Cómo ‘Gente en sitios’ arruinó cualquier expectativa y descubrió una risa nueva

Eduard Fernández en 'Gente en sitios'.

Puede que Jordi Costa editara Una risa nueva (Lengua de Trapo, 2018) demasiado pronto, aunque por eso mismo esta colección de ensayos alrededor de lo que entonces venía sucediendo en la comedia internacional se revela tan profético. El crítico español ya hablaba abiertamente de “posthumor” en 2010, y podía apoyarse en una tira cómica de Darío Adanti incluida en ese mismo volumen para definirlo. En sus viñetas se afirmaba entonces que, si “el humor es la representación sintética del fracaso”, cualquier expresión de comedia debería emanar de esto mismo: del fracaso.

“El humor absurdo es el fracaso de la razón, el slapstick es el fracaso del hombre ante los elementos, el humor costumbrista es el fracaso de las convenciones sociales, y el posthumor es aquel que anula el supuesto de triunfo a la hora de sorprender con el fracaso”. Es decir, que el posthumor es el fracaso de los “propios mecanismos de la comedia”, sin que eso implique que la risa no esté entre sus prioridades. Sin risa no hay humor posible. No obstante, la risa que invoca el posthumor tiene otro timbre. Es nerviosa, incluso histérica, nace para cubrir un silencio abochornado.

Es un tipo de risa que se puede rastrear hasta finales de los 60, cuando Costa propone una genealogía estadounidense del posthumor a partir de Los productores, de Mel Brooks. Recordemos, aquel film cuyos protagonistas ponían en pie un musical sobre Adolf Hitler con la idea de que fracasara y, a su vez, “fracasaban” en este empeño, pues el musical... era un éxito. Más tarde, un formato tan veterano como Saturday Night Live querría estimular la anarquía entre sus humoristas y sketches, sin que fuera imperativo hacer partícipe al público en todo momento de la broma.

Justamente sería Saturday Night Live el puntal desde el que empieza a rastrearse algo parecido al posthumor en España, y de forma bastante intencionada. Los personajes del show de Lorne Michaels empezaron pronto a saltar al cine con películas propias, siendo Movida en el Roxbury una expansión de los sketches de The Roxbury Guys y, también, la gran inspiración de El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo (2004). El retrato de esos inquietantes fiesteros se tradujo en España como dos hombres inmaduros y pijísimos interpretados por Santiago Segura y Javier Gutiérrez, sumergidos en una delirante road movie para acudir a ver el supuesto regreso de Mecano a los escenarios.

Borjamari y Pocholo eran patéticos e insoportables, y la comedia que generaban se basaba en el estupor. Quizá por ello el film fue tan mal recibido, a la vez que aumentaba el aura de culto alrededor de Juan Cavestany, como codirector de la película junto al productor Enrique López Lavigne. En los 2000, el apellido de Cavestany era inseparable de Animalario, grupo de teatro donde hallábamos a Alberto San Juan, Willy Toledo o el citado Gutiérrez, que había llegado a ser de lo más radiactivo tras hacerse cargo del guion y la ejecución de la gala de los Goya de 2003. Es decir, los Goya del “No a la guerra”, los que inauguraron la beligerancia de la derecha contra el cine español.

Diez años después —con el PP nuevamente en el poder— Cavestany estrenaría Gente en sitios. Entonces el país había cambiado por completo, y el posthumor parecía plenamente consolidado.

Comedia low cost

La trayectoria de Cavestany entre Borjamari y Pocholo y Gente en sitios distó de seguir, por lo demás, una línea recta. El cineasta tardó en aclimatar una voz propia, lanzándose a dirigir en solitario con otro título de críticas demoledoras —Gente de mala calidad, en 2008— y solo atisbando una sofisticación completa a partir de Dispongo de barcos. Este pequeño largometraje de 2011 nacía de un corto previo, El último golpe, centrado en la planificación de un atraco que fracasaba desde las mismas conversaciones de los atracadores (incapaces de entenderse ni en las cuestiones más básicas) y, a la hora de saltar al cine, destacaba sobre todo por su factura. Totalmente barata y descuidada, Dispongo de barcos parecía inseparable de Internet.

El posthumor en España tiene la particularidad de haber nacido anclado en la brecha digital y, en concreto, en las facilidades que le daba internet a los nuevos creadores. Dejando de lado el carácter pionero de Borjamari y Pocholo, hay que remitirse al impacto que tuvo que los fans de La hora chanante subieran los programas a YouTube —logrando mucha más visibilidad que cuando se emitía en Paramount Comedy—, y a la celeridad con la que en esta plataforma —a la vez que proyectos como ¡Qué vida más triste!, Malviviendo o los vídeos de los Compadres— despuntaban discursos tan esquinados como los de Venga Monjas y Carlo Padial. Junto a la aparición de Miguel Noguera y la complicidad ocasional de Carlos Vermut, nos topábamos con una confluencia de talentos cuya comedia no hacía otra cosa que superponer nichos extraños.

Nichos que, o bien permitían la conversión de estos creadores en cineastas —Carlo Padial saltó al cine con Mi loco Erasmus en 2012—, o por lo menos asentaban un clima afectivo donde las excentricidades de Cavestany (o el colectivo Canódromo Abandonado) tenían un hueco asegurado. No sorprende entonces que Gente en sitios sea, en líneas generales, una película de amiguetes. Luego de que Dispongo de barcos participara del desaliño internetero —incrementando el surrealismo para que, por esta vez, alguien pudiera pensar que a Cavestany le había dejado de interesar hacer reír— y de que el mediometraje de El señor (2012) asentara ciertas preocupaciones existenciales, el desarrollo de Gente en sitios se fundamentó en pedir favores a gente afín.

Puesto que Cavestany llevaba años en la industria, esto implicaba que la película estuviera atiborrada de estrellas del cine español, con apariciones de pocos minutos e incluso segundos en el marco de un caótico encadenado de sketches. La idea era esa, “gente en sitios”, celebridades del audiovisual patrio (más Juan Carlos Monedero en pleno despegue de Podemos para reflexionar sobre ¿la mezquindad humana?) en situaciones rocambolescas con una capacidad indómita para significar y evocar. Por ejemplo, cierta escena con Raúl Arévalo y Luis Bermejo.

Arévalo asegura a un Bermejo desempleado que sabe quién le puede dar trabajo. Quedan al día siguiente para ir a las oficinas de esta persona, pero hay un problema: Arévalo solo le ha dicho eso porque se sentía mal ante el sufrimiento de su amigo. No existe tal empleador así que, una vez Bermejo se presenta en la quedada (con un peluquín horrendo que subraya el patetismo), no le queda otra que guiarle por un peregrinaje absurdo a lo largo de la ciudad, a la espera de que se le ocurra algo. Los minutos pasan, las calles se suceden, todo es incómodo y miserable. Por supuesto, a Gente en sitios se la leyó mucho en su día como metáfora de la crisis económica.

Definitivamente, el fracaso

¿Y cómo negarlo? Siendo un director más de instinto que de discurso —como evidencian las últimas mutaciones de su cine, volcadas al documental psicogeográfico de Madrid—, Cavestany es sobre todo un observador que, a la hora de plantear el andamiaje fragmentario de Gente en sitios, se preocupó por que este estuviera bañado de un sentimiento unitario. La película tiene un personaje recurrente que ha de enseñar a otros cómo realizar acciones básicas (caminar, beber, dormir), una vez percibe la confusión y parálisis que los envuelve. También, en otro sketch, vemos a Eva Llorach contemplar una bandera de España borrosa, por haberse dado justo antes un golpe en la cabeza.

Son estampas sugerentes que pretenden huir de la literalidad, como bien demuestra la clara influencia de David Lynch —en muchos aspectos Gente en sitios rebusca en las sensaciones y el aparato formal de Inland Empire, último largometraje del genio estadounidense— y, sobre todo, de Kafka, cuyo relato El puente adapta directamente en otro pasaje. Y, aún así, hay que volver a ese sentimiento unitario. Hay que incidir en cómo Gente en sitios, tras unos primeros sketches absolutamente explosivos, va bajando revoluciones, y la omnipresencia del cielo agreste de Madrid otorga nuevas texturas al shock en que parecen instalados todos los personajes de la película.

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La desorientación que comparten debe emanar de un trauma asimismo compartido: todos estos personajes pensaron que existía una determinada manera de vivir —o, mejor dicho, de guiarse por la vida—, pero esta ha saltado por los aires, dejándoles sin brújula y obligándoles a hacer el ridículo continuamente. Las carcajadas que dispensa Gente en sitios se congelan a medida que esta estructura anímica se asienta y el espectador puede reconocerse en ella. Sin duda, se trata de un fracaso a gran escala, pero es un fracaso que también ha de apelarnos a nosotros como ciudadanos.

Así de orgánicamente, los presupuestos del posthumor se alían con esa Gran Recesión que ya llevaba más de un lustro abatiéndose sobre Occidente cuando se estrenó Gente en sitios, y así se ilumina una verdad de lo más sencilla: el posthumor es la comedia de la crisis, la comedia de la precariedad y el futuro cancelado (la certeza del fracaso de la que hablaba Adanti). Si asumimos que nunca hemos llegado a salir del bache y que estamos condenados a seguir encadenando crisis, ¿cómo no asumir entonces que la buena salud que aún hoy conserva el posthumor viene de ahí?

Desde Gente en sitios, esta “risa nueva” ha continuado extendiéndose. Los Burnin’ Percebes de Searching for Meritxell y La reina de los lagartos. Julián Genisson, de Canódromo Abandonado, estrenando Inmotep en 2022. Chema García Ibarra con el antológico debut al largo de Espíritu sagrado. Y la suerte de crossover de buena parte de estos talentos que fue Balearic este mismo año, candidata al Goya a Mejor dirección novel para Ion de Sosa. La conclusión es inevitable: desde que Cavestany estrenó aquella película, seguimos atrapados en el mismo sitio. Con miedo, con risas temblorosas que desesperadamente se empeñan en contestarle al vacío.

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