Los cordones sanitarios no frenan el auge de la ultraderecha y complican la gobernabilidad en Europa

Alice Weidel, copresidenta del partido y del grupo parlamentario Alternativa para Alemania (AfD), interviene durante el acto de cierre de campaña del partido en Magdeburgo, Alemania, el 5 de septiembre de 2026.

El triunfo de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt ha llevado hasta un nuevo límite los cordones sanitarios con los que buena parte de los partidos europeos han tratado durante décadas de contener a la extrema derecha. La formación ultraderechista consiguió este domingo el 43,8% de los votos, más del doble que en 2021, y dejó a los democristianos de la CDU en un 17,2%. Sin embargo, sus 39 escaños en un Parlamento de 83 la dejan a tres de la mayoría absoluta y, al menos por ahora, sin socios para gobernar.

AfD ha aprovechado esa contradicción para cargar contra la Brandmauer, el “muro cortafuegos” que funciona en Alemania como cordón sanitario frente a la extrema derecha. Su colíder Tino Chrupalla ha apelado este lunes a los diputados conservadores para construir una “mayoría conservadora de centroderecha” y ha defendido que “la política siempre significa compromiso”. Sahra Wagenknecht, referente del partido de izquierda populista BSW, ha calificado además de “afrenta a los votantes” la posibilidad de levantar otra mayoría destinada a mantener a AfD fuera del poder.

El resultado ha tenido eco inmediato fuera de Alemania. El ministro francés de Economía, Roland Lescure, lo ha descrito como una señal “muy, muy preocupante” y ha advertido de una “ola populista”. Francia no observa el fenómeno desde la distancia, ya que a menos de ocho meses de las presidenciales de 2027, Marine Le Pen encabeza los sondeos y parte como favorita. Será una elección en la que el tradicional frente republicano volverá a poner a prueba hasta qué punto estos cordones siguen siendo capaces de contener el acceso de la extrema derecha al poder.

Del aislamiento a los problema de gobernabilidad

El cordón sanitario como estrategia política se popularizó en Bélgica a finales de los años ochenta. En 1989, los partidos flamencos acordaron aislar al entonces ultraderechista Vlaams Blok tras su avance electoral, un compromiso reforzado después de su fuerte crecimiento en las elecciones de 1991. Con fórmulas diferentes, la idea se extendió por Europa: excluir de pactos y gobiernos a partidos considerados incompatibles con determinados consensos democráticos.

Tres décadas después, esas formaciones han dejado de ser actores marginales y en varios países compiten por ser la primera fuerza. A medida que aumenta su representación, mantener su aislamiento resulta más costoso, ya que obliga a partidos ideológicamente cada vez más alejados a entenderse entre sí para construir mayorías alternativas. 

Austria ofrece uno de los ejemplos más claros de ese dilema, aunque allí no exista un cordón histórico comparable al alemán o al belga. El FPÖ ganó las legislativas de 2024 con cerca del 29%, pero quedó fuera del Ejecutivo. Conservadores, socialdemócratas y liberales terminaron formando en marzo de 2025 el primer Gobierno tripartito desde la posguerra, tras el proceso de formación más largo de su historia. Reuters señalaba entonces el riesgo de que una alianza tan heterogénea resultara frágil.

En Portugal, Luís Montenegro también ha rechazado pactar con Chega, que en 2025 alcanzó 60 diputados y desplazó al Partido Socialista como principal oposición. El resultado ha sido un Ejecutivo en minoría obligado a buscar apoyos fuera de su bloque para garantizar su estabilidad parlamentaria.

Suecia muestra el siguiente paso. Los Demócratas de Suecia, formación de extrema derecha, permanecieron durante años aislados, pero su crecimiento acabó deshaciendo el cordón. Tras las elecciones de 2022, los conservadores tradicionales aceptaron su apoyo parlamentario mediante el acuerdo de Tidö. El partido no obtuvo ministerios, pero pasó de estar excluido a influir directamente en la agenda del Ejecutivo.

Valonia, la excepción europea

La incapacidad de los cordones para contener electoralmente a la extrema derecha tampoco es universal. Bélgica ofrece el principal contrapunto. La politóloga Léonie de Jonge ha mostrado que en la región de Valonia la combinación de aislamiento político y mediático contribuyó a impedir que la extrema derecha consolidara una oferta competitiva. El contraste con Flandes es notable, ya que allí Vlaams Belang llegó al 21,8% en 2024 pese al cordón, que además comenzó a romperse ese mismo año en varios municipios.

La comparación sugiere que no basta con levantar una barrera cuando un partido ya ha acumulado una amplia base electoral. El momento en que se establece, su cohesión y el comportamiento de los propios partidos tradicionales importan tanto como la exclusión institucional. Valonia constituye además una excepción en un continente donde buena parte del centroderecha, y también sectores de la socialdemocracia, han ido desplazándose hacia posiciones más duras en asuntos como inmigración, seguridad o identidad. 

La ciencia política cuestiona su eficacia

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La investigación académica tampoco ofrece una respuesta sencilla. Pedro Riera y Marco Pastor compararon en Party Politics los efectos del aislamiento con la participación de partidos populistas en gobiernos de coalición. Su trabajo concluye que estos sufren pérdidas especialmente importantes cuando entran en el Ejecutivo como socios minoritarios, lo que cuestiona que mantenerlos permanentemente fuera sea siempre la estrategia electoral más eficaz.

Abandonar el bloqueo para copiar las posiciones de la extrema derecha tampoco parece ofrecer una salida. Werner Krause, Denis Cohen y Tarik Abou-Chadi analizaron las estrategias de los partidos tradicionales en distintos países europeos y no encontraron evidencias de que adoptar posiciones más restrictivas, especialmente en inmigración, reduzca el apoyo a la derecha radical. En algunos casos, aumenta la transferencia de votantes hacia el original.

Europa se enfrenta así a un dilema cada vez más difícil. Los cordones sanitarios pueden mantener a la extrema derecha fuera de los gobiernos, pero no han conseguido frenar su crecimiento electoral. Y cuanto más apoyo acumula, más complicado resulta formar mayorías alternativas sin juntar a partidos muy alejados entre sí. Romper esos cordones tampoco garantiza que la extrema derecha se desgaste, mientras que asumir parte de sus discursos puede terminar reforzándola. El reto para los partidos tradicionales pasa, por tanto, por encontrar una oferta política capaz de recuperar a esos votantes sin copiar a la extrema derecha. Por ahora, esa fórmula sigue sin aparecer con claridad.

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