Los cantos de la resistencia palestina
“Nací en Jerusalén y crecí en Gaza. […] Como creo que todos sabéis, la población de Gaza lleva seis meses sufriendo un genocidio brutal. Y la población de Palestina lleva setenta y cinco años sufriendo una ocupación brutal”.
El 13 de abril de 2024, Saint Levant, alias Marwan Abdelhamid, electriza el codiciado festival californiano de Coachella. Tras unos diez minutos de concierto, el cantante se dirige al público reunido bajo la carpa Gobi, en medio del desierto al este de Los Ángeles (Estados Unidos). “No soy solo yo quien está en el escenario, es todo el mundo árabe”. Ante él, las banderas palestinas ondean sobre las cabezas, algunas cubiertas con una kufiya, y resuenan los vítores. “Nosotros, los palestinos, sabemos bien lo que es la resiliencia: volveremos y reconstruiremos”. Y la música vuelve a sonar.
Saint Levant es hoy “un símbolo de la resistencia palestina”, señala el diario libanés L’Orient-Le Jour, que destaca cómo la violencia de la represión israelí tras el 7 de octubre cambió brutalmente el estatus de quien hasta entonces era considerado un lover boy de moda. Ahora aprovecha todo el espacio mediático a su alcance para defender su tierra natal, que abandonó en 2007, cuando solo tenía 7 años.
“Su música se ha convertido en un grito de guerra para los defensores de la causa palestina”, insiste Cyril Sauvageot en su crónica La BO du monde en France Inter. “A medida que la guerra en Gaza se recrudecía, su discurso se endureció y sus intervenciones se volvieron más apasionadas. [… ] Políglota, es capaz de alternar en una misma canción el inglés, el francés y el árabe, lo que confiere a su música una dimensión universal”.
Tras un segundo EP titulado From Gaza with Love (2023), Saint Levant lanzó su primer álbum en la primavera de 2024, Deira, que toma su nombre del famoso hotel construido por su padre en Gaza, a orillas del mar. Las bombas del Ejército de Israel acababan de destruir el establecimiento, muy conocido entre los enviados especiales internacionales. El disco se abre con On This Land, a dúo con el grupo gazatí Sol Band.
“No hemos elegido vivir esta vida en el extranjero”, dice Saint Levant en inglés, y concluye, desafiante, su estrofa: “¿Creéis que podéis censurarnos?”. Sobre una melodía cautivadora de laúd, Sol Band añade en árabe: “Nunca olvidaremos a nuestros mártires y en mi patria siempre me encontrarás / Aunque bloqueen la plaza, aunque nos roben nuestro hogar, la tierra sagrada de Jerusalén”.
Saint Levant no es ni mucho menos el único artista exiliado que lleva la voz de Palestina por todo el mundo. En Deira, por ejemplo, invita al jovencísimo MC Abdul, que se dio a conocer ya en 2019, con 11 años, con su rap en inglés inspirado en Eminem. “Palestina lleva décadas ocupada / Es nuestro hogar desde hace siglos […]. Mis abuelos fueron expulsados y obligados a marcharse al campo de refugiados de Gaza / Nada ha cambiado. Nunca han podido volver”, clama en su freestyle Palestina, grabado en la primavera de 2021 entre las ruinas, consecuencia de los recientes bombardeos israelíes. Ahora afincado en Los Ángeles, sigue narrando las penurias y los sueños de Gaza.
Poco después del 7 de octubre de 2023, la cantante palestino-chilena Elyanna publicó en sus redes sociales Olive Branch, una balada pacifista dirigida en árabe a la tierra de su infancia: “Me faltan las palabras, ¿qué más puedo decir? / Mis lágrimas se han secado, mi corazón está destrozado / Estoy lejos, pero rezo por ti / Te envío paz, como una rama de olivo”.
En sus cuentas de TikTok e Instagram, cada una con más de un millón de seguidores, sus publicaciones están salpicadas de emojis de sandía —símbolo de resistencia a la ocupación de los territorios palestinos—, así como de palomas, ramas de olivo y corazones blancos. A quien apodan la “Rihanna árabe” por su voz, utiliza el término “Palestina” cuando se refiere a Nazaret, ciudad del norte de Israel donde nació en 2002, en el seno de una familia cristiana.
Las profundas raíces de la resistencia en el exilio
Para los palestinos y palestinas, la resistencia musical en el exilio comenzó ya con la Nakba, la “catástrofe” de 1948. Más de la mitad de quienes vivían en el territorio de Palestina bajo mandato británico abandonaron entonces sus tierras, voluntariamente o por la fuerza.
Al año siguiente, el Estado de Israel ocupó el 78% de la Palestina bajo mandato británico, mientras que Egipto tomó el control de la Franja de Gaza y Jordania el de Jerusalén Este y Cisjordania. “Al no poder ya acceder a sus propios territorios, el Gobierno palestino se trasladó íntegramente a El Cairo a finales de octubre de 1948 y se convirtió en un Gobierno en el exilio, desprovisto de base territorial”, resume el artículo de Wikipedia.
Palestina se erigió desde entonces como un elemento central del panarabismo en pleno auge, símbolo de la necesaria lucha contra el colonialismo y la ocupación extranjera. “En nombre de nuestra unión, levántate, oh lucha, y dile a los sionistas agresores que la bandera del mundo árabe ha encontrado sus estrellas desde el año 1948”, proclama, por ejemplo, la famosa canción Sawt al-Gamâhîr, escrita por el egipcio Hussein El Sayed, mientras que sus compatriotas cantantes, Mohammed Abdel Wahab y Abdelhalim Hafez, exaltan el espíritu nacionalista. Desde Beirut, la maronita Fairuz canta Volvemos con una orquestación de los hermanos Rahbani.
La tendencia cobra aún más fuerza durante la Guerra de los Seis Días, en 1967, que provoca una nueva ola de éxodo. “Las ocupaciones de Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza por parte del ejército israelí, vividas como auténticas tragedias, serán una nueva fuente de inspiración”, subraya el investigador y activista Emmanuel Dror. Fairuz dedica un álbum a la ciudad santa (Jerusalem in My Heart), que se abre con La flor de las ciudades, una sublime endecha que evoca sus mezquitas, iglesias y sinagogas. El disco se cierra con Algún día volveremos: el regreso se menciona ahora en futuro, señal de que esa perspectiva se aleja.
Creada en 1964, la Organización para la Liberación de Palestina deja su huella en la resistencia cultural que acompaña a su lucha armada
En El Cairo, la derrota de los ejércitos árabes sienta mal y se alzan algunas voces disidentes para criticar a Nasser y apoyar a los “hermanos” palestinos. “Oh, palestinos, quiero ir y estar con vosotros, con las armas en la mano”, exclama el cantante Cheikh Imam, acompañado de su laúd árabe, en Oh, palestinos. “La canción se hizo tan popular que, cuando el joven Yasser Arafat visitó El Cairo en agosto de 1968, insistió en reunirse con el jeque, que se la cantó”, cuenta el historiador palestino-estadounidense Joseph Massad.
La Organización para la Liberación de Palestina (OLP), creada en 1964, se impone entonces y deja su huella en la resistencia cultural —y, por tanto, musical— que acompaña a su lucha armada. La OLP, expulsada de Jordania tras el sangriento Septiembre Negro de 1970, se instaló en el sur del Líbano, y fue allí donde se produjo el primer videoclip palestino, rodado por el pintor Ismaïl Shammout, su director del departamento de artes y cultura nacional. La joven cantante Zeinab Shaath, de 17 años, interpreta con una simple guitarra y una kufiya al cuello, The Urgent Call of Palestine, una balada al estilo de Joan Baez.
Es el sencillo del único disco (un EP) publicado por el departamento cultural de la OLP. Los poetas Mou’in Bsissou, Mahmoud Darwich y Abd al-Wahhab al-Bayati escribieron las letras de los otros tres temas (Resist, I Am an Arab, Take Me Back to Palestine). Cantar en inglés, en un estilo folk de moda en Occidente, tenía como objetivo, por supuesto, dar visibilidad a la lucha más allá del mundo árabe y de los países socialistas, que eran entonces los dos principales apoyos y altavoces de la OLP.
Tras la guerra de Yom Kippur se acelera el reconocimiento internacional de la OLP: la organización es admitida por las Naciones Unidas como miembro observador en 1974 y designada “única y legítima representante del pueblo palestino”. Ese mismo año, el sello estadounidense Folkways —fundado por un judío asquenazí en Nueva York— publica así la recopilación Palestine Lives! Songs from the Struggle of the People of Palestine (1974).
“Lo que se escucha en este disco es un eco —el eco de una fase crucial de la larga lucha del pueblo palestino”, se puede leer en el libreto. Este disco reúne canciones revolucionarias de la OLP, popularizadas por las emisoras móviles que recorrían Jordania y las emisoras de propaganda instaladas en El Cairo, el Líbano, Irak y Siria. “[Estas canciones] se dirigían tanto a los palestinos de la diáspora como a los que vivían bajo la ocupación”, precisa Joseph Massad.
En este disco figura, entre otras, Beladi (Mi patria), el nuevo himno de Palestina, atribuido a los miembros de Fatah en Amán. “El pueblo ha decidido liberarte / De las manos de los opresores […] / Aunque el camino sea largo y difícil / La victoria es nuestro único destino / Marcharemos bajo las balas / No temeremos a la muerte”.
A lo largo de la década de 1970 se publicaron otros discos del grupo de la OLP en sellos discográficos activistas de Europa Occidental, que también editaban a artistas comprometidos de renombre como Mustafa al-Kurd. En cambio, Abu Arab, a pesar de ser considerado el “poeta de la revolución palestina” y de estar muy vinculado a la OLP, nunca consiguió que se publicara nada suyo fuera del mundo árabe, a pesar de haber grabado más de 300 canciones a lo largo de seis décadas de una carrera desarrollada íntegramente en el exilio, después de ser expulsado junto a los suyos durante la Nakba.
En las ciudades de la Cisjordania ocupada, surge una pequeña tendencia rockera a finales de los años 60 y principios de los 70. Estos grupos cantan sobre todo en inglés, para imitar a sus ídolos. Pocos nombres han pasado a la historia, al no haber podido grabar discos: no había ni estudios ni discográficas, y ese repertorio occidental no contaba con el favor de la OLP como para poder grabar con sus aliados.
Los Al-Bara’em (los brotes) son una excepción, con su rock melancólico de influencias orientales y tintes psicodélicos. Una especie de prefiguración del sonido palestino “moderno”, híbrido, que florecerá durante la década siguiente. “Tras el Septiembre Negro de 1970, parece que Al-Bara’em se dedicó por completo a la interpretación de composiciones originales en árabe”, relata Sama’an Ashrawi, hijo de uno de los miembros, quien les dedicó un documental.
Este giro quizá les salvó del olvido, antes de que la aventura llegara a su fin en 1976, tras una década de actividad, cuando casi todo el grupo se marchó a Estados Unidos, agotado por el acoso de las autoridades israelíes. Sama’an Ashrawi ha rescatado cuatro canciones de Al-Bara’em, que ha publicado en YouTube. Títulos con nombres evocadores: Camino, Paz, Revolucionario, Amanecer.
Una vez en Estados Unidos, solo un miembro de Al-Bara’em siguió haciéndose oír, mientras trabajaba en el taller de zapatería que su hermano había abierto en Míchigan. Acompañado de una guitarra o un laúd árabe, George Kirmiz se convirtió en una de las voces palestinas más escuchadas por los suyos gracias a las copias y recopias piratas de sus casetes.
Su canción Mi nombre es el pueblo palestino (1981) se escuchó por todas partes, desde los campos de refugiados hasta las manifestaciones, a lo largo de los años 80, y en YouTube se pueden encontrar multitud de versiones y reinterpretaciones. Su adaptación del poema Carné de identidad de Mahmoud Darwish también ha pasado a la historia, como evocación de la opresión impuesta por Israel a los árabes que viven en su territorio. Los cinco álbumes autoproducidos de este siriaco nacido en el barrio armenio de Jerusalén son otros tantos ejemplos de un llamamiento al sumud (resistencia).
En 1982, Israel invadió el sur del Líbano para erradicar el “Fatah Land” de la OLP, con el apoyo de milicias cristianas. Esta guerra sangrienta conmocionó a los palestinos, pero también a la opinión pública internacional. El grupo Sabreen (los pacientes), con sede en Jerusalén Este, lo evoca en su segundo álbum La Fumée des volcans, que sale a la venta en casete. Aunque este soporte barato y reproducible hasta el infinito libera algo la producción musical palestina, su audiencia apenas traspasa los territorios ocupados e Israel.
¿Cómo transmitir de manera sutil nuestro mensaje de afirmación de la identidad palestina?
Nada que ver con la repercusión alcanzada por los artistas libaneses, con Marcel Khalifé y Ahmed Kabour (con su éxito Ounadikom) a la cabeza, que abogan por la causa del pueblo palestino frente a Israel, cuyo ejército también ocupa su país, sumido en una guerra civil. Sus canciones dan la vuelta al mundo y su estilo, que combina influencias orientales y occidentales, inspira el repertorio palestino.
Desde Beirut, Julia Boutros, cristiana maronita como Marcel Khalifé, reaviva la llama del panarabismo a finales de 1987 con ¿Dónde han ido a parar los millones?, acompañada por la siria Amal Arafa y la tunecina Sawsan Hammami.
“Dios está con nosotros, él es el más fuerte / Es más grande que los hijos de Sión […] / El fuego de la revolución se hace más fuerte / Somos los vencedores”. La letra recuerda el ímpetu nacionalista de los años 50 y se convierte en la banda sonora de la primera Intifada, que partió de la Franja de Gaza. He aquí una versión de este gran éxito difundida en su momento por la televisión iraquí.
En Jerusalén Este, Sabreen lanza el precioso álbum La muerte del profeta. Es el comienzo del reconocimiento internacional, que permitirá al grupo financiar la creación de un centro homónimo en el barrio de Sheikh Jarrah. El estudio Sabreen rápidamente se convirtió en un lugar imprescindible para los músicos palestinos de todo Oriente Próximo. Cerrado en 2022, el espacio ha reabierto y hoy intenta sobrevivir.
El grupo Al-Fajr ("el amanecer"), exiliado en Kuwait, sigue los pasos de Sabreen. “Por un lado, estaban las cosas autorizadas por la OLP, que eran ultranacionalistas y defendían abiertamente la revolución y la resistencia”, recuerda el guitarrista Bashar Shammout. “Por otro lado, había grupos como el nuestro y Sabreen que tenían un enfoque diferente. Nos preguntábamos: ‘¿Cómo transmitir de manera sutil nuestro mensaje de afirmación de la identidad palestina?’”.
Durante la primera Intifada, Israel persiguió a las voces palestinas disidentes. Como la de Riad Awwad, un joven electricista que grabó en su casa, junto a sus hermanas, una cinta titulada Intifada 87, en la que expresaba su deseo de libertad sobre geniales bases musicales improvisadas con el sintetizador. “En las calles, en las granjas, en las fábricas, lucharé, lucharé, lucharé, lucharé para liberar a mi pueblo y mi tierra”, canta en Soy de Jerusalén.
La policía confiscó rápidamente las 3.000 copias que sacó y Riad acabó en la cárcel, tal y como cuenta la reedición del sello Ma’Jazz Project. En aquella época, el famoso compositor palestino Suhail Khoury también fue encarcelado durante seis meses, después de haber sido torturado.
“Tras la primera Guerra del Golfo y los acuerdos de Oslo de 1993, el ‘proceso de paz’ anuncia una nueva era”, prosigue Emmanuel Dror. Como muchos, Sabreen cree que la paz es posible, tal y como narra su disco Les Colombes approchent (Se acercan las palomas, 1994). En 1996 y luego en 1998, una veintena de artistas se reunieron para cantar juntos El sueño árabe, un proyecto financiado por el acaudalado príncipe saudí Al-Walid ben Talal al-Saoud, siguiendo el modelo de lo que el Egipto de Nasser producía anteriormente para ensalzar la unidad árabe.
“El sueño árabe” se convierte en pesadilla
“Aunque la noche sea larga, el amanecer acabará llegando”, profetiza el tema que suena sin cesar en los países árabes durante la segunda Intifada… Como para conjurar el mal de ojo, mientras Oriente Próximo vuelve a sumirse en el caos. La represión armada de Israel se endurece, Ariel Sharon comienza la construcción de un inmenso muro de separación con Cisjordania y la colonización se acelera. En cuanto a los palestinos, se dividen entre partidarios de Fatah y de Hamás.
En este contexto sombrío, el rap se impone como el nuevo repertorio contestatario de la juventud palestina, revelador de los cambios culturales de una Palestina que ahora mira hacia el mundo entero. “Somos los negros de Israel […]. Vivimos bajo una ocupación física y mental”, proclama en 2005 Tamer Nafar, del grupo pionero de esta vigorosa escena, DAM, acrónimo de Da Arabian MC’s.
DAM, originario de Lod, un barrio pobre y cosmopolita de Tel Aviv, rapea sobre la rebelión en árabe y en hebreo —”para informar al otro bando”—, proclamando su vinculación tanto con la resistencia de antaño como con el rap “consciente” americano. En 2001, un amigo difundió sin su conocimiento su tema ¿Quién es el terrorista? en el ya desaparecido foro arabrap.net. Un mes después, el archivo MP3 se había descargado un millón de veces: los medios internacionales calificaron al grupo de “portavoz de una generación sacrificada”.
Antes daba unos 160 conciertos al año. Desde el 7 de octubre, solo he dado dos.
Sus letras son, en efecto, explícitas: “¿Cómo voy a ser yo el terrorista si vosotros me habéis quitado mi tierra? […] Nos matáis como matasteis a nuestros antepasados / Sois el testigo, el abogado y el juez / Si sois mis jueces, seré condenado a muerte / […] Me haces callar y gritas: “¿Pero dejáis que los niños lancen piedras?” […] Oprimís, matáis, nosotros enterramos […] / Y seguiré defendiéndome, / aunque me llaméis terrorista”.
Un cuarto de siglo después, DAM sigue siendo imprescindible, pero sufre de lleno las consecuencias de la guerra en Gaza. “Antes daba unos 160 conciertos al año. Desde el 7 de octubre, solo he dado dos”, se lamentaba Tamer Nafar en otoño de 2025, aunque su grupo nunca ha podido actuar en el enclave. Hoy en día, la polifacética escena del rap palestino está presente en todas partes, tanto en los territorios ocupados como en Israel. Gracias a Internet, su audiencia traspasa con creces las fronteras de Oriente Próximo.
En la primavera de 2021, los MC Daboor (de Jerusalén Este) y Shabjdeed (de Ramala) compusieron el himno de la Intifada de la unidad, Il est temps (Ya es hora), que arrasó en YouTube, acumulando rápidamente varias decenas de millones de visualizaciones. Aún hoy, este tema con su letra y su ritmo frenético, sigue enardeciendo a la juventud palestina allá donde se encuentre.
La diáspora tampoco se queda atrás, desde la península arábiga hasta Estados Unidos, pasando por Europa. “Pueden quitarnos nuestras tierras, pero nunca nos quitarán nuestra voz”, denuncia, por ejemplo, Shadia Mansour. Afincada en Londres, la “primera dama del hip-hop árabe” lleva mucho tiempo luchando contra la ocupación de Palestina. A principios de la década de 2010, su éxito Al-kufiyyeh 3arabeyyeh, que destaca el kufiya como símbolo de la lucha contra el imperialismo, hizo vibrar a los círculos pro-palestinos.
El dabke es nuestro pogo
Pero no solo está el kufiya: el dabke es el otro pilar de la identidad y la resistencia de Palestina. Tras la Guerra de los Seis Días, la OLP convirtió este baile colectivo levantino en una valiosa herramienta de su propaganda cultural. “Cuando golpeamos el suelo con los pies [al bailar el dabke], estamos diciendo que, por mucho que nos hayan dispersado, Palestina siempre permanecerá bajo nuestros pies”, confesaba hace unos años el folclorista Abou Hani.
“El dabke es nuestro pogo”, compara por su parte 47Soul. Este colectivo formado en Amán, que reúne a palestinos de diferentes lugares, lo ha convertido en la base de su “shamstep”, contracción de “dubstep” y “al-Sham” (el Levante, en árabe). Una fusión que se asemeja al estilo del sirio Omar Souleyman.
“Queremos contar la historia de la división de Palestina, de la Nakba de 1948 y de la diáspora, centrándonos especialmente en el Levante”, precisan sus miembros, que cantan en inglés y en árabe. El número 47 también es simbólico: en aquella época, Palestina aún existía y “en 1947, uno podía coger el coche y circular libremente de Damasco a Jerusalén, a Beirut y a Amán”.
“Mientras el resto del mundo se muestra indeciso, los palestinos no tienen más remedio que continuar la lucha… y componer canciones”, concluye Emmanuel Dror. Como la superestrella Mohammed Assaf, ganador de la edición de 2013 de Arab Idol, que creció en un campo de refugiados de Jan Yunis: “Levanta la cabeza […], Gaza llama, ¿y quién la oye? […] Tomad mi sangre y traedme la libertad […]. Aunque la injusticia se intensifique, protegemos su tierra”, exclama en enero de 2024 en Gaza la orgullosa.
Poco después del 7 de octubre de 2023, el cantante pop israelí Elkana Marziano reinterpretó irónicamente en hebreo uno de los mayores éxitos de Mohammed Assaf, Mi sangre es palestina. Toda una afrenta para los palestinos, ya que esta canción se convirtió, desde su lanzamiento en 2015, en “un himno de la resistencia”, que “sigue sonando por los altavoces en las manifestaciones de todo el mundo y ha servido de banda sonora a cientos de miles de vídeos de TikTok”, recuerda The New Arab.
Se desató una tormenta en las redes sociales, en la que se denunciaba la apropiación de este símbolo. “Primero nuestra tierra, ahora nuestra música”, comenta, por ejemplo, Hamzah, un gamer palestino-estadounidense con 10 millones de seguidores. Sin embargo, unos meses antes, esta canción había desaparecido temporalmente de todas las grandes plataformas de streaming. Las sospechas se centraron en la presión ejercida por el grupo sionista We Believe in Israel, muy activo ante los gobiernos y las empresas occidentales contra “el antisemitismo”.
En cambio, Infierno y caos, la canción belicista del dúo israelí de drill Ness & Stilla, nunca ha sido objeto de ninguna medida a pesar de su letra extremadamente violenta. “Todas las unidades de las FDI se preparan para desatar el infierno y el caos sobre vosotros / ¡Uno, dos, fuego!”, dice el estribillo. Se identifican objetivos concretos: los líderes de Hamás, Hezbolá y las Brigadas Al-Qassam —todos ellos asesinados desde su lanzamiento a mediados de noviembre de 2023—, así como Bella Hadid, Dua Lipa y Mia Khalifa.
Ambos raperos prometen además destruir “a los hijos de Amalek”, una referencia bíblica que originalmente designaba a los enemigos de los judíos, pero que la derecha radical israelí utiliza para referirse a los partidarios de Hamás y, por extensión, a todos los palestinos y palestinas (así como a quienes les apoyan). Esta canción, que tuvo una gran acogida, fue número uno en todas las listas de éxitos de Israel en 2024. En el mundo árabe, numerosos medios de comunicación la calificaron de "genocida".
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“La letra puede parecer dura. Se hace eco del sentimiento de una parte de la juventud israelí, señala Cyril Sauvageot, en France Inter. “Una generación que aún no había nacido cuando se firmaron los acuerdos de Oslo y que no ha conocido más que a Benjamin Netanyahu en el poder”. De hecho, han pasado más de tres décadas y las palomas de la paz que evocaba entonces el grupo palestino Sabreen no han dejado de alejarse a medida que las crisis se han agravado y se han acumulado las muertes.
Con motivo del 70º aniversario de la Nakba, Fairuz se lamentaba en ¿Hasta cuándo, Señor?. Pero la tendencia no se ha invertido, sino al contrario. A pesar de las desilusiones, algunos artistas se niegan a tirar la toalla. Como los raperos de DAM: “La música no puede detener una máquina de guerra, pero tiene un papel, por pequeño que sea”.
Traducción de Miguel López