uno ha dibujado, todas las que han salido de la mano y del brazo. Una piscina, una gaviota muerta, Frantz Fanon, el rey Leopoldo, la órbita de los planetas", dice uno de los Kentridges que salen en el segundo episodio. "Uno también podría hacer un autorretrato de aquello que no se ha dibujado", le responde otro. "El espacio vacío alrededor del ser, lleno con todo lo que no se ha registrado. Jamás he dibujado la hoja de una acedera. Jamás he dibujado un puercoespín. Jamás una gaita, el Sputnik, un tsunami, un neurocirujano".
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Podríamos preguntarnos cuántos de los elementos que aparecen en Tracing Time in Prints (2016-2025) [El trazo del tiempo en ediciones] pertenecen a una u otra categoría. La exposición, que puede visitarse hasta el 7 de marzo en la galería Bernal Espacio de Madrid, reúne una veintena de obras seriadas del citado artista, y lleva a gala ser su primera muestra individual en una galería española. Aunque se trate de un conjunto de estampaciones, sorprende ver la variedad de técnicas que se conciertan en esta pequeña exposición: litografía, punta seca, relieves cortados con láser, chine collé (una técnica consistente en estampar sobre un papel fijo que luego se fija sobre un soporte más resistente), collages o aguatintas con azúcar o café. A la heterogeneidad de los procedimientos le acompaña la de los motivos: personajes de gran gala con cabezas variopintas (rapaces, cafeteras, una rosa, esferas, grifos), bodegones de cacharrería dispar, un gato con la pelambrera erizada, un emperador a caballo, tijeras andarinas y ramilletes.
Instalados como una gran cenefa, el visitante de la exposición no puede más que asombrarse con la curiosa procesión de personajillos y bártulos desplegada a su alrededor. La sencillez del montaje (imagino que determinado por los torpes recovecos de la sala y la iluminación disponible) favorece no solo que tomemos este fabuloso guirigay como un conjunto más o menos coherente, sino que, al carecer de ornamentos o displays llamativos (de la necesidad, virtud), el espectador queda enfrentado a los admirables acabados de las obras, a la profundidad del negro, a la delicadeza de los detalles, a las sutilezas formales y, en suma, al conjunto de sensualidades materiales e iconográficas que se congregan en estos trabajos.
Saltando de estampa en estampa, uno no puede más que pasmarse con la fabulosa imaginación de Kentridge, con su sentido del humor y con esa mezcolanza bizarra, amable y tensa que es capaz de desplegar con innegable maestría. La exposición se completa con una serie de dioramas que remedan bustos de grandes próceres que coincidieron en Zúrich en 1916 (Emmy Hennings —cofundadora del Cabaret Voltaire—, James Joyce, Lenin, Hugo Ball y Tristan Tzara; a mi juicio, lo menos estimulante de la exposición) y con una obra de gran formato que reproduce una escena campestre. Un gran árbol, compuesto por doce hojas superpuestas formando un políptico, presidido por una filacteria donde se lee que "los dioses antiguos se han retirado". Un colofón enigmático para una muestra fascinante.