Es el apocalipsis, ya lo siento Beatriz Gimeno
La alternancia en política consiste en el hecho de sucederse o de turnarse en el poder. Para que esta alternancia sea legítima debe ser consecuencia de una decisión mayoritaria de los ciudadanos, primero, y de sus representantes en el parlamento, después, como ha sucedido en nuestro país durante estos casi 50 años de democracia. Y aunque no existe una obligación temporal para que dicha alternancia se produzca, por pura lógica es inherente al sistema democrático y, pronto o tarde, debe llegar. En circunstancias normales es necesaria porque oxigena el poder y favorece que todos los ciudadanos, antes o después, se sientan reconocidos en él. Vivimos en democracia precisamente porque podemos elegir entre distintas opciones (esto es, hay alternativas diferentes). Elegimos entre partidos políticos (numerosos en España) o, como sucede en los últimos años, entre bloques ideológicos. Hasta aquí todo normal, nada nuevo.
El problema es que, por muy evidentes que sean estas ideas y por muy interiorizadas que estén entre nosotros, hoy esa posibilidad de alternancia no discurre por ellas. Habrá quien piense que afirmo esto porque soy un dogmático, que mi posición es de parte y que no veo alternativa al gobierno de Pedro Sánchez porque formo parte de él, ahora de su sottogoverno. Por supuesto que no me gusta nada la posibilidad de un gobierno PP-VOX en España, que es la alternativa real al actual de coalición progresista. Creo que supondría un peligroso retroceso para la mayoría de los españoles en términos de derechos y de libertades. Pero a lo que me refiero aquí no es a esto. Mi preocupación tiene que ver con algo que escuchamos en el Congreso de los Diputados, solemnemente, en el reciente debate sobre Ceuta, al líder de la oposición, Alberto Nuñez-Feijóo, y de forma más clara a Santiago Abascal. Éste directamente y aquél de forma más genérica amenazaron al presidente del Gobierno con aplicarle el artículo 102 de la Constitución para procesarlo por traidor a España (sic). En otras palabras: los que representan a una parte significativa de los ciudadanos de nuestro país quieren “meter en la cárcel”(Abascal dixit) o “sentar en el banquillo” (Feijóo dixit), nada más y nada menos que por alta traición, al gobierno democrático, con su presidente a la cabeza, que representa a la otra parte de la ciudadanía, todavía más amplia que la primera (al menos hasta la fecha –por eso es gobierno–).
La aniquilación es híbrida, como se dice ahora, y consiste en la muerte política y civil del otro adversario
Y esto, a mi juicio, está muy lejos de una voluntad limpia y legítima de alternancia. Bien al contrario, responde a la lógica mortal de medio país contra el otro medio; la de los buenos españoles, ahora injustamente en la oposición, contra los malos españoles que “okupan” (okupamos) el gobierno desde 2018. No inventan nada aunque algunos pensábamos con mucha ingenuidad que esta dialéctica, que tiene nombre y autoría, quedó enterrada en el museo de la historia precisamente tras aprobar la Constitución de 1978. Su nombre: dialéctica del enemigo, o del odio. Y su autor, allá por los años 20/30 del siglo pasado, Carl Schmitt. Según esta dialéctica, profundamente destructiva, el adversario contra el que se compite deja de serlo para convertirse en un enemigo al que hay que aniquilar. Para este fin, todo vale. Es un lenguaje y una praxis no democrática trasladada a la democracia.
Y como hoy no estamos, afortunadamente, en guerra, la aniquilación es híbrida, como se dice ahora, y consiste en la muerte política y civil del otro adversario, ya enemigo, actuando reiteradamente contra su reputación y buen nombre (aquí son decisivos los medios de comunicación y las redes sociales) y/o contra su libertad (el código penal como arma en la lucha política). Se le señala, primero, y se le estigmatiza como traidor a la patria (el peor reproche a un gobernante) después, cosificándolo, desprestigiándolo, persiguiendo a su familia, deshumanizándolo con la voluntad última de borrar su obra para siempre, impidiendo así toda posible reconciliación.
Que tal posibilidad, el procesamiento por traición del presidente Pedro Sánchez, pudiera materializarse si se da la mayoría parlamentaria necesaria que exige el artículo 102 de la constitución produce (solo de pensarlo) escalofríos. Nunca antes se había planteado en sede parlamentaria la aplicación de este artículo (que no es un impeachment) a ningún presidente del gobierno de la democracia. Ni por los GAL, ni por la guerra (injusta e ilegal) en Iraq, ni por las burdas mentiras tras el atentado terrorista más grave de nuestra historia, el 11-M. Nunca. Hasta hoy.
No estamos, por tanto, en estos tiempos críticos que nos está tocando vivir, ante la mera polarización que, bien entendida, con madurez y respeto mutuo, es consustancial a la democracia pluralista. Discutir, debatir, acordar, discrepar, polemizar, confrontar, incluso con pasión, forma parte de nuestro sistema. La dialéctica del enemigo que se ha instalado en nuestro país (y en otros también) es puro odio y éste es incompatible con el debate de ideas, la amistad cívica, la sana alternancia y, a fortiori, con la democracia misma.
Sorprende que algunos de los que más apelan al espíritu de la Transición se hayan sumado a esta dialéctica del enemigo que tiene además la facilidad de propagarse en todas direcciones, como un virus sin vacuna, incluyendo progresivamente a nuevos enemigos. Solo será cuestión de tiempo y de fuerza. No habrá nadie en quien confiar; o solo confiaremos en “los nuestros” (en “los míos”, que diría Jean Daniel). Tampoco habrá posibilidad alguna para la “revolución del respeto” con la que soñó, sin éxito mientras vivió, nuestro Fernando de los Ríos.
Por eso, la política bajo la amenaza de prisión por traición aplicada por los que aspiran a vencer en unas elecciones contra los que podrían ser vencidos no es alternancia. Es puro odio, un odio que hiela el corazón en el lamento de Antonio Machado. Por halago de la fortuna, pertenezco a una escuela amplia de la Filosofía del Derecho que lideraban Joaquín Ruiz Giménez, Elías Díaz y Gregorio Peces-Barba, con sus Cuadernos para el Diálogo, en la que aprendimos a no odiar y a hacer lo posible para no repetir, cual Penélope, lo peor de nuestro pasado. Que no volvamos a empezar depende en buena medida de que seamos capaces, todos, de desterrar para siempre la nefasta dialéctica del enemigo.
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José Manuel Rodríguez Uribes es profesor titular de Filosofía del Derecho. Fue ministro de Cultura y Deporte entre 2020 y 2021 y en la actualidad es presidente del Consejo Superior de Deportes.
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