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Entrevista

Camila Sosa Villada: "Para mí, el premio es estar viva, estar haciendo ficción de todo esto"

  • Las malas, novela por la que la escritora ganó el Sor Juana Inés de la Cruz, está impregnada de lo que ella llama "ética travesti" y un lenguaje que la autora ve como eminentemente trans
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Publicada el 08/12/2020 a las 06:00 Actualizada el 09/12/2020 a las 11:26
La escritora y actriz Camila Sosa Villada.

La escritora y actriz Camila Sosa Villada.

Tusquets

Cuando se anunció el nombre de la ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz, en el que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) reconoce la obra de mujeres escritoras desde 1993, hubo sorpresa. Era Camila Sosa Villada, argentina, nacida en La Falda, una pequeña ciudad de Córdoba, en 1982, que había debutado en la novela con Las malas en 2019. Contaba ya con una carrera en la interpretación, pero el mundo literario la consideraba aún una recién llegada. Con la sorpresa hubo también alegría: Las malas (Tusquets) se había convertido en uno de los libros del año en Argentina, y había sido muy bien recibido también en España. Además, el reconocimiento del jurado, por unanimidad, lanzaba un mensaje: en medio de la reacción tránsfoba, una creadora trans se hacía con uno de los premios más importantes de la literatura en español, ganado anteriormente por escritoras como Nona Fernández, Lina Meruane o Almudena Grandes. 

Para Camila Sosa Villada, el premio lleva consigo algunas cosas aparentemente sencillas: gracias a la dotación de algo más de 9.000 euros podía afrontar la compra de una lavadora e imaginar unas vacaciones futuras, en ese futuro sin pandemia todavía lejano. El capital simbólico importa menos, dice, cuando no se tiene capital, a secas. Pero el reconocimiento a Las malas supone también la celebración de la experiencia trans —la escritora habla de experiencia travesti, un término utilizado y reivindicado en Argentina y otros países de Latinoamérica—, a través de los carismáticos personajes de la novela, un grupo de mujeres trans que se reúnen en uno de los parques de Córdoba para ejercer la prostitución, y en casa de la tía Encarna, la figura materna de todas ellas, para cuidarse y curarse las heridas. Con Las malas publicada en una gran editorial y alabada por la crítica, con el premio para su autora, parece quebrarse por un momento el castigo a unas voces disidentes condenadas a menudo a guardar silencio. 

Pregunta. La editorial presenta este libro como completamente autobiográfico, y en la novela hay un juego también con eso. Sin embargo, usted insiste en que Las malas no es solo autobiográfica y contiene mucho de fantasía. ¿Cuál es la relación entre ambos elementos?

Respuesta. Cuando la gente insiste tanto en verlo como autobiográfico, yo lo que entiendo es que hay una pizca de transfobia detrás, que es la de no reconocer que una travesti puede inventar, y puede mentir, y puede jugar con el lenguaje a su antojo como se le dé la regalada gana. Yo inventé a esos personajes, inventé muchísimas situaciones del libro; otras, por supuesto, me pasaron. Yo lo que veo es: no le vamos a permitir a ella que se llame escritora, esto es una crónica de lo que ella vivió. Eso me molesta muchísimo, me siento agredida. Yo tuve esta discusión con Juan [Forn], el editor. Cuando leí el prólogo, me di cuenta de que tendría que salir más a responder por el prólogo que por mi propio libro; él orienta a los lectores hacia ese lugar, cosa que me parece fatal. A Alice Munro, cuando le preguntaban por La vida de las mujeres, ella decía: “Es autobiográfico en la forma, pero no en el contenido”. Delphine de Vigan, en Nada se opone a la noche, habla de “poner la vida al servicio de la ficción”.

P. ¿Le parece que, cuando se insiste en el carácter autobiográfico del libro, se le está quitando valor como proyecto literario?

R. Así es. Así es. Y yo tengo buen olfato para eso: he sido víctima de ataques transfóbicos de las sutilezas más imperceptibles a las más toscas, entonces sí siento cierto tufillo a transfobia.

P. En los paratextos del libro se mencionan a algunas autoras, como Marguerite Duras o Carson McCullers. Pero ¿a qué genealogía diría usted que pertenece este libro, cuál es la familia literaria de Las malas?

R. Yo conocí a Marguerite Duras cuando tenía 19 años, en una obra de teatro a la que fui. Si yo pudiera decir que he tenido una maestra de escritura, ha sido ella, no solo a través de sus escritos, sino a través de sus entrevistas, que hay muchísimas editadas, Las conversadoras, La pasión suspendida, El último de los oficios... Esas me han servido a mí para adquirir una idea de técnica de escritura. Luego he leído a muchísimas mujeres, me gusta mucho Sharon Olds también, Wislawa Szymborska también... Y para mí fue un antes y un después conocer a Claudia Rodríguez, una escritora chilena trans, de las mejores escritoras en este momento en Latinoamérica. Ella me aclara a mí el panorama con algo que está presente en Las malas también —aunque en Las malas está normalizado en el proceso de edición, para que sea legible para más gente—, que es cómo hablábamos las travestis, cómo hacíamos uso del lenguaje. Yo recuerdo a mis tías cuando era pequeña y nos juntábamos para la Navidad: hablaban de una manera en que tú nunca sabías si estabas haciendo pie o no, si estabas en una conversación cómoda o no, porque se hablaba mucho con dobles sentidos, en cuchicheos. De las travestis tuve la misma sensación, que había algo en el lenguaje que era impreciso.

P. Basta leer Las malas para saber que no todo lo que se está contando quiere presentarse como verdad, porque hay una gran dosis de fantasía que se le muestra al lector como tal. ¿Qué verdad cree que se alcanza a través de esa especie de cuento que se nos plantea a veces en la novela?

R. Hay algunas cosas interesantes aquí para charlar. La primera es a qué tipo de personas les pedimos que produzcan verdad, y a qué tipo de personas dejamos que hablen como quieran. Yo tengo la sensación de que a las travestis nos exigen una producción de verdad, de tener que mostrar nuestras cicatrices, sobre todo a las que sobrevivimos, a las que no terminamos atadas con alambres de púas, acuchilladas, partidas en treinta pedazos o prendidas fuego. A nosotras nos están exigiendo que contemos una verdad no sé para qué. Porque nosotras estamos contando nuestra historia desde hace muchísimos años y no cambian tanto las cosas.

Luego, a mí el mundo me llegó a través de la ficción. Al no poder salir de viaje, o al no poder salir a la calle, porque cada vez que salía estaba en peligro, me quedaba en la casa leyendo, o viendo novelas en la televisión. Para mí, la diferencia entre la ficción y la realidad es un papel muy fino, que se puede desgarrar tan solo con el dedo. No puedo entender cómo se separa el relato de lo que es real, que yo tampoco sé qué es. En esto sí tengo que hablar de un saber travesti. Nosotras sí sabemos que... mienten. Los hombres dicen: yo estoy casado, tengo mi familia, tengo a mi mujer, tengo mis hijos, les amo, amo a mi mujer, amo a mis hijos, pago mis impuestos. Y les veíamos por la noche yendo a buscarnos y a dejar su sueldo entero para que nosotras les penetráramos, o pusiéramos nuestros pitos en su boca, o les practicáramos sexo oral, y ellos nos maltrataban. Me ha pasado de ir caminando por la calle y encontrarme con un cliente que me hacía jugar a que era su hija. Y yo le he visto venir a él con su esposa caminando por la calle, con su hija de la mano. Toda esa estructura patriarcal de la familia resulta ser una mentira, y nosotras lo sabemos, porque venimos de familias heterosexuales que nos expulsaban de nuestros hogares. Ese saber travesti me permite afirmar que lo que ellos dicen que es la realidad, la biología, la palabra de dios... solo son grandes mentiras.

P. En el libro tiene un gran peso también la memoria, la memoria de una comunidad, de una manera de relacionarse, de una manera de hablar. ¿Por qué es tan importante, por qué era importante que no se perdiera?

R. En el discurso de agradecimiento del Sor Juana Inés de la Cruz tenía la necesidad de decir algo: que yo no estaba de arrimada al mundo de la literatura, que a mí me habían traído mis tías al mundo, que ellas habían hecho un ritual de magia negra para que yo escribiera sobre las cosas que nos habían pasado en la familia por ser campesinos, por ser analfabetos. Decía: yo vine a escribir lo que escribieron en mi cuerpo, lo que se escribió en mi cuerpo durante todos estos años, no a serle fiel a la memoria. Yo lo que sí recuerdo es mi deslumbramiento frente a las travestis cuando llegué a Córdoba, cómo las observaba y aprendía de ellas algunos trucos para disimular la barba, para aumentar los pechos o las caderas, sobre las hormonas, cómo se trepaban a los árboles para escapar de la policía o cómo debíamos rodar debajo de los autos que estaban estacionados en el parque para que no nos vieran los patrulleros. Pero no desde la idea de una comunidad, porque esa comunidad fluctuaba, iba y venía... A veces la que llegaba hoy mañana no volvía y luego nos enterábamos de que se había mudado a otra ciudad, la que estaba hace 20 años un día empezaba a enfermarse, otra se iba del país, a otra el novio la mandaba al hospital a los golpes. Eran alianzas muy endebles. A mí me preguntan, por ejemplo, si he vuelto a ver a las travestis del parque: ¡¿pero cómo voy a volver a verlas si hace 20 años que sucedió?! Algunas están muertas, otras se han ido.

No existe esa comunidad travesti. Lo que existen son travestis contándose las unas a las otras qué tipo de horrores les sucedieron en la vida, qué tipo de crueldades se cometieron con ellas. Eso sí existe, y con la aparición de las redes ha sido mucho más sencillo encontrarnos con travestis de otras provincias, de otros países, para escuchar historias que son comunes. La hermandad travesti no existe, lo que existe es que estamos reclamando que no nos maten más, que no nos persigan más, reclamando derechos que nos fueron robados.

P. En el libro se habla de pobreza y de violencia, y hay una doble voluntad: la de no romantizarlo y la de no hacerlo indigno. ¿Cómo se encuentra ese equilibrio?

R. Lo cierto es que lo que hay en el libro no es ni el 10% de lo que me hicieron los clientes, de lo que me hizo la policía, que me hicieron los hombres. Yo tomé algunas escenas que a mí me parecían material literario, como esa escena en la que estoy con esos dos hombres, que sí me pasó verdaderamente: esos hombres sí me llevaron a un departamento, y yo me desperté al otro día mareada, drogada, y yo me di cuenta de que habían estado haciendo cosas conmigo cuando estaba dormida. Eso me servía para la literatura, no así otras cosas que me han pasado y que son verdaderamente terribles y que no estoy preparada para escribirlas o ni siquiera para contarlas a mi analista.

Por supuesto que la dignidad es algo que subyace a todos los cuerpos travestis. Somos tal vez las últimas bohemias, y a pesar de las amenazas, de los golpes y de los insultos, y de saber que todo es pérdida, que pierdes a tu familia, a tus amigos, tu salud, tu belleza incluso, aun así sigues adelante y sigues viviendo y sales a la calle, como sea. Yo el recuerdo que tengo más estruendoso, si se quiere, de poder, de potencia, es cuando me iba a la escuela a los 13 o 14 años, y me había comprado un rímel, y de camino a la escuela, de noche, porque todavía no amanecía, me paraba en medio del camino y me ponía así un poco de rímel, que era muy poco, porque no podían darse cuenta. Esa soledad absoluta en el medio de la helada para mí es de una felicidad, de una sensación de que nada podía conmigo finalmente... Eso es hacer arte con una misma, eso es tomarse a una misma como si una fuera un lienzo sobre el que se puede pintar o una piedra de la que extraer una imagen. Esa dignidad yo creo que es imposible quitársela a las travestis, y mira que hacen esfuerzos. Yo a eso le llamo la ética trans.

P. Quería preguntarle por el premio Sor Juana Inés de la Cruz. Le he visto subrayar su importancia material (la de la cuantía) pero cuestionar su importancia simbólica. ¿Por qué?

R. Yo estoy llena de capital simbólico, si nos ponemos a hablar en términos bourdianos. Es el único capital que yo he tenido. Yo no tenía absolutamente nada. Vivo en este departamentito hace seis años, durante once años viví en una pensión donde compartía el baño y la cocina con otras mujeres. Recién el año pasado he podido comprarme un lavarropa. Comer saludable, comer bien, eso me ha empezado a pasar recién con Las malas. Y no es que no trabajara, yo trabajaba desde los ocho años. Cuando la gente habla de capital simbólico, es porque ya tenía su capital verdadero. Yo no puedo sentirlo así. A mí me da alegría que sea muchísimo dinero, y por supuesto entiendo lo que significa para mí como escritora un premio como ese, porque en seguida salieron pedidos de más traducciones de Las malas. Pero no deja de ser ese mismo capital: ¡más dinero! Me voy a poder ir de vacaciones algún día, tal vez me pueda ir a una playa. Si no le encuentro capital simbólico al premio es porque los premios para mí son otros: estar viva, estar contándolo, estar haciendo ficción de todo esto.

P. El premio se ha visto como un reconocimiento a las creadoras trans —quizás haya algo también de transfobia, como si por reconocer a una creadora trans se reconociera la obra de todas—. ¿Lo ha visto como la señal de un cambio positivo, o como algo oportunista?

R. Si el libro llegó hasta esa instancia, el premio me lo podían dar a mí o a cualquier otra de las finalistas, ¿verdad? Pero, durante años a las travestis no les daban nada. Yo hace once años que trabajo como actriz; hice una película importante, Mía, hice un trabajo impecable para ser la primera vez que filmaba una película, y no volví a trabajar en el cine. Todos nos lo merecemos por igual, lo que pasa es que existe la transfobia. Y lo que sí creo es que en el jurado del Sor Juana Inés de la Cruz fueron lúcidos e hicieron que el mundo fuera mejor por un segundo.

Por supuesto que es un momento especial para nosotras. Estamos más normalizadas, cosa que yo lamento mucho también. Ahora vemos a las actrices de Veneno y todas estamos enamoradas de ellas, porque son bellas, talentosas, pero con la Veneno no fuimos así. Y la que representaba la ferocidad travesti era ella, y eran mis amigas de hace veinte años, y son las travestis con las que yo ahora tengo piel, que son las travestis más viejas, las de cincuenta o las de sesenta, que son las que todavía mueven el culo por la calle y las que son peligrosas. Ahora somos más lindas, más presentables, y hay algunas que son modelos, y actrices... y bueno, nos empiezan a reconocer.

P. Argentina tiene una de las leyes de identidad de género más avanzadas, que no exige pasar por ningún tratamiento médico para cambiar el nombre y el sexo en el registro. En España se debate ahora una nueva ley trans a nivel estatal que tiene normas como la argentina como inspiración. Contra ella, está habiendo cierta reacción conservadora, pero también desde parte del feminismo. ¿Cómo ha influido en las personas trans argentinas, y en usted misma, que se reconozca allí la autodeterminación del género?

R. Yo fui catorce veces al registro civil a hacer el cambio, y me volví a mi casa con terror. Hacía la cola y cuando faltaban tres o cuatro personas para que me atendieran, me iba a mi casa. La ley salió en 2012 y mi documento lo tuve recién en el 2013, durante todo ese tiempo estuve yendo y viniendo, hasta que finalmente hice todos los trámites, rectificaron mi partida de nacimiento, etcétera. Luego lo cierto es que yo entendía que había algo de participación política de mi parte cuando yo iba con mi documento de varón a un banco y decía: este es mi documento y esto dice la ley, pero esta soy yo y me llamó así. Entonces la gente inmediatamente tenía que pensar en mí, y había algo que sucedía en sus cabezas, porque yo rara vez he recibido malos tratos cuando explicaba esto. Sentí que el documento [rectificado] me quitaba esa posibilidad de diálogo con la gente. Por supuesto, cuando viajaba a otro país tenía que viajar con mi documento de varón, y era muy incómodo, porque siempre tenía que pasar esta instancia, algo bastante complejo e insoportable.

No sé qué tanto mejoró la vida de otras chicas trans que tal vez ya no estaban tan aburguesadas como yo el cambio de un nombre y de una identidad, porque lo cierto es que trabajo no hay, lo cierto es que se sigue discriminando a las travestis desde el feminismo, desde la política, desde el periodismo. Incluso con mi DNI, con mi carrera, con mi currículum, yo sigo siendo víctima de transfobia constantemente. Entonces digo: si a mí me sucede esto, que vivo en mi departamentito y tengo mi heladera, yo no me quiero imaginar cómo están las chicas que tienen todavía que salir a la calle a trabajar. Esto es una ley que venía a solucionar algo que no es menor, que tiene que ver con tu autopercibimiento, pero no soluciona el seguir apartadas de la sociedad.

P. Hace poco se creó en Argentina un cupo del 1% para personas trans dentro del empleo público. ¿Le interesan más iniciativas como esa?

R. Sí. Es algo urgente irse de las calles, dejar de estar expuestas a los peligros. Pero a mí no me han llegado noticias de chicas trans que hayan conseguido trabajo a través de este cupo. Lo cual lo pone muy difícil, porque además nosotras como que tenemos que agradecer todo veinte veces, no podemos decir que esto no está funcionando o que qué está pasando con esto.

Haciendo entrevistas con periodistas de España, sí que he pensado que Argentina es un buen lugar para ser trans, porque yo me he encontrado estas miniprácticas de transfobia con España, con México, donde todavía se nos nombra en masculino, se dice los travestis, ellos... De manera que algo de todo esto debe haber impregnado ya en la cultura [argentina], porque además estamos bravísimas y no dejamos pasar una.

De todas formas, son cosas que van muy de a poco. Aquí en Argentina, una de las grandes luchadoras por el cupo laboral trans, que fue Diana Sacayán, murió antes de que eso se decretara [fue asesinada en 2015, el culpable fue condenado en 2018]. Lo cual me hace pensar en esto de la dignidad: la dignidad travesti tiene que ver con que lo que nosotras estamos haciendo no es ya para beneficiarnos a nosotras solamente [se le quiebra la voz], porque nos podemos morir mañana. Yo ya estoy viviendo tiempo extra: nuestro promedio de vida es de 35 años, al menos en Latinoamérica. Pero sí sabemos que hay otras que van a nacer, y de ninguna manera queremos que ellas pasen por lo que nosotras pasamos. Esa es la ética. No es para que nos den una limosna laboral, para que nos seleccionen a las muchas que son analfabetas, que no tienen estudios secundarios, que no tienen experiencia laboral más que la prostitución. Seguimos luchando, seguimos saliendo a las calles, porque sabemos que estamos hablándole al futuro.

 

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