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Luces Rojas

Guerra, victoria, dictadura

Publicada el 01/04/2019 a las 06:00 Actualizada el 01/04/2019 a las 11:18
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Una posguerra interminable, una victoria omnipresente, una dictadura de casi cuarenta años. La sublevación militar de julio de 1936 y la guerra civil que provocó se convirtieron en acontecimientos fundamentales de la dictadura de Franco, de su cultura excluyente, ultranacionalista y represiva.

Quienes habían provocado la guerra, la habían ganado y gestionaron desde el nuevo Estado la victoria, asentaron la idea, imposible de contestar, de que los republicanos eran los responsables de todos los desastres y crímenes que habían ocurrido en España desde 1931. Proyectar la culpa exclusivamente sobre los republicanos vencidos liberaba a los vencedores de la más mínima sospecha. El supuesto sufrimiento colectivo dejaba paso al castigo de solo una parte. Francisco Franco lo recordaba a menudo con el lenguaje religioso que le sirvió en bandeja la Iglesia católica: “No es un capricho el sufrimiento de una nación en un punto de su historia; es el castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida torcida, a una historia no limpia”.

La guerra terminó el 1 de abril de 1939 con el triunfo total de las tropas “nacionales” de Franco. El mismo día de la “liberación” de la capital, Leopoldo Eijo y Garay, obispo de la diócesis de Madrid, publicó su pastoral “La hora presente”. La guerra había sido necesaria e inevitable porque “por los caminos ordinarios” España ya no podía salvarse y “la hora presente” era, ni más ni menos, en todo el mundo, pero “singularmente” en España, “la hora de la liquidación de cuentas de la humanidad con la filosofía política de la Revolución Francesa”.

Eran momentos de fiesta, tedéums, resurrección de España y de honra a los mártires de la Cruzada. Pocas horas después de anunciar que el Ejército rojo estaba cautivo y desarmado, el Generalísimo recibió un telegrama de Pío XII, el antes cardenal Eugenio Pacelli, que había sido elegido Papa el 2 de marzo de ese mismo año, tras la muerte de Pío XI el 10 de febrero. Tampoco faltó a la cita de felicitación el cardenal Isidro Gomá, quien desde Pamplona recordaba a Franco el 3 de abril “con qué interés me uní desde el comienzo a sus afanes; cómo colaboré con mis pobres fuerzas y dentro de mis atribuciones de Prelado de la Iglesia a la gran empresa”.

La gran empresa era la regeneración total de una nación nueva forjada en la lucha contra el mal, el sistema parlamentario, la República laica y el ateísmo revolucionario, todos los demonios enterrados por la victoria de las armas de Franco con la protección divina. Se trataba del logro de la confesionalidad católica del Estado, del “despotismo de militares y clérigos”, como lo llamaba Barcala, uno de los personajes de La velada de Benicarló de Manuel  Azaña. Las ciudades y campos se llenaron de desfiles, manifestaciones de la victoria, regreso simbólico de las vírgenes a sus lugares sagrados, actos de desagravios y procesiones.

Franco y sus compañeros de armas habían salido al rescate de la patria, lo cual legitimaba el golpe de Estado y la sangrienta guerra civil. En realidad, ese objetivo de redimir a España era el común denominador de las fuerzas políticas y sociales que se sumaron a esa “gran empresa”, identificadas más por lo que querían destruir –la República, el liberalismo, el comunismo– que por un acuerdo sobre la definición del nuevo régimen. La victoria había que disfrutarla, manifestada en un entramado simbólico de ritos, fiestas, monumentos y recuerdo y culto a los mártires.

Para recordar siempre su victoria en la guerra, para que nadie olvidara sus orígenes, la dictadura de Franco llenó de lugares de memoria el suelo español, con un culto obsesivo al recuerdo de los caídos, que era el culto a la nación, a la patria, a la verdadera España frente a la anti-España, una manera de unir con lazos de sangre a las familias y amigos de los mártires frente a la memoria oculta de los vencidos, cuyos restos quedaron abandonados en cunetas, cementerios y fosas comunes.

Militares, falangistas, carlistas y la Iglesia aportaron sus símbolos a la nueva España, aunque el discurso nacionalcatólico acabara, a partir de 1945, dominando. En lo que todos estuvieron de acuerdo, sin embargo, fue en el culto rendido al general Franco. Desde octubre de 1936, obispos, sacerdotes y religiosos comenzaron a tratar a Franco como un enviado de Dios para poner orden en la “ciudad terrenal”.

La paz de Franco

Acabada la guerra, el “insigne, victorioso y amado Caudillo” fue rodeado de una aureola heroico-mesiánica que le equiparaba a los santos más grandes de la historia. Aparecían por todas partes estatuas, bustos, poesías, estampas, hagiografías. La imagen de Franco como militar salvador y redentor era cuidadosamente tratada e idealizada en el “Noticiario Español” (NO-DO). Su retrato presidió durante los casi cuarenta años de dictadura las aulas, oficinas, establecimientos públicos y se repetía en sellos, monedas y billetes. Y como ninguna legitimidad podía ser superior a la que procedía de la potestad divina, Franco fue “Caudillo de España por la gracia de Dios”.

Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas en la década posterior al final de la guerra, la mayoría de ellas en las últimas provincias conquistadas por el Ejército de Franco. Se necesitaban personas que planificaran esa violencia e intelectuales, políticos y clérigos que la justificaran. La destrucción del contrario en la guerra dio paso a la centralización y el control de la violencia por parte de la autoridad militar, un terror institucionalizado y amparado por las leyes del nuevo Estado. Esa cultura política de la violencia, de la división entre vencedores y vencidos, “patriotas y traidores”, “nacionales y rojos”, se impuso en la sociedad española al menos durante dos décadas después del final de la guerra civil.

La paz de Franco, que mantuvo el estado de guerra hasta abril de 1948, transformó la sociedad, destruyó familias enteras, rompiendo las básicas redes de solidaridad social, e impregnó la vida diaria de miedo, de prácticas coercitivas y de castigo. La amenaza de ser perseguido, humillado, la necesidad de disponer de avales y buenos informes para sobrevivir, podía alcanzar a cualquiera que no acreditara una adhesión inquebrantable al Movimiento o un pasado limpio de pecado republicano.

Los odios, las venganzas y el rencor alimentaron el afán de rapiña sobre los miles de puestos que los asesinados y represaliados habían dejado libres en la Administración del Estado, en los ayuntamientos e instituciones provinciales y locales. Una ley de 10 de febrero de 1939 institucionalizó la depuración de los funcionarios públicos, un proceso que los militares rebeldes habían iniciado sin necesidad de leyes en el verano de 1936. Detrás de esa ley, y en general de todo el proceso de depuración, había un doble objetivo: privar de su trabajo y medios de vida a los "desafectos al régimen", un castigo ejemplar que condenaba a los inculpados a la marginación; y, en segundo lugar, asegurar el puesto de trabajo a todos los que habían servido a la causa nacional durante la guerra civil y mostraban su fidelidad al Movimiento. Ahí residía una de las bases de apoyo duradero a la dictadura de Franco, la "adhesión inquebrantable" de todos aquellos beneficiados por la victoria.

El Ejército, la Falange y la Iglesia eran los principales representantes de los vencedores y de ellos salieron el alto personal dirigente, el sistema de poder local y los fieles siervos de la Administración, aunque tras la caída de los fascismos en Europa, la defensa del catolicismo como un componente básico de la historia de España sirvió a la dictadura de pantalla en ese período crucial para su supervivencia.

Cayeron los fascismos y Franco siguió, aunque su dictadura tuvo que vivir unos años de ostracismo internacional. El 19 de junio de 1945, la conferencia fundacional de la Organización de Naciones Unidas (ONU), celebrada en San Francisco, aprobó una propuesta mexicana que vetaba expresamente el ingreso de España en el nuevo organismo. A ese veto siguieron diferentes condenas, el cierre de la frontera francesa o la retirada de embajadores, pero nunca llegaría lo que esperaban muchos republicanos en el exilio y en la propia España: que las potencias democráticas expulsaran a Franco por ser un sangriento dictador, elevado al poder con la ayuda de las armas de la Alemania nazi y de la Italia fascista.

Luis Carrero Blanco, entonces subsecretario de Presidencia, estaba convencido de que las grandes potencias occidentales capitalistas no tomarían ninguna medida enérgica, militar o económica, contra una España católica y anticomunista. Se lo dijo a Franco en uno de los informes que le enviaba a menudo en aquellas difíciles fechas: “La única fórmula para nosotros no puede ser otra que: orden, unidad y aguantar”.

Y aguantaron, administrando las rentas de esa inversión duradera que fue la represión, con leyes que mantuvieron los órganos jurisdiccionales especiales durante toda la dictadura, con un Ejército que, unido en torno a Franco, no presentaba fisuras, con la máscara que la Iglesia le proporcionó al Caudillo como refugio de su tiranía y crueldad y con el apoyo de amplios sectores sociales, desde los terratenientes e industriales a los propietarios rurales más pobres. Después llegarían los grandes desafíos generados por los cambios socioeconómicos y la racionalización del Estado y de la Administración, pero el aparato del poder político de la dictadura se mantuvo intacto, garantizados el orden y la unidad. Como había previsto Carrero Blanco.
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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza e investigador del Institute for Advanced Study de Princeton.
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37 Comentarios
  • @tierry_precioso @tierry_precioso 03/04/19 22:09

    Me excuso por mi reacción desproporcionada.
    Primero se me disparô el latido, leía apenas y creía equivocadamente como algún otro que Julian censuraba la transición.

    Segundo temo de verdad que recreando el pasado perdamos de vista el futuro, africano en buena parte en el caso de España.

    Tercero, me disgustaría que montemos una industria acerca de la represión del régimen franquista. Hace años leîa el libro de Norman Finkelstein que teniendo casi toda su familia asesinada en Auschwitz y demâs se mosqueaba con que gente se estaba forrando con lo que llamaba una autentica industria del Holocausto. Evidentemente esto no puede ser el caso de Casanova.

    Respeto los asesinados del pasado pero es el futuro lo que mâs me llama.

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  • Aserejé Aserejé 02/04/19 00:01

    Estupendo articulo. Soy fan del Profesor Casanova y nunca me decepciona.

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    2

  • @tierry_precioso @tierry_precioso 01/04/19 21:51

    Se podría hacer un museo de la represión del régimen franquista para que el tiempo no llegue a sepultar estos horrores.

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  • Helio Helio 01/04/19 21:34

    Excelente exposición de uno de los mejores historiadores de este país cuya obra recomiendo leer para comprobar que el franquismo sigue siendo fundamentalmente una manera de pensar que está muy lejos de extinguirse y que quizá nos ofrezca pistas de lo que está ocurriendo. Una ruptura democrática no es lo mismo que una transición controlada. Y el control sigue.

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  • CinicoRadical CinicoRadical 01/04/19 20:33

    Más que guerra Cruzada contra "El Mal "..El Dictador bajo palio como "el santísimo".La desinformación es casi total,la limpieza de la dictadura su conversión en los" äños de paz" de "placidez" y su lavado por parte de las instituciones educativas son de escándalo y manipulación extrema.No hace mucho una noticia sobre campos de concentración,desconocidos para la inmensa mayoría.Dejar la Educación en manos de la iglesia les allanó su proyecto La guerra la ganaron los curas y la perdieron los maestros.Los que vencieron y humillaron su simiente pervive y hay nostalgia en demasiadas personas bien desinformadas.

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  • Mulán Mulán 01/04/19 18:55

    Muchas gracias por este excelente artículo a Julián Casanova.

    Estoy completamente de acuerdo con Bidebi, y no contradice en nada a lo que ha escrito Julián Casanova, es perfectamente compatible además de un análisis muy acertado.
    Arkiloco, podrías en lo sucesivo ser más concreto y menos grandilocuente, me cuesta mucho leerte. Acaso eres un gran escritor? , un filósofo?

    La restauración democrática que tuvimos es consecuencia y una segunda parte de la dictadura, Jorge Plaza, y si lees el artículo con atención lo comprobarás, por lo que no está fuera de lugar mentarla. Además, aquí cada uno opina lo que quiere, o puede, ( no, Arkiloco?), pues eso.

    Salud y República

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    • Arkiloco Arkiloco 01/04/19 20:03

      Pues eso, Mulán, yo también opino lo que quiero. Sobre la pregunta que intriga tanto a la humanidad ¿ qué es el Arkiloco? , te informo que existe un concurso abierto de forma permanente para tratar de resolverla y en la cada participante da su respuesta y se pueden dar varias. Las tuyas se incluirán en la 5ª Edición del Enigma Arkiloco y que está próxima a publicarse. Como anexo se pueden hacer divagaciones y comentarios sobre dificultades de lectura, carácteristicas, deseos y emociones que su lectura sugiere o provoca: sopor, aburrimiento, ira, estupor, picores, lacrimeos... Extensión máxima un folio, a doble espacio y 12 en tamaño de letra. Allí puedes ampliar las opiniones de tu comentario y que es opinar como opino yo. Es decir, opinas y has opinado sobre el Arkiloco porque quieres opinar. Porque digo yo que, si no quisieras, no habrías opinado como yo he opinado y opino sobre otros. Muchas gracias, Mulán, esperando que estas aclaraciones te ayuden en la respuesta y a seguir opinando.

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  • Arkiloco Arkiloco 01/04/19 16:32

    Señores y señoras: si ustedes han leido algo, bastante o mucho sobre la Guerra Civil, olvidéndolo y quemen todos los libros. Y no compren ninguno más. Esa no es la historia. Si ustedes confian en algún historiador o han leido a varios, españoles, ingleses o franceses por aquello de contrastar, ampliar y diversificar su conocimiento, pierdan la confianza en esos historiadores o en los que puedan confiar. No hay ninguno fiable. El debate se ha terminado y la historia ha llegado a su fin. Señores y señoras, en este marco incomparable, acompañados de elefantes asiáticos, chimpancés, dromedarios de Mongolia y ponis de Azerbaiyan que les deleitarán, payasos que les desmontarán la mandíbula con carcajadas y trapecistas que harán vibrar las butacas con los latidos de sus corazones excitados, el Gran Bidebi les explica la verdadera historia de esa Guerra y lo que nunca le contaron. Todo lo que usted quería conocer pero no ha podido porque había sido ocultado se le desvelará, saldra de la empanada que tenía como despistado y abandonará, por fin, el reino de los incautos. En dos lecciones cortas y solo dos, adios misterios encriptados y saque el mejor pañuelo que tenga para despedir a su despiste y a su ingenuidad. El Gran Bidebi lo ha conseguido una vez más y que tome nota Casanova de lo que es la "puta realidad": un "episodio más de la lucha de clases" versión, "yo leí la portada de El Capital y soy marxista" y lo que "denominaron democracia" tras el franquismo no engañó a todos y todo el mundo se lo trago, episodio "A Bidebi no se la dan con queso y prefiere el mazapán". Y así, léanlo y contengan el aliento hasta el final. Las butacas si que tiemblan pero es...de la risa que da. Agarrénse fuerte las mandíbulas y no dejen de hacerse una foto junto al elefante. Que incautos somos, dios.

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  • bidebi bidebi 01/04/19 15:15

    2.2
    La autarquía de los primeros veinte años de victoria se hizo insostenible, llegaron los planes de desarrollo, y los veinte años siguientes se hizo imprescindible para el capital español que organizó el golpe la entrada en la CEE. Esta última necesidad, que coincide con la muerte del dictador, es también el motivo del nuevo régimen que se hace llamar democrático pero que está fuertemente controlado por los poderes del anterior régimen.
    Y hasta hoy, porque los herederos de los poderes que financiaron el golpe, mas todos aquellos que se enriquecieron con la dictadura, constituyen el actual poder económico
    español del s. 21. Por eso precisamente el franquismo controló la llamada transición, porque era imprescindible la salvaguarda de los intereses económicos que originaron el golpe del 36. Y así, por ejemplo, los herederos banqueros de aquellos deben a los españoles, ahora mismo, casi 60.000 millones de euros que nunca van a devolver. Derechos de guerra.
    Y es que lo que no puede ser, como decía un ministro hace solamente un año, “es que hay gentes que han olvidado que perdieron la guerra”. Se agradece la sinceridad. Porque evidentemente se corresponde con la puta realidad.

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    • robes_pi_r robes_pi_r 01/04/19 20:58

      Esencialmente de acuerdo, aunque no del todo. Como muestra de lo acertado de tu perspectiva tres botones: el señor Ferreras continuamente iguala a los dos (o más) contendientes: siempre se refiere a los muertos en las cunetas de uno y otro bando. El señor Jorge Mario Bergoglio, alias Francisco, ayer en la sexta, se muestra justo, imparcial y equidistante entre el cura (con toda la aristocracia católica) del Valle de los Caídos y los represaliados del franquismo, el no se mete, es imparcial. Acumulas una bonita cantidad de botones rojos y las críticas que recibes parecen estar a la altura de la pastoral de Leopoldo Eijo.

      La visión de la dictadura que da aquí el señor Julián Casanova es considerada como fanática, extremista, falsa y manipuladora de la realidad por la inmensa mayoría de la España actual. Al menos eso es lo que yo percibo en los medios de comunicación, tertulias, la real Academia de Historia, resultados electorales, capillas y edificios religiosos, nomenclatores,... y demasiadas conversaciones con gente de mi edad y clase social que según dice su curriculum, han estudiado. Salud.

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  • bidebi bidebi 01/04/19 15:15

    Presentar el golpe a la democracia de 1936 como un golpe de cuarteles y sacristías me parece muy equivocado y una contribución más al despiste general.
    Es como dar validez a los eslóganes de los golpistas que basaban sus crímenes en una defensa de la unidad de la patria y en una defensa de la religión. Es como creernos sus justificaciones a pies juntillas. Son eslóganes y los eslóganes casi siempre son falsos o ocultan los verdaderos motivos o ocultan la realidad.
    La patria y la religión nunca son los verdaderos motivos de las guerras. Son las justificaciones de las guerras para incautos, pero nunca se corresponden con los verdaderos motivos de los crímenes. Se acude a ellos porque son emociones interiorizadas en las gentes constituyendo el imaginario colectivo de muchos. Pero no son las verdaderas causas, sirven para ocultarlas.
    En el golpe fascista del 36 las verdaderas causas se corresponden con un episodio más de la lucha de clases versión española. El golpe se empieza a fraguar en el mismo momento que triunfa la II República española y en consecuencia se empieza a legislar para intentar derrocar los privilegios de las clases dominantes españolas durante todos los siglos anteriores. Aristocracia, alta burguesía, terratenientes, financieros y los privilegios ancestrales de la putativa romana. Esa es la verdadera causa del golpe : Impedir el cese de los privilegios de clase.
    Para ello se induce a paletos militares africanistas y se cuenta con las subvenciones millonarias de las principales riquezas españolas. La verdadera causa, que evidentemente no vende, se oculta y se sustituye por idealismos de patria y religión.
    Hasta el mismo Franco y su banda seguro que estaban convencidos de que eran cruzados cristianos. La realidad es que ellos también sirvieron para la recuperación de privilegios de la casta dominante española, que era la razón principal.

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  • florenblues florenblues 01/04/19 14:53

    Por fortuna, quedamos hijos y nietos de los que el clero y los militares nunca pudieron asesinar y de éste modo podemos mantener los valores de libertad e igualdad que defendieron nuestros antepasados.
    Los que taparon y forzaron el olvido de tantos
    crimenes, no son dignos representantes de los que con su vida defendieron los valores democrático y republicanos.

    Salud.

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