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Desencanto sin alternativa

Publicada el 28/06/2020 a las 06:00

¿Y si Marx no tuviera razón y resultara que cuando la historia se repite no lo hace siempre en forma más ligera (llámesele farsa, sainete o comedia, según las preferencias) sino que en ocasiones lo hace en una versión agravada, que empeora los defectos y fallos de la primera versión? Probablemente muchos de los que citan la famosa frase, como si formara parte del núcleo duro del pensamiento marxiano, tendrían que admitir, a poco que la analizaran, que no deja de ser una opinión muy poco científica, que en ningún caso puede utilizarse como si estuviera describiendo una regularidad histórica inexorable.

Porque de ser esto cierto, quienes en los últimos tiempos andan advirtiendo del deterioro de nuestras democracias, de las amenazas que sufren por parte de antipolíticos de variado pelaje (pero que comparten una actitud de fondo profundamente autocrática), del ascenso al poder de inquietantes hombres fuertes que consiguen amplio respaldo electoral por parte de la ciudadanía o incluso, directamente, del peligro de un regreso del fascismo, deberían rebajar el tono alarmado de todas esas advertencias y terminar reconociendo que, de acuerdo con el precepto de Marx, la cosa no irá más allá de una broma sin mayor trascendencia.

Probablemente el elemento de verdad que la famosa frase contiene sea el principio general de que nada se repite exactamente bajo la misma forma, con independencia de que la vez importante sea la primera y la segunda, mera farsa, o a la inversa: la primera, simple anuncio o ensayo general y la segunda, el episodio de verdadera importancia. En todo caso, una valoración de este orden solo la puede llevar a cabo con rigor la perspectiva histórica. Desde el presente, constituye una tarea imposible. Por decirlo a la manera de Borges, ningún autor se considera, por definición, precursor de otro. Y mucho menos su epígono.

Pero las repeticiones no tienen lugar solo en el ámbito de los episodios reales, sino que también se pueden producir en la esfera de las ideas. Ejemplos de ello no faltan. Pensemos en la célebre afirmación orteguiana, con la que nuestro filósofo pretendía describir lo más específico de su presente, su máxima "no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa". Alguien podría pensar, de modo un tanto apresurado, que es ahí donde de nuevo estamos en estos días y que las especificidades de su pasado y las del nuestro coinciden en este punto por completo. Pero basta con un mínimo de atención para reparar en que la perplejidad orteguiana no es exactamente la nuestra.

Porque durante mucho tiempo, a lo largo del pasado siglo, la constatación de la opacidad del presente, lejos de ser vista como una condena, funcionaba como un estímulo a favor del conocimiento, a favor de la tarea de arrojar la luz de la inteligencia sobre lo que tendía a aparecer como ininteligible. En ese sentido, el marco mental del planteamiento era una expectativa, o un horizonte, de inteligibilidad. Pues bien, es ese horizonte el que parece haberse desvanecido. No por casualidad, claro está. El incesante fracaso de las grandes esperanzas colectivas y la continua irrupción en su lugar de imprevistos ha terminado provocando lo que podríamos denominar un apagón de sentido en la historia.

Y ahora estamos ahí, en medio del oscurecimiento del mundo, en una perplejidad sin aparente remedio. Hasta el punto de que, a diferencia de lo que le sucedía a Ortega, hemos terminado por naturalizar ese estupor, a considerarlo casi el estado normal que nos ha de provocar la ausencia de sentido de cuanto nos pasa. Pues bien, si hemos recurrido al tópico orteguiano es porque nos puede permitir establecer un paralelismo con una de las actitudes que más parecen haberse generalizado en nuestros días. Me refiero a esa actitud que quizá quede bien descrita con el término desencanto.

Opto por él precisamente porque no es la primera vez que se utiliza entre nosotros para describir un estado de ánimo colectivo. Por idéntica razón, porque no nos viene de nuevas, alguien podría pensar que nos encontramos ante un simple remake de algo que ya se produjo en este país en los primeros compases de la democracia. Pero la diferencia entre ambos momentos es un matiz que no cabe considerar ni muchísimo menos como menor, y que ha quedado explicitado desde el propio título del presente texto.

En efecto, tanto en esa primera aparición, en cierto sentido fundacional, del desencanto como en otros episodios posteriores de similar reacción frente a la esfera de la política (meras réplicas del primero, en el fondo), parecía que hubiera, o resultaban cuando menos pensables, alternativas al estado de cosas existentes en esos momentos. De hecho, de dicha posibilidad se benefició en la década pasada la entonces denominada como nueva política, que durante una temporada gustó de presentarse como opción de recambio para enmendar los desmanes protagonizados por lo que previamente ella misma había calificado de vieja casta.

Pero esa situación ha quedado irreversiblemente atrás. No hace falta disponer de ningún sensor de precisión para detectar el grado de profunda decepción que está experimentando la ciudadanía ante la forma en la que muchos responsables políticos se están desenvolviendo en la situación actual. Hablo de decepción y no de sorpresa porque en parte el problema consiste en que los ciudadanos continúan escuchando de una proporción importante de sus representantes el mismo tono tremendista y apocalíptico que ya escuchaban antes de que estallara todo esto, lo que resta prácticamente cualquier credibilidad a unas manifestaciones que han terminado por revelarse como de paso universal y que se utilizan sea cual sea el contexto, pase lo que pase.

No nos vamos a distraer ahora con una variable, ciertamente significativa, de esta misma actitud pero que nos apartaría del hilo argumentativo del que estamos pretendiendo tirar. Me refiero al hecho de que lo que se predica de muchos responsables políticos se podría predicar también sin el menor esfuerzo de muchos analistas afines a ese mismo sector y que parecen siempre dispuestos a escandalizarse y rasgarse las vestiduras con gran aparato eléctrico ante cualquier acción que lleven a cabo aquellos a los que han decidido poner en su punto de mira. Proceden de esta manera con absoluta independencia -al igual que los políticos con los que coinciden- de que aquello ante lo que reaccionan sea algo de suma gravedad o perfectamente irrelevante. Tanto se parecen los comportamientos de ambos que algún día valdría la pena plantearse quién está mimetizando a quién, si los mencionados políticos a sus analistas o viceversa. De existir la tal mimetización, constituiría un serio indicio tanto del alto grado en que la actividad política se habría contaminado por modos de proceder ajenos a lo que debería ser su esencia como del considerable deterioro del espacio público en materia de comunicación. Pero mejor cerramos aquí el paréntesis y seguimos con lo que se estaba planteando.

Por supuesto que no pertenecen a una lógica muy distinta a la tremendista y apocalíptica comentada hace un momento (y, por tanto, generan entre los ciudadanos análoga decepción, por poco creíbles) esas otras manifestaciones, solo en apariencia de signo contrario, que dibujan un futuro de camisas pardas o, en el mejor de los casos, de trumpismo generalizado como único horizonte alternativo al estado de cosas existente. El problema, quede claro, no es que esta posibilidad carezca de sentido en abstracto (ya quedó comentada la cuestión al empezar este papel). El problema es que parece estar perdiendo a marchas forzadas su carácter intimidatorio ante buena parte de la ciudadanía, y algunos harían bien en preguntarse por la razón de ello.

Se entenderá mejor desde aquí el paralelismo que proponíamos establecer con el diagnóstico de Ortega. Al igual que nuestra perplejidad no es igual que la orteguiana, la reedición del desencanto a la que estamos asistiendo en nuestros días está transcurriendo bajo otro clave. El nuestro es un desencanto sin alternativa, lo que en la práctica equivale a decir un desencanto sin remedio. El apagón de sentido al que antes nos referíamos ha dejado asimismo a oscuras a la política. Hemos naturalizado también el desencanto: ha pasado a ser la forma de relacionarnos con lo público que damos por descontada.

Permítanme que formule esto mismo recurriendo al viejo cuento. Como el pastorcillo de la fábula de Esopo, los políticos de uno y otro signo a los que se hizo referencia convirtieron el anuncio de la llegada del lobo en su más genuina razón de ser. Pero el lobo que ahora ha terminado por aparecer no es el que ni unos ni otros anunciaban, sino uno imprevisto. Lo que está claro es que nadie parece dispuesto a llamar al pastorcillo para que nos libre de él.

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Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Senador por el PSC-PSOE en las Cortes Generales.

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9 Comentarios
  • @tierry_precioso @tierry_precioso 01/07/20 22:16

    Equivocacion en mi comentarios anterior:
    El libro de de Eugenio Trias se titula El hilo de la VERDAD.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 01/07/20 22:10

    Subrayo este pasaje:
    El incesante fracaso de las grandes esperanzas colectivas y la continua irrupción en su lugar de imprevistos ha terminado provocando lo que podríamos denominar un apagón de sentido en la historia.

    Me parece que con el apagon que no es de hoy sino del final siglo pasado hubo fenomenos como el posmodernismo o el pensamiento debil, bastante caracteristicos de esta epoca...

    Acabo de leer con cierta dificultad (no soy acostumbrado a leer Filosofia) pero tambien con verdadero placer al final El hilo de la vida de Eugenio Trias y lo voy a leer de nuevo.
    Me parece que este libro es un diamante y un buen remedio a este sentimiento de vacio de sentido al que alude Manuel Cruz.

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    • @tierry_precioso @tierry_precioso 01/07/20 22:13

      no ESTOY acostumbrado a leer Filosofia...

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  • noencaja noencaja 30/06/20 10:27

    Ejercer el pensamiento crítico no significa ser catastrofista. La categoría de negación es la que aporta vigor y movimiento al pensamiento, la que hace que emerja el sujeto a partir de un todo ideológico y conservador. Lo contrario, el vamos a ser realistas, es pura celebración de lo que hay. Tampoco es nuevo este planteamiento. Con él, los pseudo pensadores de los ochenta-noventa, afines al PSOE, quisieron liquidar cualquier atisbo de pensamiento crítico. Pues bien, el auténtico catastrofismo y falta de realismo es ese ponerse de perfil habermasiano que ignora lo que la crisis del 2008 hizo patente: el final de ese sueño ideológico a través del cual la democracia corrige políticamente la indefensión de la ciudadanía frente a la economía. Claro que hay alternativa, desde luego no desde el pensamiento moderado y conservador del PSOE.

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  • pantera pantera 30/06/20 02:19

    Sr. Manuel Cruz, mucho tendría que extenderme sobre el "desencanto sin alternativas" que presenta bastantes opciones para el debate, pero me voy a quedar con el último párrafo donde entiendo en su símil (corríjame si voy descaminado) que usted ha identificado los males (el lobo), y que además tiene la alternativa "el pastorcillo" (quién o qué será) que nos liberará del lobo (anuncia que este lobo será uno imprevisto, ¿cuál?). Los "partidos de uno y otro signo" están entretenidos con la amenaza del lobo. En el párrafo anterior dice que "el nuestro es un desencanto sin alternativa" y que damos por "naturalizado" el desencanto. Pues advertidos estamos, pero pienso que alternativas sí hay en torno al bien común (no como un dicho demagógico y que suena bien), es decir, como el desarrollo de políticas sociales y económicas más equilibradas (insisto, no es demagogia, son las alternativas).

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  • Antonio Basanta Antonio Basanta 28/06/20 20:45

    Excelente articulo como todos los suyos, Manuel.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 28/06/20 09:31

    En los años setenta muchos de mis profesores que se presentaban como comunistas desdeñaban a Albert Camus por la independencia de sus pensamiento. Yo lo tenîa dificil porque me sentîa inevitablemente de izquierda pero no comulgaba con el marxismo comunista. No podîa apoyar el marxismo comunista imperante entre la clase profesoral francesa porque veîa (mâs precisamente sentîa) que el comunismo era en realidad y ante todo un movimiento de caracter religioso...

    A mis profesores la democracia liberal les iba solamente en la medida que podîa facilitar el advenimiento terrestre de la religion marxisto comunista en la que ibamos a ser todos iguales, buenos y felices y ya sin mâs necesidad de esta democracia liberal-burguesa deleznable...

    Ahora en Hong Kong, Tailandia, Sudan, Argelia y mâs lugares de Africa y Asia hay un deseo profundo de mayor democracia e igualdad social. Tambien espero que pronto la muy incipiente democracia rusa va a democratizarse mucho mâs. Espero que el trumpismo va a ser derrotado en Estados Unidos y en Brasil. Pero me temo que las elecciones bolivianas de setiembre no van a ser limpias...

    En todo caso para mi nada serîa peor que volver a algo parecido a esos aciagos años setenta en los que sectas religiosas marxistas (y maoistas !!!) pululaban y las iluminadas Brigadas Rojas italiana o Ejercito Rojo aleman de Baader-Meinhof actuaban enloquecidas.

    En este sentido estamos diez veces mejor, hoy. No mâs religion aunque se presente como atea.

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  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 28/06/20 09:13

    La pregunta que debería hacerse el ciudadano, sobre todo el que ahora va a votar, es la que se dijo de Nixon
    ¿Le compraría Vd. un coche usado a Casado? Ándese con ojo si se lo compra. La culpa será suya.

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  • Antonio LCL Antonio LCL 28/06/20 08:21

    Me agrada nadar en lecturas en las que grandes del pensamiento, como lo son Marx y Ortega, alimentan las reflexiones de los profesionales de la comunicación y el periodismo. A pesar de sus grandes diferencias, sus luces y sombras, Marx y Ortega ofrecieron su trabajo con el objetivo de dignificar al ser humano y con ello la sociedad en la que vivían, tremendamente injusta. No se trata de entrar en profundidad en sus discursos (tarea muy recomendable para quien lo desee), pero sí reconocer que en su pensamiento se encuentra recursos para la esperanza y el desarrollo social alejado de la oscuridad de la historia con sus personajes nefastos, sus explotadores, engañadores, manipuladores y corruptos. ¿Decepción y desencanto? a toneladas don Manuel, tenemos muchas razones y muchos políticos que no merecen representar a mujeres y hombres que delegan con su apoyo tan digna (?) labor. Necesitamos creer, pero quienes nos representan debieran asumir el compromiso de demostrárnoslo. Pero nos encontramos con que nos han engañado. No hemos alejado, muchos, de la oscuridad de visionarios, brujos, sacerdotes, vendedores de humo y manipuladores de la ciudadanía, para darnos de bruces con profesionales de la política que la utilizan de manera indigna y tramposa. Necesitamos creer, sí, pero en representes comprometidos que demuestren que cumplen con el mandato que el pueblo les encomienda, y no en incendiarios, ni provocadores de monstruos dormidos...

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