Crisis de refugiados

Vías seguras para huir de la guerra

Vías seguras para huir de la guerra

Belén Alarcón (Roma)

Nahkle Abboud tiene 29 años. Nació en la ciudad siria de Homs, donde cuenta que vivió 24 años en paz, “completamente en paz”, remarca. En el año 2011, tras el estallido de la primavera árabe, Nahkle abandonó su ciudad natal. Así relata cómo fueron para él esos momentos: “Empezaron a llegar personas extrañas que, en el nombre de dios, de la revolución, del Islam, de Al Qaeda y de otras muchas cosas, comenzaron a presionar al Gobierno para que les diera lo que querían, pero el Gobierno no quiso hablar con los terroristas y así llegó la guerra”. Cuando los enfrentamientos entre los rebeldes y las fuerzas leales a Bashar Al-Assad se intensificaron, partió hacía Damasco, donde asegura que la situación era más tranquila que en Homs: “He visto a personas que asesinaban diciendo hacerlo en nombre del Gobierno, hacían fotos de los cuerpos y las enviaban a Al Jazzera o Al Arabiya para luego decir: 'El Gobierno está matando a la gente”. Este joven, cristiano ortodoxo, cuenta que antes de la revolución nunca pensó en una realidad diferente para su país porque, asegura, “la paz es la mejor situación posible”. Considera que “han destruido Siria en el nombre de la primavera árabe”.

Nahkle Abboud

Como primogénito, Nahkle sentía la obligación de ayudar a su familia. Después de años de guerra habían perdido sus trabajos y no contaban con recursos económicos. En Damasco encontró un trabajo como árbitro de baloncesto hasta que, hace cinco meses, se trasladó a Beirut. Allí fue invitado por voluntarios de algunas asociaciones humanitarias para formar parte de un proyecto piloto que lo traería a Italia, evitando que cayera en manos de traficantes de personas o esquivando un peligroso viaje a través del mar. Ha llegado solo, dejando atrás a su familia, pero con la esperanza de algún día poder vivir todos juntos en Italia.

Un modo seguro y legal de llegar a Europa

Él es una de las 93 personas de origen sirio que el pasado 29 de febrero llegaron a Italia procedentes del Líbano, muchas de ellas del campo de refugiados de Tel Abbas, en el norte del país. Aterrizaban en el Aeropuerto de Roma-Fiumicino después de un viaje seguro y legal, trasladándose de un pasado marcado por la guerra a un futuro lleno de una esperanza que puede leerse en sus ojos. 24 familias, con 41 menores, que pisaban suelo europeo con un visado humanitario en la mano, sin el temor de ser arrestados o quedar atrapados en alguna frontera o muro de nuestro continente.

Esto ha sido posible gracias a los corredores humanitarios. Un proyecto piloto –el primero de este tipo en Europa– impulsado y financiado por tres asociaciones cristianas: la Comunidad de Sant'Egidio, la Federación de Iglesias Evangélicas en Italia (Fcei) y la Mesa Valdense. Hecho realidad después de meses de negociaciones hasta lograr firmar un acuerdo con el Ministerio de Asuntos Exteriores y el Ministerio del Interior italianos.

El pastor Luca Maria Negro, presidente de la Fcei, cuenta a infoLibre la génesis de esta iniciativa, que nace en la isla de Lampedusa: “En mayo de 2014 la Fcei puso en marcha un proyecto llamado Mediterranean Hope, con un observatorio sobre las migraciones, justo allí, en Lampedusa, donde se producen llegadas continuas y por desgracia también naufragios”. Decidieron no solamente realizar una misión de vez en cuando, sino instalarse en la isla con operadores fijos en el terreno desde hace dos años. “Físicamente, asistiendo con un sentimiento de impotencia a todas las personas que llegan en estas barcazas, personas desesperadas en manos de un mar que no siempre es amigo y de traficantes de seres humanos, nos dijimos: '¿Es posible que no exista una alternativa para quien necesita huir de la guerra?”.

Y así nacieron estos pasillos humanitarios que prevén la llegada a Italia de mil refugiados en dos años. Personas que, como este primer grupo, son sirios que escapan de la guerra procedentes de las ciudades de Homs, Alepo, Hama o Damasco, concretamente 600 personas. También arribaran desde Marruecos otras 150 de países subsaharianos afectados por guerras civiles y diferentes tipos de violencia, así como de 250 de Etiopía.

Pero, ¿cómo se elige a las personas que pueden beneficiarse de esta vía segura para llegar a Europa? Las organizaciones promotoras del proyecto coinciden en señalar que la selección se hace siguiendo criterios de vulnerabilidad: aquellos más necesitados, expuestos a riesgos, familias con hijos, personas con enfermedades, etc. Desde la Comunidad de Sant'Egidio explican la importante labor de los voluntarios que están en el campo para señalar a las personas que necesitan huir de su situación actual y escapar hacía una realidad mejor. “El último periodo ha sido muy intenso en todo el Líbano, no solo en Beirut. Hemos tenido muchas notificaciones. Incluso nos han llegado algunas desde Italia”, apunta Daniela Pompei, responsable de servicios para los inmigrantes de esta comunidad católica.

Una de las organizaciones que convive y trabaja día a día con los refugiados es la Comunidad Papa Juan XXIII. Desde 2013, voluntarios de la Operación Colomba han estado con ellos en el mismo campo del que procedían buena parte de estas casi 100 personas y que ahora ha sido completamente desalojado. Alberto Capannini, uno de los responsables de esta operación, acaba de volver a Italia después de tres años en Tel Abbas: “Vivíamos con ellos, en tiendas como las suyas, intentando no dejarles solos frente a esta violencia enorme, la violencia de la guerra”, dice.

Capannini nos da más detalles de cómo era la vida en este campo y las vidas de las 70 personas que lo habitaban: “Han escapado de Siria, han escapado de la guerra. Cuentan que huyeron de noche, bajo el fuego de soldados que intentaban matarlos. Es la historia de quien lo ha perdido todo, de casas destruidas en ciudades completamente destruidas”.

Estos voluntarios facilitan la convivencia entre los refugiados sirios y la población local libanesa, creando ocasiones de diálogo y reduciendo el riesgo de ataques o violencia. “Lo que hacíamos principalmente era vivir con ellos, les ayudábamos a llevar a los niños a los hospitales, también con la financiación, porque ninguno se podía permitir pagar las curas, y ayudarles si surgían problemas con los libaneses”, cuenta Alberto, que añade: “Para tener el permiso de residencia como refugiado había que pagar 200 dólares. De las personas que conozco del campo, ninguna tenía el documento en regla, por lo que, salir fuera podía significar ser arrestado, así que muchos de ellos no se movían de allí desde hacía años”.

En este campo también ha conocido a personas que decidieron escoger la vía del mar para empezar una nueva vida, personas que lo han logrado, personas que han muerto en el intento y personas que están a punto de embarcar. “He intentado de todos modos explicarle que es muy peligroso, que no debe partir”. Se refiere a un joven de la ciudad de Homs que perdió a su mujer durante la guerra y tiempo después se enamoró de una voluntaria alemana que trabajaba en una asociación de escuelas para niños. Se casaron, pero el matrimonio que contrajeron en Líbano no fue reconocido por “problemas burocráticos”. Él ha decidido reunirse con su mujer pasando por Turquía hasta llegar a las islas griegas. “Es una locura, ni siquiera una persona casada con alguien de Alemania, la nación más rica de Europa, tiene una alternativa”, sostiene este voluntario.

Para los primeros beneficiarios de los corredores humanitarios estas historias forman parte de un pasado del que se sienten felices de huir, aunque, a su vez, sienten una profunda tristeza por los seres queridos que dejan atrás. Ahora, para su futuro solo quieren la paz, vivir en libertad, tener un trabajo, una vida normal, llevar a sus hijos a la escuela y al hospital cuando se pongan malos.

“Bombardearon nuestra casa, no ha quedado nada”

Así lo sienten Yasmien y Suliman Alhourani, padres de la pequeña Falak, de siete años. Ellos, junto a su otro hijo, Hussein, un año menor, fueron la primera familia en llegar a Italia a través de este programa humanitario el pasado 4 de febrero. Farak tiene un tumor ocular que le ha ocasionado la pérdida de un ojo. Llegó a Roma antes que el resto para iniciar un tratamiento de quimioterapia en el hospital Bambino Gesù e impedir que la enfermedad afecte a su otro ojo. Sus padres aseguran que en Beirut no hubiera sido posible recibir este tratamiento.

Encontramos a esta familia, también procedente de la ciudad de Homs, a las puertas de la lección de lengua y cultura italiana ofrecida gratuitamente por la Comunidad de Sant'Egidio. Ellos, como muchos otros, tuvieron que abandonar su hogar en 2012, cuando la guerra había hecho su vida allí insoportable: “Estaba todo destruido. Todo era muy caro. No había seguridad, arrestaban a todo el mundo, en todas las partes. Tuvimos que dejar nuestra casa y, cuando lo hicimos, el Gobierno la bombardeó. No ha quedado nada de nuestro hogar”, cuenta la madre, Yasmien, que añade: “Nos refugiamos en el aula de una escuela en Homs, donde estuvimos viviendo durante un año y medio, y después nos fuimos a la periferia de Trípoli (en el norte del Líbano), alquilamos un pequeño garaje donde hemos estado viviendo los cuatro hasta ahora”. Allí, fueron señalados por el programa Mediterranean Hope de la Fcei para venir a Italia.

El padre, Suliman, que en Homs trabajaba como informático, sostiene que no han sido víctimas de persecuciones por parte de grupos terroristas como el Estado Islámico o Al-Nusra: “Donde vivíamos no estaba el EI, sino la guerra entre el Gobierno y los rebeldes. Pero fuera, en la periferia de la ciudad, estaba Al-Nusra”. La familia de su mujer se encuentra en Siria, mientras que la suya se ha desplazado hasta el Líbano. “Hemos podido hablar últimamente con mis familiares por WhatsApp, pero es todo demasiado complicado porque no hay electricidad y no pueden cargar el móvil”, dice Yasmien.

Recuerdan el nombre de cada una de las personas que les han ayudado a llegar hasta aquí y dan las gracias constantemente por “la posibilidad de tener una nueva vida, un documento y vivir en paz, lejos de la guerra”. Agradecen a estas asociaciones haberles evitado el viaje por el mar, aunque reconocen que nunca se hubieran montado en una barca porque es “demasiado peligroso”. Dicen que aunque la guerra termine no volverán a Siria. Ahora solo esperan encontrar un trabajo en Roma, que su hija pueda ir al colegio cuando acabe el tratamiento y tener algo tan simple, y complicado a la vez, como una vida tranquila y un futuro seguro para sus hijos.

Como Nakhle, ellos forman parte de las personas que tras su llegada a Italia se quedarán en la misma capital, bajo la asistencia de la Comunidad de Sant'Egidio por un período que no está establecido, pero que puede rondar aproximadamente los seis meses. Durante este tiempo las asociaciones se encargan de hacer todo lo posible para su integración. Desde enseñarles la lengua, el italiano, hasta buscar una escuela para los niños y, lo más difícil, encontrar un trabajo para los mayores.

Los primeros refugiados han sido trasladados a casas o estructuras de acogida en diferentes puntos de la geografía italiana (Roma, Florencia, Turín o Trentino). Su visado humanitario, emitido por la embajada italiana en el Líbano, es de territorialidad limitada, lo que significa que todas las personas que llegan al país transalpino con este programa deberán rehacer su vida aquí, y no en otro país europeo. “Esto no es algo fácil”, admite el presidente de la Federación de Iglesias Evangélicas, “sea por el trabajo, que en Italia es más complicado encontrar, sea porque algunos tienen familiares en otros países”. Así, los 23 refugiados que están bajo la asistencia de esta federación han sido alojados en una casa de acogida en la localidad de Aprila, a unos 50 kilómetros de Roma. “Escogimos este centro porque, antes de poner en marcha el proyecto, algunas industrias de esta área nos contactaron para decirnos que estaban interesados en dar trabajo a alguno de los refugiados”, sostiene el presidente de la Fcei.

Coste cero para el Estado

Italia ha sacado pecho por este programa y se ha propuesto como un ejemplo para el resto de países europeos en la búsqueda de soluciones al drama de los refugiados. El presidente de la República, Sergio Mattarella, decía este jueves que “en la acogida de quien proviene de los corredores humanitarios”, Italia “se confirma a la vanguardia de la solidaridad”. El pasado lunes 29, recibiendo a los refugiados en el Aeropuerto de Roma-Fiumicino, el ministro de Asuntos Exteriores italiano, Paolo Gentiloni, hablaba de un “contagio positivo” para otros países: “También es un mensaje para Europa: para hacer frente a esta crisis migratoria, no hacen falta nuevos muros o nuevas barreras”. En este momento, sostuvo Gentiloni, “necesitamos acciones diversas: multiplicar la cooperación con África, el alto el fuego en Siria, apoyar a los países que más refugiados acogen, como Líbano, Jordania o Turquía, así como más cooperación a nivel europeo”. Reconocía que los números de este proyecto son limitados y que esta no es “la solución” al drama migratorio, pero sí parte de ella. Un tema complicado que necesita múltiples respuestas .

Campo de refugiados de Tel Abbas

Los corredores humanitarios, aplaudidos así como una de las salidas a esta crisis, han sido posibles gracias a la acción de la sociedad civil, en concreto de esta cooperación ecuménica, realizada por cristianos de diversas iglesias. De las arcas del Estado no ha salido un euro para financiar el proyecto, aunque ha sido necesaria su intermediación para obtener los visados humanitarios. Los fondos del programa se obtienen principalmente gracias a la asignación tributaria, a través del IRPF, del llamado “ocho por mil” de la Iglesia Valdense. Con este dinero se ha pagado el traslado a Italia, los costes de integración y acogida así como la asistencia legal cuando presenten la petición de protección internacional.

Una iniciativa de la que nuestro país está intentando “contagiarse”. Desde la Comunidad de Sant'Egidio en Barcelona nos confirman que una copia traducida del protocolo de este programa humanitario será entregada próximamente a la Secretaría General de Inmigración y Emigración del Gobierno español. La propuesta de esta organización es llegar a un acuerdo con el Ejecutivo para reubicar a algunas de las personas que lleguen desde Italia a través de este canal seguro, aunque no descartan crear un pasillo humanitario también hasta España. Pequeñas soluciones que, sumadas, pueden suponer una importante contribución para, algún día, no tener que ver a más personas morir en nuestras costas o quedarse atrapadas en nuestras fronteras.

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