Es el apocalipsis, ya lo siento

Reconozco que últimamente cada vez que escribo un artículo relacionado con la actualidad pienso: “este es el último”. Y pienso que quiero dejarlo todo y quedarme en mi pueblo dedicada a las cosas que me gustan o a, simplemente, a vivir. No me quito de encima la sensación de que soy muy pesada, de que los artículos apocalíticos están mal vistos y de que… el optimismo de la voluntad yo lo tengo averiado. La desesperanza dijo el otro día Angela Davis en México está descartada, pero yo ya estoy harta de los manuales de autoayuda. Tengo sensación de fin del mundo, como mucha gente.

Si tenemos que luchar, al menos que tengamos armas, porque si vamos a seguir así, con las palabras desnudas y las manos vacías, mejor me voy al pueblo a ver atardeceres rosas y amaneceres amarillos, como son por aquí. Y es que no puedo imaginar un ejército tan desarmado como este nuestro de los demócratas frente a las fuerzas del mal, que crecen pertrechadas con un armamento de potencia desconocida hasta ahora. Palabras contra bombas y, por si fuera poco, cada vez menos palabras, hasta que nos dejen mudos. Siento ser apocalíptica, pero a lo mejor si lo decimos mucho nos damos cuenta. Como muestra: nada de lo que escribo a continuación es una exageración. 

Ayer leí que la IA de Elon Musk había utilizado pornografía infantil para entrenarse y no me sorprendió. Los propietarios de las tecnológicas han tomado en gran parte el control económico y político y dirigen el planeta hacia su propia visión del mundo. No tienen límites. No tienen miedo al Estado, ni a los políticos, ni a la gente, ni de las leyes, ni a nada. Y si se creen Dios es porque, en realidad, son lo más parecido a Dios que hemos conocido. Y tienen armas incomparables con las que tenemos la gente corriente partidaria de las democracias. Lo que eran nuestras armas están tan obsoletas como un tirachinas y, lo que es peor, es que sigo sin ver a los políticos o a los partidos que se llaman demócratas decididos a hacer las intervenciones necesarias. Por ahora seguimos con las palabras. 

Todo lo que puede pasarnos en no muy largo plazo (y no hay quien no tenga una espantosa sensación de aceleración) ya lo han probado en América Latina con éxito. Los gobiernos progresistas han ido cayendo en votaciones que podemos considerar en gran parte fraudulentas y, quizá, seguramente, fraudulentas del todo. Por una parte, redes criminales que son capaces con sus granjas de bots de manipular a la población en contra de la democracia. Esto no es una exageración, es una realidad. 500 mil bots hicieron la campaña de las derechas en Argentina, Chile, Honduras, Colombia, El Salvador, Perú, Bolivia y Paraguay como ha confesado el delincuente Cerimedo que, por más de un millón de dólares al mes, parece que ha hecho ese trabajo. Le han detenido, pero no por su actividad de manipulación de elecciones, sino por intento de asesinato de su exmujer. Pero habrá muchas más personas haciendo ese trabajo o dispuestas a hacerlo por más de un millón de dólares al mes. Es de los bots de lo que hay que ocuparse. Pero, además de los bots, es muy posible que algún sistema de recuento haya estado manipulado en elecciones que se han decidido, varias de ellas, por muy pocos votos. 

En estos países ya se han instalado rápidamente los think tanks norteamericanos, como Heritage, que están logrando transformar el sentido común mundial en asuntos como los derechos de la mujeres o las minorías. Una vez que se instalan, desalojarlos se torna complicado: toman los medios de comunicación, acallan el periodismo crítico, expanden las fake news con millones de dólares, legislan, prohíben, reprimen. 

No parece muy lejano el día en que sea posible que “desaparezcan” activistas de izquierdas. En EEUU muchos discursos públicos ya defienden sin rubor que la izquierda es asimilable a terrorismo. La Cámara de Representantes ha aprobado una resolución en la que dice que el socialismo democrático, el único opositor real del trumpismo, no es legítimo. Puede parecer poco importante, pero sabemos cómo funciona. Primero de instala el discurso y luego, cuando se detiene a alguien, parece lo normal. Hace un tiempo que los discursos de la derecha criminalizan y deshumanizan a cualquier persona de izquierdas o a cualquier colectivo susceptible de convertirse en chivo expiatorio de las frustraciones sociales. 

En los países de América Latina, y en el mismo EEUU, ya se han construido cárceles que son agujeros negros, fuera de toda legalidad. Estos lugares están muy lejos de ser una novedad, pero lo que sí es nuevo es su presentación glamourosa, casi como un producto publicitario, y que la gente, además, lo apoye. Incluso entre demócratas cada vez está más instalado un discurso punitivista extremo que considera que cualquier postura crítica respecto a los castigos que no respetan los derechos humanos, o respecto al sistema penitenciario, es lo mismo que estar a favor del crimen y la inseguridad. En las cárceles de Bukele, en las próximas cárceles de De la Espriella, o en las de EEUU puede desaparecer cualquiera y no sólo pandilleros (que también tienen derechos, por cierto). En EEUU la gente, izquierdista o no, ya desaparece, raptada por la calle y enviada a centros de detención y después a países en África con los que no se tiene relación. Sin cargos, sin juicio, sin delito, sin nombre, sin nada. Está pasando. 

En España vivimos una situación de anormalidad democrática desde que la derecha perdió en las urnas

En Europa… ya no hay ningún tipo de vergüenza ni parece importarle a nadie que los nazis estén en la calle con su simbología, sus cánticos, sus consignas y su violencia. La policía apalea a los manifestantes de izquierda, y nos multa. A los nazis… guante blanco. En España vivimos una situación de anormalidad democrática desde que la derecha perdió en las urnas. Nos acostumbramos a todo, el umbral del escándalo es cada vez más bajo. Es posible que Sánchez pierda las elecciones antes de que alguien consiga llevarle a juicio por traición… o cualquier cosa inventada. No importa, como ocurre también con Begoña Gómez o como ocurrió con el fiscal general. Ambos son completamente inocentes, sus juicios son fraudulentos. Dijo Aznar: “el que pueda hacer que haga”, y vaya si están haciendo. Pero por el lado de los demócratas, por nuestro lado, la consigna parece ser: “que nadie haga nada, todos quietos”. Como esos niños que piensan que si se tapan los ojos nadie les ve. 

Yo no sé si los jóvenes son de extrema derecha o no, pero me parece que esa no es la discusión. Lo que sí sé, porque lo veo, es que la mayoría ya no tiene otra fuente de información que las redes; y que las redes no hacen otra cosa que colonizar el sentido común hacia el fascismo. Claro que conozco jóvenes de izquierdas muy politizados, pero la mayoría de los que conozco, por mi trabajo, aquellos que no están muy ideologizados, van asumiendo el mundo que les propone el algoritmo. Y no, no se puede dar la batalla ahí porque los dueños del algoritmo son precisamente los enemigos a combatir. 

Afirmaba el otro día Cerimedo, el de las granjas de bots, que si él habla caerán varios gobiernos. No creo, ya no. Que se sepa la verdad no es suficiente cuando la verdad no importa o es completamente indistinguible de la mentira. Ya no somos capaces de distinguir una de otra y es posible que llegue un momento en que no tengamos manera de acceder a la verdad. La verdad puede desaparecer, literalmente. Evaporarse. La IA es una tecnología que ya afecta de manera profunda a nuestras vidas y a la política. Pero por ahora parece que la izquierda sigue instalada en el siglo XX mientras que los milmillonarios y los fascistas corren ya por el XXI. 

Dijo Aznar: “el que pueda hacer que haga”, y vaya si están haciendo. Pero por el lado de los demócratas, por nuestro lado, la consigna parece ser: “que nadie haga nada, todos quietos”

Ni siquiera hace falta encarcelar a la izquierda, basta con acallarla y acallarla es muy fácil. Los gobiernos democráticos siguen sin tomar medidas contra las fake news, contra los bots, sin regular la IA, sin ofrecer alternativas democráticas a las plataformas privadas. Creemos estar haciendo un trabajo importante con nuestros posts, con los podcasts, los artículos… Pero mañana, literalmente mañana, los dueños de las tecnológicas pueden hacer que todas las voces progresistas desaparezcan, sin más, sin rastro. Pueden conseguir que nadie que les contradiga tenga visibilidad o ni siquiera acceso a sus plataformas. Porque son suyas. Pueden potenciar las cuentas de fascistas e invisibilizar las nuestras. Nada se lo impide.

Nada de esto es una exageración. Decía el historiador Julián Casanova el otro día que este momento es perfectamente comparable al fascismo de los años 30: no hay ningún partido de derechas que se resista, no hay un programa organizado de resistencia por parte de la izquierda y ya están los inmigrantes convertidos en los otros a los que odiar, de los que tener miedo y contra los que vale cualquier cosa, incluso llamar “invasor” a un niño que ha muerto de diabetes como hizo elespañol.com con un lenguaje que no difiere en nada del que se utilizó para meter en un horno a millones de judíos. 

En fin, este mismo domingo los nazis ganaron unas elecciones en Alemania. Es un fascismo aún prebélico, explicaba Casanova. ¿Tenemos que esperar a que sea bélico para que nos demos cuenta de dónde estamos? Ganar esta guerra por la democracia implica hacer uso de las armas del Estado y de la ley, pero… ¿qué armas se están utilizando?, ¿quién las está usando? Por si fuera poco, cada vez hay menos sitios a los que escapar. La globalización también es esto. Por eso pienso todo el rato en borrar todo y marcharme al pueblo. 

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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.

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