Aquí un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo

La característica básica de nuestra política es la paradoja, algo que ha quedado demostrado, una vez más, con el asunto de Ceuta: escuchas entre líneas los discursos del Gobierno y de la oposición y parece que les importa menos decir lo que de verdad piensan que decir lo contrario de lo que diga el otro. El giro de unos y otros en este tema ha sido de bailarines de tango, quizá porque pisaban terreno resbaladizo, y ahora quienes guardaban silencio sobre Mohamed VI le señalan, Feijóo habla de “invasión tolerada y auspiciada por Marruecos” y Ayuso pide romper relaciones: hablar es gratis y, en el fondo, a ella qué más le da, si de momento el que se puede caer del caballo camino de La Moncloa es el otro. Eso sí, ninguno de los dos aporta una idea alternativa, no sabemos cuál sería su plan migratorio, qué hacemos con los menores, cuál es su modelo fronterizo o si la mano dura que propone la presidenta de la Comunidad de Madrid y, de momento, ni confirma ni desmiente el líder de su partido, tiene en consideración lo que opinaría de ella Europa, que algo tendrá que decir si se cierra la puerta que la separa de África.

Habla Feijóo de la altura de Estado de su formación y presume de su solidaridad con Ceuta, pero no explica si eso incluye, por ejemplo, respetar la ley que ordena repartir equitativamente a los menores por la península, es decir, en territorios donde gobierna casi siempre el Partido Popular. Seguro que eso es lo que están esperando allí como agua de mayo, porque la avalancha les ha desbordado, pero lo que no está tan claro es si la disciplina de las siglas será más fuerte que la defensa de los intereses de la ciudad. Tampoco da la impresión de que Feijóo se atreva a marcar una línea de separación que le distinga de las opiniones de su socio de la ultraderecha, que ya sabemos que es partidaria de solucionar la cosa a cañonazos. Eso sí, todo ello, mientras hacen malabarismos para servir al mismo tiempo a Dios y al diablo, a Rabat y a Washington, que en esta película Abascal hace de José Luis López Vázquez en Atraco a las tres: “aquí un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo…”, y Feijóo don Tancredo, ese personaje cuya táctica es no hacer nada, no mojarse nunca y que los peces los cojan otros. Las encuestas aseguran que la jugada les está saliendo bien y, por lo tanto, señalan que el problema está en la calle de Génova, donde se pierde cada voto que va a Vox. El abrazo del oso es lo que tiene.

Mientras tanto, el Atlas no deja ver el ático y Ayuso se presenta a sí misma como la figura más importante del PP, aquella con la que, en sus propias palabras, está obsesionado Pedro Sánchez. Que el ruido sustituya a las nueces. Pero esto va más allá del chao pescao, es un agujero en su barco o, tal vez, sea la gota que colma el vaso, lleno de favores a conocidos y familiares, dinero público que acaba en las cuentas de su entorno y lo hace cada vez de una forma más descarada. Un piso de casi siete millones de euros debería verse muy bien, pero no lo hará quien mira para otra parte o comparte el derecho de quien ostenta el poder a usarlo en beneficio propio, tal vez por eso Feijóo asegura sentirse “muy orgulloso del PP de Madrid.” A esa misma hora, comenzaba el juicio del caso Lezo.

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