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Los libros

Yo te absuelvo

  • En Confesión general se aprecia una exposición sincera por parte de Conget de las pequeñas miserias inconfesables que arrastra cada ser humano
  • El relato que da nombre al conjunto ajusta a su manera cuentas con un pasado común, con una época de la historia reciente de España en la que olía a cerrado

Juan Carlos Sierra Publicada 23/06/2017 a las 06:00 Actualizada 22/06/2017 a las 21:13    
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Confesión general
José María Conget 

Pre-Textos
Valencia

2017 
  Cuando aún no se han disipado en la memoria las notas de la magnífica novela La bella cubana (2015), José María Conget pone a disposición de incondicionales congetianos y demás público lector en general bajo el título de Confesión general un conjunto de relatos de las más variada ralea, desde cuentos breves –sin llegar al extremo tan de moda últimamente del microrrelato— hasta textos de una considerable extensión que podrían haber funcionado perfectamente como novelas cortas. Pero aquí no vamos a entrar en polémicas sobre la extensión –fieles a la máxima de que el tamaño no importa—, sino que atenderemos a la calidad de los relatos, a eso que hace que los textos de Conget interpelen tan directamente al lector. Por cierto, esta variedad en la tipología de los relatos habla claramente de la pericia narrativa de Conget, que demuestra en este volumen que sabe moverse y resolver sus cuentos  independientemente del número de páginas que le pidan sus tramas.

Comencemos simultáneamente por el principio y por el final. El título elegido como pórtico de entrada a esta colección de relatos coloca el ánimo del lector en disposición para asistir a un ejercicio de sinceridad por parte del autor. Sin embargo, Confesión general en principio no es más que el título del último cuento, que hace referencia a esa práctica católica en la que el fiel –y presunto pecador— con la inestimable colaboración del sacerdote detrás de la celosía del confesionario afianza el sentimiento de culpa del primero a cambio de una absolución penitenciada, de un borrón y cuenta nueva. El narrador de este relato ajusta a su manera cuentas con un pasado común, con una época de la historia reciente de España en la que olía a cerrado, a humedad, a cirio pascual, en la que los gestos o los pensamientos más inocentes podrían tornarse en pecados mortales de la conciencia cuando caían en manos de unas mentes perversas ataviadas con alzacuellos y sotana. En una línea parecida se encuentra el segundo relato del libro titulado "Tiempo hostil", en clara alusión u homenaje al poema de Ángel González "Inventario de lugares propicios al amor", cuyos versos finales sirven de cita para el cuento. No obstante, aquí se aprecia una luz que no aparece en el cuento anterior: en este caso, el afortunado paso del tiempo le ha ajustado las cuentas a aquella España pacata y reaccionaria, le ha sacado varios cuerpos de ventaja en la carrera de la desinhibición del deseo.

No obstante lo apuntado hasta aquí, en Confesión general se aprecia sobre todo una exposición sincera por parte del autor de unas cuitas, de unos demonios, de un conjunto de pequeñas miserias inconfesables que secretamente arrastra cada ser humano, pero sin caer aquí, a pesar del título, en las trampas del confesionario e intentando esquivar en todo lo posible la primera persona del singular, porque se trata, como apuntábamos al principio, de interpelar al lector, de hacerlo cómplice en el espejo de las páginas de este libro.

En este sentido, Conget apunta a planos muy diversos del individuo que escribe o que lee. El volumen comienza con un relato potente, en extensión y enjundia, titulado "Madurez", cuyo título no deja dudas sobre su temática y especialmente sobre las contradicciones íntimas que nos plantea el paso del tiempo. Además en él se introduce uno de los asuntos que de vez en cuando salpican las páginas del escritor aragonés y que tiene que ver con el oficio de escribir o, mejor dicho, con la imagen pública y privada del escritor, con las dudas, con las supercherías y con las pajas mentales del escritor maduro. También se ajustan cuentas con la literatura en textos como "El lector", que plantea hábilmente la paradoja sobre la creación literaria, o "Todos los miedos el miedo", donde unamunianamente el personaje protagonista del relato, Miguel Zabala –a la sazón, eje de la trilogía congetiana homónima— ajusta sus cuentas pendientes con el autor. Finalmente, en este campo literario sobresalen "El bloqueo", por tratarse de un relato paradójico y resuelto con habilidad, y "Dentista", una suerte de Las mil y una noches a la americana con una Sherezade experta en endodoncias.

Por otra parte, en los cuentos que componen Confesión general nos volvemos a encontrar con el Conget que sus lectores ya conocen de otras entregas: algunos de los personajes masculinos de estos relatos se hallan tres o cuatro pisos por debajo de sus compañeras en cuanto al manejo airoso de las vicisitudes que la vida les plantea –no llegan al pelelismo, pero casi—; se puede saborear un buen número de referencias culturales –literarias, musicales, plásticas y cinematográficas, por supuesto— elegidas con acierto para condimentar muchos de estos relatos; entre líneas se advierte cierto autobiografismo –la memoria, por ejemplo, de la infancia en familia y en Zaragoza ocupa un lugar más que destacado—; los guiños lingüísticos en inglés y francés contribuyen a nombrar lo que en español queda huérfano; o, por no resultar pesado, sobresale la pelea constantemente del autor por que su prosa suene con total naturalidad, aproximándose lo más posible a la oralidad… En fin, las marcas de la casa que han hecho de José María Conget uno de los más destacados prosistas actuales.

Cada uno de los lectores de Confesión general tendrá o llegará a tener sus relatos favoritos. El que esto escribe, independientemente de criterios más o menos técnicos o filológicos, se queda con un ramillete de ellos, sin por ello menospreciar a los demás: "Bloqueo", por la maestría para plantear este desasosegante fenómeno desde dentro; "Todos los miedos el miedo", porque uno ha compartido en algún momento los mismos fantasmas; "Madurez", por las luces rojas que el paso del tiempo le está señalando a uno;  y "Sueños compartidos", por esa tendencia que tiene uno a fantasear pegado a la realidad.

Como ya se apuntó al principio, la obra de Conget interpela al lector, lo coge de las solapas y lo zarandea, lo deja desarmado o lo arma con nuevos argumentos. A partir de aquí, que cada lector haga su elección. Yo ya he hecho mi trabajo y, como siempre, quedo infinitamente agradecido a José María Conget por pegarme con cada uno de sus libros un placentero revolcón.

*Juan Carlos Sierra es profesor de Literatura. 
 
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