‘Vivir la tierra’, una compleja e imponente inmersión en el mundo rural asediado por la modernidad

Fotograma de 'Vivir la tierra'

Fatima Bhutto no le dedicó un solo capítulo a China en su ensayo de 2019 Los nuevos reyes del mundo, en favor del k-pop, las telenovelas turcas y el cine de Bollywood. Por entonces ya estaban sobradamente aceptadas, sin embargo, la preeminencia internacional del país y su capacidad para albergar una industria cultural autosuficiente, sin el imperativo de exportación que Bhutto no dejaba de asociar a Corea del Sur, Turquía e India. Entonces estábamos en vísperas de que gracias al covid China adelantara a EEUU como cinematografía que hacía más dinero en taquilla, con lo que está claro que este país juega a algo distinto a lo que examinaba el estupendo ensayo de Bhutto. 

Sin embargo, una de las ideas centrales que maneja la autora puede bien adaptarse a China, en cuanto al auge económico-cultural de tantos países fuera de Occidente una vez concluida la Guerra Fría. Sería tan sencillo como que, en un breve periodo de tiempo, la mayoría de las ciudades del mundo se llenó de gente. Gente que, en estos nuevos contextos, pudo concentrarse e interaccionar de forma que diversas industrias prosperaran, y corrieran a apuntarse a una globalización sistémica. Es lo que posibilita, por ejemplo, que hoy podamos sentirnos tan identificados con lo que cuenta Huo Meng que pasó en China a principios de los 90. Hasta el punto de que buena parte de los planteamientos de Vivir la tierra recuerden a lo que Carla Simón contaba en Alcarràs

Tal parece que Simón y Meng —o, cuanto menos, el álter ego infantil de Meng que protagoniza su segundo largo como director— tuvieron experiencias similares en un periodo similar de tiempo, separados de sus padres para irse a vivir con otras ramas de la familia a una pequeña comunidad rural. En el caso de Meng no porque sus padres fallecieran, sino porque se habían mudado a la ciudad en busca de una nueva vida hasta que, llegado el momento, pudieran llevarse a su hijo con ellos. Vivir la tierra se desarrolla a lo largo de las cuatro estaciones de 1991 sin que, por otro lado, apenas haya un conflicto como tal. No hay, como en Alcarràs, una amenaza directa al modo de vida de sus personajes. No hay otra amenaza que la historia contemporánea, la historia del mundo.

La comunidad rural que examina Vivir la tierra está condenada a desaparecer. La industrialización se consolida a toda velocidad una vez el Partido Comunista, con Jiang Zemin a la cabeza, se revuelve contra el trauma de las protestas de Tiananmén de 1989 y le queda poco para introducir el concepto “economía de mercado socialista” en el discurso público. La situación emprende una marcha imparable, la modernización se impone de forma despótica y Meng, aun anclado en sus recuerdos infantiles, se niega a sentir nostalgia. Es lo primero que puede sorprender de Vivir la tierra. Un rótulo al final de la película afirma que acabamos de ver un sentido homenaje a las personas que criaron a Meng, pero lo hace luego de un desfile de estampas dudosamente idílicas.

Negociar con el recuerdo

Quizá tenga que ver con la resignación. Quizá sea lícito acordarse de cuando Yasujiro Ozu examinaba transformaciones análogas de Japón en los años 50 sin tampoco lamentarse en exceso, asumiendo que la vida continuaba. La cuestión es que la visión de Meng es algo más áspera y se revuelve contra afirmaciones fáciles, acercándose a la rabia que en su propio país pudo abanderar esa Sexta Generación de directores chinos que, justamente enfurecidos por la violencia de Tiananmén, quisieron repasar en tiempo real las injusticias del proceso posterior. Caso de Jia Zhangke o Guan Hu, que justo el año pasado volvía con Black Dog a las Olimpiadas de 2008 para darle nuevas imágenes a todo lo que dejaba atrás esta carrera hacia la hegemonía mundial. 

La particularidad de Vivir la tierra, su originalidad por así decirlo, es que Meng tampoco tiene muy claro que lo que se perdió con el mundo rural —¿con la China vaciada?— fuera categóricamente virtuoso. En un tiempo donde buena parte del mundo se asfixia en las ciudades y su rechazo a los ritmos cada vez más inhumanos del capitalismo tardío empuja a volver atrás, es demasiado fácil mirar el campo como una Arcadia perdida. Tan fácil, de hecho, como para que el propio capitalismo pueda aprovecharlo. Así que la voluntad de Meng es eminentemente dialéctica. No puede ser de otro modo cuando es uno de tantos individuos atrapados en el frenesí urbano, cuyos recuerdos de niñez inevitablemente mitificados apuntan a un tiempo donde todo era distinto, más sencillo acaso. Meng debe negociar con ese recuerdo. Vivir la tierra es fruto de esta negociación.

El director razona que lo más adecuado es plantar distancia y no convertir la película en un coming of age cualquiera: el paso a la madurez del niño no debe regir lo que muestra Vivir la tierra. Su subjetividad ha de importar lo justo. Por eso la puesta en escena se prodiga en tomas generales y llenas de gente haciendo cosas diversas, recorridas por lentos travellings. La coreografía que precisan todos los elementos del plano trasluce así una habilidad escénica bastante sorprendente en un director con la limitada experiencia de Meng, pero sobre todo transmite admirablemente los propósitos de la obra, en tanto a una mirada casi entomológica. Meng se limita a atender el día a día de un grupo de humanos sumidos en diversas actividades. Puede ser trabajo, pueden ser celebraciones, y todo se sucede orgánicamente, sin que la cámara tome un partido evidente

Lo que ocurre con un planteamiento así es que Vivir la tierra exhuma, valga la redundancia, vida. Las estaciones van sucediéndose, la atención se reparte equitativamente entre los humanos y el paisaje que transitan o trabajan, y todo abraza la armonía suficiente para zanjar la amenaza urbana en tanto a una dolorosa claudicación del mundo frente a lo que se ha denominado Antropoceno: el hombre como medida de todas las cosas. No era lo que sucedía, propone Meng, cuando estábamos en el campo. Aunque esto no fuera necesariamente positivo para nosotros, añade el director, y es entonces cuando recurre a la dialéctica para recargar semánticamente todas estas magníficas tomas, tan excelentemente compuestas, tan naturales y desproblematizadas en apariencia.

En principio, a una película tan bucólica como Vivir la tierra le habría venido bien una banda sonora 

luminosa, quizá con cuerdas y orquestaciones similares a las que Ozu usaba para las codas de sus películas. La música de Wan Jianguo, sin embargo, es más bien sombría. Se decanta por notas cual zumbidos molestos que arrinconan a los personajes. Suenan en fin a fábrica e industria, como si la modernidad que pende sobre la película hubiera encontrado una expresión sonora con la que amenazar a los personajes y dar la sensación de que todo lo que experimentan está condenado a expirar. Supone sin duda una estrategia extemporánea por parte de Meng: el subrayado de que no es más que otro sujeto perdido contemplando el pasado en busca de claves para entenderse.

El cine y el paso del tiempo

No es que esta banda sonora aparezca abundantemente en Vivir la tierra —la película prioriza el sonido incidental del trabajo, las manos escarbando en la tierra—, pero su impacto en ciertas secuencias ayuda a realzar la incómoda ambigüedad del film. Aceptando que la mirada de Meng parte de un lugar insatisfactorio en el futuro, resultan más chocantes todos esos apuntes argumentales que revelan las insuficiencias del modo de vida rememorado. Vivir la tierra empieza por ejemplo con un funeral, y el director subraya la ridiculez de estos ritos a través de una mujer (la madre del niño) incapaz de disimular que está haciendo una performance plañidera.

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Esto, que podría ser entrañable, se transforma en un abuso intolerable cuando una tía del protagonista es obligada a casarse con alguien que no quiere, vistiendo encima un eufórico rojo que contrasta con su tristeza. Las costumbres antiguas que Meng retrata en pantalla aparecen con su crítica incorporada del mismo modo que lo hacen las huellas de la modernización organizada —las injerencias de la “planificación familiar” organizada por el Estado que van llegando al pueblo—, con lo que al ritmo plácido de Vivir la tierra no le queda otra que cobijar un intenso intercambio de pros y contras. Una discusión abierta, que se despliega con tal generosidad como para que cuando alcanza puntos climáticos la emoción conjurada sea estremecedora.

Es el caso del primo discapacitado del niño, condenado a ser superado por el arraigo de la razón instrumental que reflejaría la implantación rural de la tecnología. O de ciertas escenas que ofician de metonimias poderosísimas, como cada conversación del niño y su bisabuela, o cierto encuentro nocturno que no inquieta en absoluto al protagonista, porque aun en medio de la completa oscuridad sabe cómo guiarse en su regreso a casa, porque “conoce su pueblo”. El film es fascinante por todas las ambivalencias que conjuga y por la ferocidad con la que las visualiza, logrando que la fisicidad esencial a sus planteamientos —imprescindible si se ha de indagar en nuestro vínculo con la tierra— se mantenga e incluso gane impacto con la concatenación de ideas y elementos en cuadro.

De ahí la importancia de los travellings, de ahí que a veces todo pueda aclararse con un simple reencuadre. O un elaboradísimo zoom out, como el que clausura la película en el que es seguramente el plano más potente del año. Lo mejor que se puede decir de Vivir la tierra es que sabe que el cine, en toda su complejidad, es antes que cualquier cosa una forma de expresión del tiempo, y que por eso no hay recurso más idóneo con el que reflejar su paso inmisericorde.

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