“Decían que destetaban a sus hijos con cerveza”: el club de modernas feministas que desafió a la España de 1926

Reunión de socias del Lyceum Club Femenino en el edificio de las Siete Chimeneas.

En 1926, en plena dictadura de Primo de Rivera, un grupo de mujeres decidió sacudir los cimientos de una sociedad que las quería relegadas al hogar. Desafiando la tradición, fundaron en Madrid el Lyceum Club Femenino: un espacio propio donde casi quinientas socias trabajaron por la igualdad y el acceso a la cultura hasta que la Guerra Civil detuvo el tiempo y el avance del progreso. En El club de las modernas (Seix Barral, 2026), la periodista Eva Cosculluela (Zaragoza, 1972) investiga en la historia borrada de la considerada primera asociación feminista de España, en cuyos salones, en la Plaza del Rey y con María de Maeztu, María Lejárraga, Clara Campoamor, Victoria Kent, Elena Fortún o Zenobia Camprubí al frente, se discutió sobre el sufragio femenino, se impulsaron iniciativas como la Casa de los Niños o el Comité del Libro para el Ciego y se tendieron puentes entre mujeres de distintas ideologías.

¿Qué es El club de las modernas?

Es una investigación acerca del Lyceum Club Femenino, una institución pionera en el feminismo en España que se fundó en 1926 con la idea de mejorar la situación de la mujer y de utilizar la cultura, el arte y la educación como motores de progreso y de transformación social.

Hace un siglo, un momento muy particular de la historia de España.

Sí, es muy particular porque ellas forman el Lyceum en plena dictadura de Primo de Rivera, un momento sin libertad. En sus diez años de vida, el Lyceum pasó por esta dictadura de Primo de Rivera, la dictablanda de Berenguer, la caída de la monarquía, el advenimiento de la República con sus vaivenes y el estallido de la Guerra Civil. Es una época muy convulsa de la historia de España, en la que estas mujeres lidiaron como pudieron con todos esos cambios y la inestabilidad política y social.

Y, en medio de todo eso, la idea establecida que había de que "las mujeres que piensan son peligrosas", como bien recuerda en el libro.

En aquel momento, el papel de la mujer estaba muy definido. Tenía que estar en casa, teniendo hijos y cuidando de su familia y de su marido. Y, sobre todo, calladita. Era casi inaudito que una mujer expresara sus opiniones y se la escuchara. De hecho, era un escándalo, porque tenía que estar en casa. Ahí está el valor de lo que hacen ellas, que es ocupar un espacio público, igual que los hombres en sus clubs de señores, donde se juntan a fumar, jugar a las cartas y hacer negocios. Ellas también quieren un espacio público así, sin esconderse en los salones de sus casas, y poder expresar sus opiniones para que sean tenidas en cuenta como las de los hombres. Aunque muchos la sigan discutiendo, quieren una cosa muy obvia, que en parte está normalizada porque hace cien años ellas se atrevieron a hacerlo.

Fijándose en otros lyceums internacionales que les sirvieron de referencia.

A raíz del de Londres, que llevaba ya unos años, surgieron en Florencia, Berlín, París, Melbourne o Nueva York. En Madrid se habían hecho otros intentos antes, pero no habían fructificado, por eso desde fuera, y viendo que aquí había una dictadura, pensaban que no iban a poder ponerlo en marcha. Pero, sin embargo, se organizaron y tuvieron una determinación y un empuje tan grandes que no hubo forma de pararlas.

Era casi inaudito casi que una mujer expresara sus opiniones y se la escuchara. De hecho, era un escándalo

Estamos hablando todo el tiempo de "ellas". ¿Quiénes eran "ellas"?

Hay algunos nombres más conocidos y otros que para mí fueron un descubrimiento, porque no las había oído nunca. La presidenta, la que estuvo al frente de todo, fue María de Maeztu, una gran pedagoga, una mujer avanzadísima que peleó mucho por que las mujeres pudieran estudiar en las mismas condiciones que los hombres, porque la ley ya lo permitía, pero no se daban las condiciones, por lo que le debemos mucho. Con ella estaba Zenobia Camprubí, a la que siempre hemos conocido como la mujer de Juan Ramón Jiménez, pero que era muchas cosas más. Pasa lo mismo con Carmen Baroja, la hermana de Pío Baroja, pero también una intelectual de primer orden. También estaban Victoria Kent, Elena Fortún, María Lejárraga, Isabel Oyarzábal (que fue la primera embajadora de España), María Martos, Pilar de Zubiaurre... Clara Campoamor llegó después de la fundación. Son pensadoras e intelectuales de primer orden, aunque en aquel momento no se las reconocía así, pero demostraron que lo que hacían ellas era tan importante como lo que hacían los hombres.

Como bien apunta en el texto, la cantidad de hombres mediocres que conocemos y la de mujeres brillantes que nos hemos perdido en el camino.

El Lyceum tenía distintas secciones, y una de ellas era la de literatura, que estaba dirigida por Pilar de Zubiaurre. Hicieron una especie de torneo poético en una lectura con poetas anteriores y actuales, con grandes nombres como Josefina de la Torre, Elisabeth Mulder, Margarita Ferreras o Ernestina de Champourcín. De ese acto podía haber salido un canon femenino que se podía haber incorporado perfectamente al de la Generación del 27, pero como ese canon sale de las antologías que hacen ellos, en las que incluyen a los hombres que les rodean, ellas quedan excluidas. Si en aquel momento no se incorporaron a los cánones ni a las antologías, tampoco trascendieron después. Por eso, la idea de que la Generación del 27 estuvo solo formada por hombres es un tremendo error.

La idea de que la Generación del 27 estuvo solo formada solo por hombres es un tremendo error

De hecho, el germen de este libro viene por ahí también, porque se entera de la existencia del Lyceum en un acto relacionado con la Residencia de estudiantes.

Me entero en una exposición sobre el centenario de la Residencia de señoritas en 2016, que era en la Residencia de estudiantes. De la Residencia de señoritas había oído hablar un poco pero muy vagamente, y en esa exposición vi un capitulito sobre el Lyceum. Ahí me digo: "¿Qué es esto?". No había oído hablar nunca de esa asociación pionera, que peleó muchísimo y recibió ataques e insultos, así que quise saber más. Esa exposición me despertó también la primera duda, porque vi que la residencia de ellos era de estudiantes, y la de ellas de señoritas, lo que establece una nomenclatura que ya nos está dejando fuera, porque no merecemos ser estudiantes, sino niñas, señoritas. Nadie discute la calidad de los grandes poetas del 27, no se trata de decir que ellos no merecían estar ahí, sino de recordar que ellas también lo merecían.

¿Cómo ha sido investigar sobre una institución de la que apenas quedó rastro tras la Guerra Civil y el franquismo?

Del Lyceum no se conserva un archivo como tal, así que tuve que empezar a leer memorias de todas estas fundadoras, lo que habían dejado escrito, y los libros biográficos. Después, busqué en archivos y encontré las cartas que se cruzaron entre ellas, que me han servido para reconstruir lo que hicieron y para saber cómo fueron recibidas. En la Biblioteca Nacional, que tiene una versión digital fabulosa, pude ver la prensa de la época y leer cómo fueron atacadas y cómo se defendían.

Su ejemplo, su obra y su vida encaja dentro de los cánones del feminismo más obvio

¿Qué lindezas les decían en la prensa?

Lo más suave es que estaban locas y que tendrían que estar recluidas por el bien de la sociedad, que querían subvertir el orden y traer aquí el desastre. Las acusaban de haber montado un casino, porque en una de las dependencias podían jugar a las cartas, cosa que a los hombres no se les cuestionaba en absoluto, pero a ellas sí. Se decía que estaban con las piernas al aire, que fumaban cigarrillos egipcios, algo que me suena muy exótico y me gustaría ver uno [risas]... Llegaron a decir que destetaban a sus hijos con cerveza y que cuando llegaban a casa pegaban a sus maridos. Decían que les metían en la cabeza ideas revolucionarias para acabar con el orden. Para una sociedad conservadora, que estas mujeres llevaran la contraria a todo el mundo e hicieran lo que querían debía ser lo más parecido a una revolución. Como muchas de ellas eran traductoras con ascendencia extranjera, un semanario publicó que el peligro no estaba en cuántas lenguas hablaran, sino en la longitud de esas lenguas, algo que me pareció muy bonito [risas].

Describe el Lyceum como la primera asociación feminista moderna de nuestro país.

Había otras asociaciones anteriores, pero todas gremiales o vinculadas con distintas ideas políticas. Aunque en puridad no lo fuera, el Lyceum se consideró la primera porque era transversal y acogía mujeres de todas las ideologías y credos religiosos, y porque era la primera que quería mejorar la condición de la mujer a través de la cultura. En esto sí que es pionera, porque antes no existía ninguna en España con este carácter cultural, artístico, educativo y formativo, algo que para ellas era muy importante.

Con el Lyceum pasó lo que pasó en toda España: que fue arrasada y dominada por el fascismo que llegó

¿Eran conscientes de hasta qué punto eran feministas? No sé si cometemos demasiado el error de pensar que las mujeres de antaño eran "feministas sin saberlo" por estar adelantadas a su tiempo, como una forma de restar valor a lo que hicieron y consiguieron.

Yo estoy convencida de que sí que lo sabían, y creo que lo que no les gustaba era la etiqueta, porque estaba muy demonizada, ya que veníamos de acciones mucho más provocadoras y violentas, como las de las sufragistas inglesas, por lo que aquí se decía: "Cuidado, que si las mujeres son feministas, van a salir a romper escaparates con ladrillos". Muchas mujeres que estaban en el Lyceum eran de muy buena posición social, como no podía ser de otra manera porque requería tiempo, dinero y contactos, por lo que aunque no se reconocían en esa etiqueta, su ejemplo, su obra y su vida encaja dentro de los cánones del feminismo más obvio. María de Maeztu decía que estaba orgullosa de ser feminista, mientras que Carmen Baroja también se reconocía como feminista, y eso que era de las mayores y de las más conservadoras. Otras no, pero no renegaban en absoluto de lo que implicaba el feminismo; al revés, demostraron con el Lyceum y con otras muchas acciones que era un feminismo que ahora reconoceríamos incluso como avanzado.

¿Cuáles fueron sus principales logros políticos?

Hay sobre todo tres hitos. Al registrarse, añadieron en los estatutos una coletilla que decía que era una asociación artística y cultural ajena a la política y a la religión. Creo que fue un truco para que no les pusieran pegas, porque en enero de 1927 ya estaba reuniéndose para elevar una petición a la Comisión de Códigos para eliminar del Código Penal un artículo sobre el adulterio muy ofensivo y discriminatorio contra las mujeres. Ese artículo decía que, si un hombre descubría a su mujer cometiendo adulterio, prácticamente le podía hacer lo que quisiera y, si no la mataba, quedaba sin pena. En cambio, en la situación contraria, ellas iban a la cárcel por provocarle un rasguño. Las integrantes del Lyceum pidieron que eso fuera simétrico y consiguieron que en la revisión del Código Penal que se estaba llevando a cabo se reformulara ese artículo para que las penas para los dos fueran iguales.

Y de eso hace ‘solo’ cien años.

Así es. También pidieron que se cambiaran muchos artículos del Código Civil que claramente dejaban a las mujeres en inferioridad, como que para poder trabajar tuvieran que tener el permiso del marido, quien además luego gestionaba el salario, igual que pasaba con las herencias si ellas heredaban. Incluso si una mujer tenía hijos de un matrimonio anterior, la tutela pasaba igualmente a ser de su marido. Cuando llegó la República, hubo una Constitución que decía que todos éramos iguales y se modificó ese Código Civil, pero las campañas anteriores de estas mujeres fueron muy importantes.

Los logros sociales son también muy interesantes.

A ellas se les acusó de ser burguesas, señoras que creaban esta asociación para estar con otras de alta alcurnia tomando el té y pastitas, pero se preocupaban por las más desfavorecidas. Por ejemplo, fundaron la Casa de los niños, antecedente de lo que hoy conocemos como guarderías públicas, ya que en aquella época no existía un lugar donde las madres que se iban a la fábrica a trabajar con jornadas de 10 horas pudieran dejar a sus niños. En este caso, en teoría era desde los dos años, pero en la práctica fue desde bebés hasta que empezaban en la escuela a los cinco o seis y, además, les daban sus tres comidas al día en un momento con una tasa de mortalidad importantísima por malnutrición y raquitismo, y les bañaban y les vacunaban. Otro proyecto fue el Comité del libro para el ciego, en el que contrataron a unas copistas para que fueran pasando a braille lo que las mujeres leían en voz alta, tanto obras literarias como libros técnicos y formativos, para que los invidentes, entre los que había tasas muy altas de mendicidad, pudieran estudiar.

Todo esto termina de un plumazo con el golpe de Estado, la Guerra Civil y los 40 años de dictadura de Franco. Bueno, en realidad, el Lyceum pasó a la Sección Femenina...

Eso es. Con el Lyceum pasó lo que pasó en toda España: que fue arrasada y dominada por el fascismo que llegó. Muchas de ellas se fueron al exilio nada más empezar la guerra, las que se quedaron hicieron lo que pudieron y aquello se quedó cerrado. Al acabar la Guerra Civil, Serrano Suñer [ministro de Franco] lo incauta y se lo entrega a la Sección Femenina, donde deciden que quieren hacer una cosa completamente innovadora: crear una asociación donde las mujeres puedan reunirse y formarse. Las habían insultado hasta la saciedad por hacer eso, y luego resulta que llegan diciendo que eso era algo nuevo. Claro que la diferencia es que en el Lyceum se hacían lecturas poéticas, formación en Derecho para que las mujeres supieran cuál era su condición como ciudadanas e, incluso, Medicina con perspectiva de género para explicarles lo que hasta entonces te explicaban las vecinas, mientras que la Sección Femenina hacía formación en labores, cocina y ser una buena esposa.

¿No quedó ni rastro del Lyceum?

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No sólo se apropiaron de la sede y de la asociación, sino que quisieron taparla y machacarla, como hizo el franquismo con todo. Porque vendieron todo lo que pudieron para sacar dinero, pero es muy triste ver cómo, en los libros de la biblioteca que se quedaron y que pasaron la censura eclesiástica —porque no todos la pasaban—, pusieron el sello del Círculo Medina, la asociación de la Sección Femenina, encima del sello del Lyceum. No lo ponían al lado, sino encima, para decir que no solo habían ganado, sino que encima te tapo y te hago invisible. Eso da mucha tristeza.

Pero aquí estamos hablando de ellas, después de todo. ¿Esa es una pequeña victoria?

Estoy segura de que muchas de las cosas que se recuperaron en democracia para las mujeres fueron posibles gracias a que ellas habían abierto el camino. Una vez que abres los ojos a las mujeres de cómo tiene que ser una vida justa, no puedes de ninguna manera mirar atrás. Ellas fueron fundamentales en mucho de lo que se recuperó en democracia después de 40 años de oscuridad.

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