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Qué ven mis ojos

¿Y tú qué campaña prefieres: la de vacunación o la de intoxicación?

Benjamín Prado nueva.

Una receta, un voto, esa es la ecuación sanitaria de quienes consideran clientes a los pacientes”.

Pasado mañana, 31 de diciembre, a las doce y un segundo de la noche, mientras empezamos a tomar las doce uvas de nochevieja, de seis en seis personas como máximo, concentrados en no perder el ritmo que marcan las campanadas que anteceden al descorche del champán, los brindis y las llamadas de teléfono a la familia, apuesto lo que sea en que la palabra más repetida en las casas será “vacuna”, dejando ya en segundo lugar “coronavirus”. O lo que es igual: la esperanza adelantará en las conversaciones al terror. No debería ser para menos cuando estamos ante una de las grandes hazañas del ser humano, que ha sido la de conseguir fabricar en menos de un año un antídoto contra la pandemia mortal. Ha sido como poner un pie en la luna sin salir de casa.

Sin embargo, ni en eso están de acuerdo quienes se oponen a todo lo que hagan los demás, sea lo que sea, dolidos por lo que pueda reportarle al adversario cualquier éxito. No les debe importar que nos curemos sino sólo ser ellos quienes te vendan la medicina y lograr que se resuelva a su favor la siguiente ecuación: una receta igual a un voto. Porque, de lo contrario, resulta incomprensible que algunas personas o formaciones políticas en su conjunto parezcan lamentar profundamente que nos inmunicemos, que salgamos de esta, con la tristeza inevitable por aquellos que se quedaron por el camino, pero también con ganas de volver a poner en hora el mundo y empezar a remar en el barco de nuestro país. No quieren hacer sumas, sólo restas. No quieren dar pedales, sólo poner palos en las ruedas del otro equipo. Hay dos campañas paralelas: la de vacunación y la de intoxicación.

Por ejemplo, insiste Isabel Díaz Ayuso, mientras se salta sus propias medidas sanitarias para ir a hacer un acto a Toledo, en que el virus entra por el aeropuerto igual que se propagó en el 8M y, salvando las distancias, como Aznar decía que la autoría del 11M era de ETA. Y, mientras tanto, su gran seña de identidad, el presunto hospital Isabel Zendal, que ha costado ya más de cien millones de euros, no tiene quirófanos, ni urgencias, ni laboratorio y las analíticas se mandan a La Paz. Tampoco tiene apenas pacientes en sus ocho mil metros cuadrados y sus mil camas, y a uno que empeoró estando allí, hubo que trasladarlo al Gregorio Marañón. Pero ella sigue dando lecciones científicas, tratando de hacer olvidar lo que pasó en los geriátricos de la región que ella preside y creyendo que va en dirección a La Moncloa.

Su compañero de siglas, José Luis Martínez-Almeida, el portavoz nacional del Partido Popular que como alcalde de Madrid jugó a ser Alberto Ruiz Gallardón y ahora juega a ser Carlos Arias Navarro, avalando que se retiren placas a Indalecio Prieto, se ataque con pintura roja su estatua o se tachen versos de Miguel Hernández de un memorial, cree que “la falta de información” del Gobierno con la vacuna “genera que haya un alto porcentaje de personas que dicen que no quieren ni siquiera vacunarse”. No se habrá enterado de que ese tanto por ciento ha descendido del 47% al 28% en tres semanas, y sigue bajando. Tampoco parece estar al corriente de que el reparto ya fue pactado por el Ministerio de Sanidad con las comunidades autónomas, incluidas aquellas en las que manda la derecha, ya que dice que justo eso es lo que habría que lograr, establecer “el criterio de distribución y el calendario”, que es como sostener que habría que hacer que el Guadalquivir pasara por Sevilla, el Ebro por Zaragoza y el Manzanares por la capital. Y, naturalmente, también repite la línea argumental de su formación, que es que el Gobierno ha convertido la vacunación en una actividad propagandística. Eso sí, celebramos con alegría los árboles que está poniendo en la calle de la Princesa y en la Plaza de España, que son una gran noticia verde. La asignatura de jardinería, muy bien.

A la tesis publicitaria se apunta con entusiasmo Ana Pastor, que ironiza sobre “las etiquetas XXL” que llevan los embalajes de las cajas que contienen la vacuna y llegan a nuestro país por vía aérea, con las que afirma que Pedro Sánchez “no va a tapar todo lo que ha hecho mal.” ¿Tal vez es que no recuerda cuándo Díaz Ayuso repartía mascarillas a bombo y platillo, con la bandera de la Comunidad en el envoltorio y el lema “¡Adelante, Madrid!”? Por otra parte, ¿no es un poco raro que a quienes presumen tanto de patriotas les indigne de tal modo que esos embalajes lleven la bandera de España? ¿Será que nada más que la consideran la de todos sólo cuando la ondean ellos? ¿Será que lo único que les interesa de ella es el palo, para utilizarlo como estaca contra el enemigo? En el fondo, y aunque sea con otras palabras, lo ha dejado claro su aliada Begoña Villacís, de Cs, que dice que ella se va a poner la inyección de Pfizer “aunque lleve el logo del PSOE.” La conjunción lo explica todo.

El caso es que la vacunación ha comenzado, y con ella el principio del fin de esta enfermedad horrorosa, que tanto dolor y tanto miedo nos ha traído. Araceli, la mujer de noventa y seis años con la que se inició la campaña, es un símbolo que expresa dos cosas: que de los errores se aprende y que esa idea de que todos son iguales, no es cierta: al comienzo de la pesadilla, las personas mayores fueron abandonadas a su suerte en algunas comunidades, cuando no condenadas a morir en ellas por la prohibición de llevarlas a un hospital, y el primer mensaje que se repitió una y otra vez, aunque resultaba vergonzoso, fue que moría gente, pero ya muy vieja. Hoy, los últimos son los primeros.

Y, qué quieren que les diga, esto parece que va mucho mejor que en la época del Sovaldi, aquel remedio contra la hepatitis C cuya tasa de curación supera el 90% y que el Ministerio de Sanidad, que comandaba Ana Mato en el Ejecutivo de Mariano Rajoy, sólo financió con una cantidad que dejaba fuera del tratamiento a la gran mayoría de los enfermos y daba para curar al 1,6%. Las hemerotecas están ahí y no hay mentiroso que se las pueda saltar.

Feliz 2021 a todas y todos los que hayan conseguido salir de esta. Honor y respeto a los que faltan. Sigan siendo prudentes y estemos unidos para sacar adelante nuestro extraordinario país.

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