‘El motín’, rocosa y sencilla película de acción donde Jason Statham vuelve a hacer lo que mejor sabe
Que el cine popular ya no es lo que era resulta una afirmación poco sorprendente, cautelosa incluso, que hoy día nadie discutiría con excesiva convicción. Por eso parece tranquilizador que siga habiendo cosas que nunca cambian, o que han cambiado lo justo. El cine de acción de bajo presupuesto, por ejemplo. Esas películas protagonizadas por tipos duros, escasamente distintas entre sí por la necesidad de ajustarse a las particularidades de cada estrella, que antes solían recalar en los videoclubs y ahora, con suerte, se irán acumulando tras su discreto paso por cines en el catálogo de Prime Video. Quizá sea más difícil seguirles la pista, pero en esencia todo sigue igual.
Todo, en fin, sigue modulando una mini industria propia, con sus nombres comunes delante de la pantalla (Jason Statham, Scott Adkins, Gerard Butler, Frank Grillo) y detrás, nutriendo toda una constelación de artesanos: directores como Ric Roman Waugh o Joe Carnahan, y adiciones tímidas —por las ínfulas artísticas que tuvieron que ir dejando poco a poco de lado— estilo David Ayer y Jean-François Richet. Tiene gracia, a su vez, que estos últimos hayan trabajado con Jason Statham últimamente. Pues ambos, desde un pasado marcado por la violencia —Ayer en el ejército, Richet en los banlieues de París—, empezaron a hacer películas con una pulsión autoral, cine social rabioso labrado por recuerdos personales… cuya violencia terminó siendo banalizada.
Ayer y Richet se decantaron por el camino que les acercaba a Statham, eligieron el cine de acción cochambroso. Y bien por ellos. Richet en particular es un director hábil, con un llamativo interés por acotar el espacio que por ejemplo le llevó a firmar un claustrofóbico remake de Asalto a la comisaría del distrito 13, de John Carpenter, en su salto a Hollywood. De esto han pasado 20 años y la firma de Richet ha perdido mucho glamour por el camino, si bien tuvo una suerte de repunte en 2023 al cruzarse con Gerard Butler. El actor protagonizó a sus órdenes El piloto, que se distanció de otros tantos productos suyos porque tuvo algo parecido a buenas críticas y una recaudación más holgada de la cuenta, lo suficiente como para que se anunciara una secuela y todo.
Esta secuela hoy por hoy está cancelada pero ha consolidado el prestigio suficiente para que El motín, tres años después, presuma de venir firmada por “el director de El piloto”. Además de la presencia estelar de Jason Statham, claro. Se entiende que El motín no solo dispone entonces de la garantía de Statham —en sí misma muy valiosa, pues no hay mejor actioner a día de hoy en Occidente, o al menos un actioner que dé tanto gusto ver hacer lo mismo continuamente, que Statham— sino de un director que sabe manejar la cámara, y dentro de sus escasos medios pulirá una mínima sofisticación. Sobre todo si, como en El piloto y Asalto al distrito 13, regresa a una única localización que estreche el cerco en torno a sus aguerridos personajes.
Jason Statham en la cumbre de su carrera
El motín vendría a ser por tanto una calculada derivación de El piloto—comparte asimismo guionista, J.P. Davis, y vuelve a distribuir Lionsgate—, capaz de acoger sin embargo algún significado extra por haber cambiado a Butler por Statham, y nutrirse en este sentido del momento tan curioso que vive ahora mismo la carrera de este último. Statham no se halla en su crepúsculo porque seguramente se aburriría en él —su rostro esculpido en piedra es inmune al deterioro emocional—, pero sí ha alcanzado algo parecido a la autoconsciencia. La certeza de haber hallado una parcela específica en el cine contemporáneo donde quedarse y acomodarse. Por eso ya tiene su propia productora para controlar cada proyecto, y esta productora se llama “Punch Palace”.
Sí, “Palacio de los Puñetazos”. Por eso sus últimas películas serían asimismo capaces de diluir la personalidad del director de turno, en función a las derivaciones narrativas que mejor encajan con su presencia en pantalla. Statham siempre ha interpretado a profesionales de la violencia con un férreo código de honor, tal es su identidad y apenas se ha tambaleado en todo este tiempo. Lo que ha ocurrido, a la postre, es que este código viene últimamente concretándose en una ciega lealtad hacia sus empleadores —convertidos en algo parecido a su familia—, de tal forma que si tienen problemas Statham hará todo lo que sea necesario para solucionarlo, y si sufren alguna injusticia o mueren hará todo lo que sea necesario para vengarlo. En una escena especialmente divertida de El motín, Statham se limita a aseverar que su único objetivo es “venganza”. No hace falta más.
En este caso la “venganza” pasa efectivamente porque han matado a la única persona que creyó en él cuando Cole Reed (nuevo nombre furibundo a añadir a la lista de hilarantes nombres furibundos de los hombres-Statham) tuvo problemas con la justicia, y esto le lleva a toparse con una trama de tráfico de personas en medio del océano. El lore propio de Richet impele entonces a que la mayor parte de la trama suceda en una única localización: un barco donde Statham tiene que sobrevivir con la única ayuda de Annabelle Wallis (Maligno), y El motín se perfila entonces como un fructífero diálogo de las inquietudes respectivas de director y estrella de acción.
Un diálogo más equilibrado, por ejemplo, que el que Statham se venía trayendo con Ayer —vulgarizando la firma del director de Escuadrón suicida al tiempo que legitimaba la suya propia—, y que como ocurría en El piloto halla su mayor baza en la sencillez. La promoción no ha podido resistirse a emular la jugada de hace unos años con El rascacielos —muy reivindicable película protagonizada por Dwayne Johnson— y ha aprovechado para homenajear en el póster de El motín a La jungla de cristal, aun cuando la humildad de sus postulados se queda muy atrás del ejercicio de virtuosismo de John McTiernan. Richet no es un presumido, la película nunca quiere aparentar más de lo que es, y ahí confluyen tanto sus virtudes como sus defectos.
La buena noticia es que El motín no es un producto tan desaliñado como El piloto —cuya fotografía horrenda y su racismo caricaturesco contribuían bien poco a que calaran las inquietudes estéticas de Richet—, y que lidiamos con una realización de lo más solvente. No ya porque el tratamiento del espacio destaque en exceso —la visualización del barco es más bien sosa, y nunca transmite más encierro o peligro que el que Statham pudiera sentir en un núcleo urbano cualquiera—, como por la contundencia de las peleas. Son encontronazos breves, de montaje muy preciso, planificados con la misma sombría eficacia con la que la estrella de acción se abre paso por la trama. En algún que otro momento se atisba una suerte de summum para el Universo Statham, la alianza definitiva con el director que mejor partido puede sacarle a su personalidad.
El barco de cristal
El enfrentamiento final con el capitán del barco —un Roland Møller deliciosamente ridículo— da buena cuenta de lo que hablamos, combinando sangre y puñetazos exquisitamente ejecutados para realzar la imagen de Statham como prodigioso cuerpo-máquina. Ciñéndonos por completo al ámbito de los guantazos, El motín discurre por ligas superiores a las recientes colaboraciones de Statham con Ayer. Al mismo tiempo, y sin alejarnos de la dupla Beekeeper-A Working Man que ensambló Ayer, El motín adolece de problemas graves.
Fundamentalmente, porque la eficacia con la que Statham reparte y Richet lo filma se reduce casi con exclusividad a los momentos en que Statham reparte, como gozosos islotes en medio de un mar en calma. Hay un obvio desinterés por desarrollar todo lo que rodea a los encuentros violentos, materializado en diálogos penosos incluso para el tipo de producción que tratamos, y facilitando que las razones sumamente esquemáticas por las que Cole Reed ha llegado a este barco muevan al tedio cada vez que estas no desembocan en zurrarle a alguien.
‘Vivir la tierra’, una compleja e imponente inmersión en el mundo rural asediado por la modernidad
Ver más
Richet, en resumidas cuentas, es incapaz de orquestar un clima de suspense para El motín —de ahí que sea todavía más inoportuna la cita de La jungla de cristal—, y nunca logra que la electricidad de las escaramuzas de Statham se quede con él cuando ha de hacer otras cosas estilo coordinarse con Wallis, asegurar a las víctimas de la trata de personas que todo saldrá bien, o simplemente deambular por el barco. A Cole Reed le envuelve la rutina sorprendentemente rápido para ser una película tan sintética, y sin duda parte del tenue aburrimiento resultante se debe a algo que Beekeeper y A Working Man sí se esforzaron en cuidar: el sentido del humor.
Se entiende que no es el estilo de Richet y que él, a su modo, se toma demasiado en serio su trabajo como para querer aflojar la intensidad de la violencia, pero del mismo modo que habría venido bien un poco de ligereza para digerir la trasnochada propuesta de El piloto, también se le podría haber sacado un poco más de partido a la vis cómica de Statham en El motín.
La sensación final de la película es que desde luego cabe alegrarse de que la estrella haya encontrado su sitio —alejándose firmemente de los blockbusters tras las tristísimas películas de Megalodón—, pero que este sitio todavía no ha alcanzado del todo su potencial. Curiosamente y pese a las carencias de El motín, Richet sigue pareciendo el aliado idóneo para que esto ocurra, así que esperemos que sus caminos vuelvan a cruzarse pronto.