Blas Infante y las cunetas del andalucismo
“Lunático islamófilo”, “tarado”, “cretino”, “botarate” o “imbécil”, “falso padre de una inexistente patria” o “traidor y enemigo de España”.
He ahí algunos de los descalificativos con que, bien desde el revisionismo histórico o desde la derecha extrema y la extrema derecha, se han utilizado contra Blas Infante, aquel “pobre notario de pueblo”, como también le llamaron, que se convirtió en el principal adalid del andalucismo durante un periodo especialmente complejo de la historia española: el que siguió a la restauración monárquica, con la alternancia de lo mismo y la consolidación, como denunció Julio Anguita en su día, de un Estado que basculaba entre el centralismo madrileño y el poder económico y político de la burguesía vasca y catalana. Veinte años después del desastre del 98, con las secuelas de la guerra del Rif y en plena monarquía de Alfonso XIII, a las puertas de la dictadura de Primo de Rivera, concibió una teoría de Andalucía muy distinta a la que José Ortega y Gasset enunciara en 1927.
“Se mata a un hombre, pero no se puede matar una idea”, dejó escrito
Frente a otros nacionalismos ibéricos de la época, Infante –al que pocos han leído y muchos han usado su nombre en vano— no fija su prisma en los intereses de una burguesía andaluza apenas existente, o en una oligarquía a la que no interesaba nada la tierra que poseían ni los jornaleros a los que explotaba. Estos son algunos de los protagonistas o destinatarios de su corpus ideológico: “Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales; he presenciado cómo son repartidos entre los vecinos acomodados, para que éstos les otorguen una limosna de trabajo, tan sólo por fueros de caridad; los he contemplado en los cortijos, desarrollando una vida que se confunde con la de las bestias; les he visto dormir hacinados en las sucias gañanías, comer el negro pan de los esclavos, esponjado en el gazpacho mal oliente, y servido, como a manadas de siervos, en el dornillo común...”
Pero su discurso profundo no es sectario, sino abierto, bebe de las ideas de la no violencia que Mahatma Gandhi estaba ya desarrollando en aquellos días, y su “Andalucía por sí, Iberia—ese fue el primer enunciado de su lema y de su himno—y la Humanidad” buscaba el mismo escenario que husmeaba el mundo en el periodo entre guerras y que él plasmó en La sociedad de las naciones, en defensa de la necesidad de la creación de esta entidad internacional y del derecho de Andalucía a formar parte de ella.
Sus ideas siguen ahí, aunque algunos pretendan esconderlas, sepultarlas también, incluso bajo oficiales banderas blanquiverdes u honores a una figura histórica en la que no creen o a la que, simplemente, no han leído
La ocasión la ofrecía el planteamiento del llamado “principio de las nacionalidades”, que era uno de los puntos clave de las propuestas de paz contenidas en el denominado programa Wilson —por Woodrow Wilson, el presidente de Estados Unidos que lo proponía—. Infante aprovecha la ocasión para avanzar mucho más en los ejes de dicho programa y presentarnos su visión sobre cómo debería ser el nuevo orden mundial, cómo construirlo y qué encaje deberían tener en él los Pueblos-Naciones, incluida Andalucía.
En ese contexto, de ahí y no sólo por su fake conversión al islam en pos de la tumba de Al Mutamid, es donde calan las redes del discurso que más aversión sigue provocando Infante en la caverna, a los 90 años de su muerte: a su juicio, el centralismo es un fracaso que hay que subsanar, que las nacionalidades ibéricas deben despertar de su letargo, que España es una “nación cadáver” construida por “los poderes centralistas depredadores” a partir de 1492, cuando intentaron soldar “el alma distinta de las nacionalidades ibéricas en la uniformidad corporal de una España que nació muerta”. De ahí que defienda un pacto federal, una federación ibérica de naciones, que se alce contra la España monárquica y caciquil que había convertido a Andalucía en la “patria desconocida y despreciada, enterrada por el bárbaro cristiano conquistador: la patria más oprimida”.
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De puertas para adentro, como dejó escrito en El Ideal Andaluz, de 1915, urgía la regeneración social, económica y cultural de Andalucía para finiquitar el hambre del campesinado, el caciquismo y el centralismo del Estado, reclamando la dignidad y la autonomía de la región, que estaba a punto de conseguir cuando le fusilaron, en la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936, bajo las lágrimas de San Lorenzo, en el kilómetro 4 de la antigua carretera de Sevilla a Carmona.
La Andalucía de Blas Infante debía ser la de la reforma agraria, la expropiación de los grandes latifundios para repartir la tierra entre los trabajadores, la identidad y el orgullo de su pueblo, el federalismo, el municipalismo y una enseñanza libre y universal. Por eso le asesinaron, no por ser un imbécil, un botarate o un tarado. Por eso, también adquiere, 90 años después de aquella masacre a manos del fascismo español, un poderoso símbolo de todos aquellos que, al contrario que Andalucía, no pueden levantarse de las cunetas anónimas donde intentaron sepultar también al andalucismo.
“Se mata a un hombre, pero no se puede matar una idea”, dejó escrito. Y a las pruebas me remito: sus ideas siguen ahí, aunque algunos pretendan esconderlas, sepultarlas también, incluso bajo oficiales banderas blanquiverdes u honores a una figura histórica en la que no creen o a la que, simplemente, no han leído.