La masculinidad como dispositivo de poder Juan José Tamayo
Casi dos generaciones nos separan a Octavio Salazar Benítez y a mí, además de nuestra diferente formación académica y nuestra profesión: él es doctor en derecho y catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba; yo soy doctor en teología y filosofía, teólogo de la liberación y actualmente emérito honorífico de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III. Yo siempre estuve alejado del derecho y Octavio vive inmerso en él, si bien con una mirada crítica y alternativa desde la perspectiva del feminismo y de la crítica de las masculinidades hegemónicas. Estas distancias primeras empezaron a acortarse en 2006, año en el que participamos en un Congreso en la Universidad de Córdoba, organizado por la Cátedra Unesco, Ahí comenzó un itinerario común que desembocó en complicidad interdisciplinar a través del movimiento feminista y la teoría de género, y después en el análisis crítico de las masculinidades hegemónicas y sagradas.
En estos días recibo su nuevo libro, de título provocador y desmitificador de las masculinidades hegemónicas: La masculinidad como dispositivo de poder. Entre la manosfera y los hombres nuevos (Ediciones Universidad de Salamanca, 2025), que se abre con dos citas muy pertinentes de Luciano Fabri y Robert Jensen. Fabri concibe el androcentrismo como “un orden que se reproduce en las narrativas científicas y en los discursos y prácticas políticas, dando por válidas la formas de conocer y explicar el mundo derivadas de un punto de vista viril ubicado como centro hegemónico”. Por su parte, Jensen considera que “nuestro objetivo no debería remodelar la masculinidad, sino eliminarla […], liberarse de la trampa de la masculinidad”. Nunca había visto tan clara la actitud teórica y práctica: ni masculinidades alternativas, ni masculinidades otras. La tarea que tenemos delante los hombres es liberarnos de la trampa de las masculinidades de una vez por todas.
Es una delicia leer este libro, autocrítico y nada complaciente, que cuenta con una rigurosa argumentación ética, política y jurídica, así como con un sólido tratamiento interdisciplinar. En él, su autor compagina el análisis crítico del imperio de las masculinidades hegemónicas con la propuesta de alternativas. De su lectura he extraído el siguiente quindecálogo:
1. El espacio público se diseña a imagen y semejanza del varón y de su realización, cuya base es el paradigma competitivo y ambicioso que legitima el sistema capitalista. Ser hombre abre todas las puertas para ejercer el poder sin límites y hablar desde todos los púlpitos, sean económicos, políticos, científicos, culturales, religiosos y jurídicos. En este diseño se excluye a las mujeres como sujetas políticas.
2. La masculinidad, en cuanto dispositivo de poder sobre las mujeres, es uno de los pilares sobre los que hemos diseñado la arquitectura de las sociedades. Es cierto que no todos los hombres somos agresores o maltratadores sexuales, pero sí hemos sido educados en un proceso de socialización para “sentirnos [superiores] dominantes y protagonistas, normalizar el uso de la violencia, negar la voz a quienes no estimamos equivalentes a nosotros, sentirnos parte de una fratría, sin sororía, que nos permite reafirmarnos en nuestras fantasías de omnipotencia [y yo añado de omnisciencia y omnipresencia]” (pp. 10-11). Asimismo, nos han educado en unos esquemas que han prorrogado y justificado la subordinación de las mujeres, su deshumanización y consideración como instrumentos de los hombres para hacer reales nuestros sueños de grandeza.
3. El verdadero enemigo es la masculinidad en cuanto megaestructura de pensamiento, orden cultural y simbólico y régimen de poder que crea y reproduce jerarquías y opresiones, no solo de las mujeres, sino de quienes no responden al ideal capacitista identificado con el hombre productivo y valorado por su capacidad de crear capital. Conforme a dicha lógica quedan en las “afueras” los niños y las niñas, los viejos y las viejas, las personas con diversidad funcional y, en definitiva, las “subjetividades subyugadas” por los diferentes sistemas de dominación en alianza y complicidad.
4. El cuestionamiento de la masculinidad exige superar un sistema social y económico que prima lo productivo sobre lo reproductivo, convierte la libertad individual en valor supremo y torna los deseos individuales en derechos.
5. El patriarcado y el capitalismo interactúan excluyendo a las mujeres de los espacios de poder y expulsando a las afueras a quienes no encajan en los patrones patriarcales, heteronormativos, etnocéntricos, capacitistas, clasistas y binarios.
En un mundo en el que los derechos humanos, la igualdad y la democracia están seriamente amenazados por quienes quieren restaurar el orden tradicional con propuestas reactivas, es necesario tejer alianzas interseccionales entre las víctimas de las distintas opresiones y de los colectivos que las acompañan
6. Hombres y mujeres reproducimos y potenciamos un orden social idealizador de valores asociados a la individualidad (éxito, riqueza, posición social y profesional, racionalización del mundo), que minimiza los asociados a la identidad “relacional” (comunidad, ciudadanía, economía solidaria, políticas del bien común, sociabilidad).
7. En un mundo en el que los derechos humanos, la igualdad y la democracia están seriamente amenazados por quienes quieren restaurar el orden tradicional con propuestas reactivas, es necesario tejer alianzas interseccionales entre las víctimas de las distintas opresiones y de los colectivos que las acompañan.
8. Tenemos que construir un nuevo proyecto civilizatorio de eco-humanidad tal como viene reclamando desde sus inicios el feminismo, pensado no desde la dialéctica amigo-enemigo, sino desde lo “común” y de un nos-otros inclusivo. Pensar desde y para lo común supone erradicar las lógicas asimétricas depredadoras y excluyentes del neoliberalismo, que reproducen la masculinidad hegemónica tradicional, y construir comunidad y ciudadanía, frente a individualismo y extranjería.
9. El desafío que tenemos delante supone desmontar los “pactos de caballeros”, que colocan en los márgenes los cuidados, los trabajos reproductivos, los derechos sociales, la sostenibilidad medioambiental, la alteridad, mientras que ponen el acento en los ideales de autosuficiencia, competitividad, ambición, éxito público y “sálvese quien pueda”.
10. En el ámbito jurídico es necesario incorporar las claves del iusfeminismo, que empieza por reconocer los límites del derecho para abordar las violencias machistas, atender y acompañar a las víctimas de dichas violencias, reparar los daños sufridos, eliminar las dificultades con las que se encuentran las víctimas para acceder a los sistemas de protección, evitar la revictimización en los trámites judiciales y lograr una eficaz ejecución de las medidas preventivas y socializadoras. Sin necesidad de renunciar a la dimensión coactiva del derecho cuando sea necesario, entendida como ultima ratio, hay que incidir en el ethos moral de nuestra convivencia y ejecutar políticas reeducativas de los hombres condenados por delitos de violencia machista con programas que desarrollen propuestas de desaprendizaje de la masculinidad tradicional.
11. Necesitamos una nueva manera de educar y de ser educados, que requiere incorporar los cuerpos y las emociones en las aulas para superar la fría transmisión de conocimientos y la violencia contra los cuerpos. Se trataría de educar para una ciudadanía corresponsable, comprometida con el bien común y con la conversación democrática, con presencia de los cuerpos diversos y de las subjetividades disidentes, y cuestionar los modos normalizados de pensar y de enseñar (heterosexualizados, racializados, generizados, capacistas, androcéntricos).
12. Estas nuevas narrativas deben activar una educación inclusiva que incorpore los derechos humanos como interpelación ética, al tiempo que desactive la subordinación y la jerarquía social producida por el heteropatriarcado, el capitalismo, el racismo, el binarismo y demás estrategias de opresión.
13. La nueva pedagogía debe ayudar a imaginar y practicar una nueva forma de habitar el mundo, que implica compaginar la educación para la ciudadanía y para la cuidadanía. Necesita activar la memoria democrática, la compasión y la cordialidad, la alianza entre afectos y cuidados mutuos, la amistad política y los lazos de solidaridad.
14. Es necesario abordar la educación afectiva y sexual pensada y vivida desde la igualdad y la diversidad, desde la lógica del reconocimiento, del goce y del placer. Es urgente vindicar la “justicia erótica” que debe defender y articular dos derechos: al placer y a la protección contra la violencia sexual,
15. En la esfera pública y en la privada hay que recuperar el ideal del amor-camaradería, vindicado por Alejandra Kollontai. Para ello hace falta no solo una mujer “nueva”, sino un hombre “nuevo”. En la lucha común contra el patriarcado es necesario “no aumentar la fantasía de las mujeres, sino la imaginación de los hombres; y, para esto, obviamente hay que transformar las condiciones materiales, sociales y políticas de la imaginación y sus cuidados” (S. Alba Rico).
Estoy seguro de que las quince propuestas que destaco inquietarán a no pocos cráneos patriarcalmente endurecidos, mentalmente anclados en la heteronormatividad y el binarismo sexual, vitalmente instalados en la práctica de la masculinidad hegemónica como dispositivo de poder, defensores de la división sexual del trabajo, negacionistas de la violencia de género y falseadores de la teoría de género bajo el nombre de “ideología de género”. Pudiera suceder incluso que algunos de estos cráneos se ablandaran, cuestionaran los dogmas machistas en los que están instalados y empezaran a cambiar. ¿Milagro? El rigor argumental del libro y su coherencia discursiva, como viene demostrando la escritura feminista de Octavio Salazar, pueden conseguirlo.
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Juan José Tamayo es teólogo de la liberación y profesor emérito honorífico de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es 'Cristianismo radical' (Trotta, 2025, 3ª ed.).
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