Jordi Gracia y la izquierda ante el tecnofascismo: "Hay peligro real de retroceso a una época preilustrada"

Jordi Gracia publica 'La izquierda ante el tecnofascismo'.

"El poder de las grandes tecnológicas contra el que se tienen que movilizar los poderes públicos es descomunal, no hay comparación con cualquier otra época anterior de la historia", alerta Jordi Gracia (Barcelona, 1965) en esta conversación con infoLibre por la publicación de La izquierda ante el tecnofascismo (Anagrama, 2026), un "panfleto", como lo denomina él mismo, que trata de dar respuesta a la pregunta del millón: ¿Cómo puede la izquierda defender los valores democráticos y la esencia del estado del bienestar en un mundo gobernado por los intereses de las compañías tecnológicas bajo el imperio de los algoritmos?

¿Qué es La izquierda ante el tecnofascismo?

Mi impresión es que si no es la izquierda la que toma la conciencia radical de la subversión del orden civil de la sociedad occidental contemporánea, no lo va a hacer nadie. Y estamos ante una transformación subterránea que no vemos porque todos seguimos con nuestras vidas, hacemos nuestros planes, nos vamos de vacaciones, pero, mientras tanto, lo que está cambiando es de una profundidad supersónica en términos de radicalidad de época. Es decir, una revolución de un impacto que trasciende cualquier otra etapa anterior —ya sea la revolución industrial, la imprenta, o la que queramos— por una razón de magnitud, de poder, de capilaridad social y de alcance.

Nos afecta a todos todo el tiempo, en todas partes.

Nos afecta en todos los órdenes de la vida y con una intencionalidad política, de control social y de reaccionarismo en términos contrailustrados, antiilustrados. Estamos ante una auténtica contrarreforma. 

No tenemos constancia histórica de una nueva tecnología que haya cambiado nuestra relación con el mundo de forma tan violenta, tan inmediata y tan invasiva como las redes sociales y la IA

Por eso hemos hablado tanto de tecnofeudalismo, identificando a los dueños de las tecnológicas como señores feudales. Habla de una vuelta a la Edad Media, cuando la iglesia era el dogma que todo lo controlaba…

Sí, algo por el estilo. La sensación es que la inteligencia artificial generativa puede estar convirtiéndose en la nueva fuente de información y conocimiento, cuando en realidad es sólo un instrumento poderosísimo de predictibilidad estadística. No piensa, no razona, no imagina, no fantasea, sólo calcula. Y confiamos en el cálculo creyendo que va a acertar sin saberlo, damos el crédito a una máquina sin ninguna forma de verificación por nuestra parte, y sin capacidad de acceder a las tripas de las grandes tecnológicas,  que siguen siendo de una extrema opacidad, aunque hoy ya sabemos que mienten porque ha habido personas valientes, particularmente mujeres, que habiendo estado dentro de esas operativas han decidido contar las mentiras, los fraudes, las campañas de marketing y la profunda ignorancia que las mismas grandes tecnológicas tienen sobre lo que han puesto en marcha, sin tener la seguridad de que eso era fiable, era seguro y no iba a generar consecuencias peores de las que ellos mismos imaginaban.

¿Las tecnológicas no buscan el bien común, solo ingresos por publicidad?

Es fundamentalmente un negocio que está vestido de bien común. Pero es un disfraz, una grandísima y gigantesca campaña de marketing que hemos aceptado porque incluso reproducimos su lenguaje. Sin ir más lejos, decimos inteligencia artificial, a pesar de que ni es inteligencia ni es artificial. Utilizamos el lenguaje que ellos nos han metido y, en buena parte, la responsabilidad es también de los medios, ya que de forma muy acrítica han aceptado difundir los informes, las noticias, la propaganda.

El Estado social de derecho es el único instrumento que los pobres tienen para frenar la codicia de los poderosos, de los ricos, de las grandes empresas

¿Es una paradoja que la izquierda, la socialdemocracia, sea la que pide una regulación y la que defiende la institucionalidad democrática?

Efectivamente, porque la única vía de protección de los intereses de la mayoría se llama Estado. El Estado social de derecho es el único instrumento que los pobres tienen para frenar la codicia de los poderosos, de los ricos, de las grandes empresas, y ahora estamos en un momento, sobre todo desde que Trump llegó a la presidencia por segunda vez, en el que vemos algo que no había sucedido jamás en la historia: la concentración en un único mando en la Casa Blanca del mayor poder económico y tecnológico y el control de la comunicación mundial. ¿Cuál es la única respuesta que tenemos ante esto? El Estado, la ley y la fiscalización, porque esas empresas han crecido y se han nutrido de cantidades ingentes de dinero público, por lo que es legítimo que el Estado haga eso. Y cuando digo Estado quiero decir Unión Europea, siempre en clave internacional, pues España sola no puede hacer absolutamente nada, más allá de liderar esa respuesta a la codicia, la prepotencia y el control social de esas grandes tecnológicas. 

Estamos ante una transformación subterránea que no vemos porque todos seguimos con nuestras vidas

¿Se puede poner freno a las tecnológicas a estas alturas?

El origen del libro está en algo que me inquieta mucho: que las élites intelectuales, políticas y culturales no hemos trazado el nivel de toxicidad que difunden las redes porque a nosotros no nos llega. No sabemos qué entra en el móvil de la inmensa mayoría de la gente, que no tiene los instrumentos de prevención intelectual, de distancia crítica o de conocimiento para saber qué es lo que le está llegando. Porque, claro, tú no vas a entrar si te mandan mensajes racistas o misóginos, por lo que el algoritmo deja de hacerlo y te mandan, no sé, ecomensajes, en los que sí entras. 

¿Por eso, en última instancia, estamos hablando de una lucha entre las clases medias o más preparadas y las populares?

Yo creo que ahí hay un eje real, sí. Y puede sonar mal, hay que decirlo con cuidado, porque nosotros, desde las élites intelectuales, también somos víctimas de la superchería, de los engaños y las trolas, aunque en otra magnitud, puesto que tenemos otro instrumental para poder defendernos de la superstición o del sesgo claramente exagerado. Pero otras personas no lo tienen, están ocupadísimas saliendo de trabajos de nueve o diez horas, volviendo a casa en otra hora y media de Metro. ¿De verdad van a preocuparse de averiguar si lo que les llega es verdad o no? 

Si alguien tiene la capacidad para revertir, reformar, corregir, o rectificar lo que el turbocapitalismo genera, evidentemente es la izquierda

Ahí es donde tiene que intervenir el Estado…

Los poderes del Estado, así es. Por primera vez en mi vida entro en una etapa menos optimista en términos globales, porque el nivel de penetración en la estructura íntima y orgánica del Estado de todas estas plataformas es altísimo. Hacienda, sanidad, educación...  todas las instituciones del Estado dependen de los servicios que prestan las grandes tecnológicas y, por lo tanto, ¿cómo coño vas a ponerle una multa de 30.000 millones de euros a quien incumpla la regulación de la UE si te puede dejar sin las conexiones de citas para la sanidad? ¿Te imaginas qué caos se instala en un Estado que tenga un error estructural en el sistema de citas de la sanidad? ¿O de tráfico o de controladores aéreos? Estamos totalmente sometidos, hemos aceptado porque tiene muchas ventajas, pero al no haber participación del Estado en ellas, nadie controla lo que puedan o dejen de hacer. Mi punto de pesimismo más fuerte es que el enemigo está dentro y dependemos de él orgánicamente como Estado. ¿Cómo vas a ponerle freno y límites, hacerle cumplir las normas, y no dejar que las chicas sean desnudadas con los instrumentos de la IA? ¿Cómo vas a hacerlo si dependes de ellos para la actividad ordinaria de las instituciones públicas? 

¿Llegamos tarde?

Me temo que sí. Tampoco quiero ponerme tan pesimista como para creer que esto es irreversible, porque entonces no estaríamos tantos pensando y escribiendo sobre esto, pero la batalla es tremenda, porque el poder de las grandes tecnológicas contra el que se tienen que movilizar los poderes públicos es descomunal, no hay comparación con cualquier otra época anterior de la historia. 

Si algo quiere este libro, es incentivar una toma de conciencia crítica sobre la deficiencia de una apariencia de conocimiento que en el fondo es un simulacro

¿La derecha no va a mover un dedo para cambiar la situación porque está donde quería?

Si alguien tiene la capacidad para revertir, reformar, corregir o rectificar lo que el turbocapitalismo genera, evidentemente es la izquierda. Lo cual no quiere decir que no pueda asomarse la derecha, pero como no tome la iniciativa la izquierda —y hablo de socialdemocracia y a la izquierda de la socialdemocracia—, esto va a seguir tranquilamente. Nos llamarán alarmistas, catastrofistas y apocalípticos, cuando el apocalipsis ya está aquí. 

¿Socializar las plataformas y la inversión es ahora mismo el estándar mínimo del reformismo de izquierdas?

Si no es por esta vía, ¿qué otra tenemos? Es decir, o toman conciencia los poderes públicos y la UE interviene para tomar la iniciativa e interceptar toda la toxicidad que generan en términos de comunicación, información, sociabilidad, difusión cultural, propaganda y contrapropaganda, o no lo va a hacer nadie.

¿Desinfectar las redes de tanta toxicidad debe ser un servicio público como limpiar las alcantarillas?

Sí. Hay que entender que es una infraestructura crítica, dependemos de ella y está en nuestras vidas como el agua, la luz o el servicio de basuras. Pero claro, ha llegado a tal velocidad que nadie ha sabido enfrentarse a eso. Y, si ellos actúan dentro de la ley de la selva, es porque hubo algunos errores que vienen desde la era Clinton y la incapacidad de entender qué coño estaba pasando. Aunque esa pantalla la hemos superado ya, y ahora sí sabemos.

¿Cómo vas a ponerle una multa de 30.000 millones de euros a quien incumpla la regulación de la UE si te puede dejar sin las conexiones de citas para la sanidad?

Asegura que este fascismo lo hace mucho mejor que el del siglo XX.

Sí señor. Porque es divertido, porque no lleva armas, no tiene uniformidad militar, no hay susto, todo es jijijajá, ir mirando vídeos y pantallas y aquí no está pasando nada. Lo están haciendo muy bien y, nosotros, mientras tanto, ¿qué hacemos? Seguir cada día la chorrada que toque de Trump, como si fuese inocente o inocua, mientras van pasando las cosas y no ponemos la atención sobre cuál es el centro y el eje de un programa de izquierdas para combatir la intromisión y la deformación de la tradición ilustrada de la que es hija la UE. Porque ellos están combatiendo esa tradición a saco y lo dicen abiertamente, no engañan a nadie.

Es ese "fascismo cool", como lo califica, que se escuda en la libertad de expresión…

Eso es lo que reclaman los jefes del imperio que están en la Casa Blanca, que no es otra cosa que el ejercicio de la impunidad de un poder que no tiene contrapeso. En términos geopolíticos sí, con China o India, pero en términos de oferta de productos, de consumo, no hay contrapartida. 

¿Por eso la socialdemocracia necesita recuperar el swing?

Miguel Lorente: "Muchos se han hecho más fachas a través de las redes sociales, nadie más progresista"

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Sí. Contenido agresivo, poderoso, combativo, convencido, sin miedo. Este es un peligro real de retroceso a una época preilustrada, está en marcha una contrarreforma. Por eso, tenemos que discutir obviedades como que no se puede llamar chupapollas a una periodista televisiva, pero resulta que no solo es eso, sino que hacen de todo. ¿Hemos de discutir que eso no se puede tolerar, de verdad hemos de volver a eso?

¿Cómo salimos de esta maraña de redes sociales, IA y desconfianza en los medios de comunicación?

La única vía está en los procesos de reeducación civil, que es como ha funcionado la historia siempre. Es decir, darse cuenta del error en el que uno estaba, rectificar y aprender a convivir con cosas tan poderosas como las nuevas tecnologías digitales. Porque no tenemos constancia histórica de una nueva tecnología que haya cambiado nuestra relación con el mundo de forma tan violenta, tan inmediata y tan invasiva como las redes sociales y la IA. Además, porque la IA generativa es un simulacro de conocimiento, es banal, es papilla. Si algo quiere este libro, es incentivar una toma de conciencia crítica sobre la deficiencia de una apariencia de conocimiento que en el fondo es un simulacro.

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