“Lo que está ocurriendo en Ceuta es lo que está ocurriendo en el mundo” Cristina Monge
La frase que da título a esta columna no es mía, sino de la exministra Arancha González Laya en su estreno como analista la semana pasada en Hora 25 con José Luis Sastre (ver aquí). Creo que pocas frases condensan tanto y tan bien el sentido de esta crisis que ha puesto a España más patas arriba de lo que ya estaba.
¿Y qué es lo que está pasando en el mundo? Basta con echar una mirada a las secciones de internacional o analizar las últimas crisis que hemos vivido por estas tierras. Guerras que se cronifican, un genocidio en nuestras narices, pandemias, incendios, danas, agresiones cibernéticas y sí, un ataque híbrido en toda regla en la frontera sur de Europa. No repetiré los argumentos que desarrollaba aquí mismo la semana pasada (ver aquí). Veamos qué tienen en común todos ellos y entenderemos la dimensión de la ofensiva.
En primer lugar, llama la atención comprobar que aún creemos que todos estos fenómenos responden a eso que hace unos años Nassim Taleb llamó “cisnes negros”, es decir acontecimientos cuya probabilidad de que sucedan es muy baja, pero cuando ocurren, tienen enormes consecuencias y provocan una “racionalización retrospectiva”, esto es, que se analizan con narrativas que invitan a pensar que, en realidad, eran previsibles. Quizá vaya siendo hora de reconocer que todas estas crisis ya no son cisnes negros, sino que cada vez ocurren de forma más recurrente y, por lo tanto, se han convertido en “la nueva normalidad”.
En un formidable ensayo en New York Times, Margaret MacMillan lo expresa así (ver aquí): “...una nueva realidad ha llegado a una velocidad sorprendente. El orden mundial que se mantuvo unido durante la mayor parte de nuestras vidas comenzó a erosionarse cuando quienes formaban parte de él se volvieron demasiado cómodos y complacientes, y cuando hubo demasiada tolerancia —incluso aprobación— de las malas conductas". En efecto, si entendiéramos que se acerca un nuevo orden mundial, como titula MacMillan su trabajo, y entendiéramos que esos cisnes negros ya no son una excepción, sería el momento de iniciar políticas de prevención y preparación que a día de hoy están muy lejos de alcanzar la dimensión que suponen los actuales desafíos. En todos los frentes: el climático, el tecnológico, el geopolítico, el económico…
Como consecuencia de esto, y he aquí la segunda característica que tienen en común todos estos acontecimientos, todo estos fenómenos se producen como consecuencia de grandes retos, más que diagnosticados, que configuran el mundo actual. El cambio climático, los movimientos migratorios, la revolución digital y la ruptura del multilateralismo, del orden mundial basado en reglas y del viejo orden surgido de la II Guerra Mundial, son los más relevantes. Todos ellos son investigados desde todas las partes del planeta. Se conocen causas, evolución, se construyen escenarios sobre cómo pueden evolucionar y millones de grandes cerebros siguen de cerca su desarrollo dedicando ingentes cantidades de recursos para ello. Sin embargo, ni los gobiernos ni las sociedades acabamos asumiendo que, en efecto, están aquí.
Así que, en efecto, González Laya acertó de pleno. Lo que está ocurriendo en Ceuta es lo que está ocurriendo en el mundo, sólo que ahora nos ha tocado en casa y lo vemos más de cerca
Si nos sorprendemos tras cada dana, tras cada ola de calor, tras cada ataque cibernético o tras cada episodio como el vivido en Ceuta es porque, aunque lo sabemos, y cada día sabemos más —hasta el punto de que sabemos lo que no sabemos, que es un grado muy alto de conocimiento—, es porque, en el fondo, no entendemos que estos desafíos no son de futuro sino de presente, y han venido para quedarse. Piensen cuánto espacio se dedican a estos temas en tertulias, programas de televisión y en la conversación pública en general fuera de los momentos de crisis. Vuelvo a MacMillan: “Al igual que la gente de la Orán de Camus, nos negamos —comprensiblemente— a reconocer cuánto ha cambiado el mundo. Los problemas son espinosos, complejos y tediosos, y es más fácil mirar hacia otro lado. Así, pasamos las vacaciones en playas mientras los incendios forestales arrasan con todo; le preguntamos a la IA cómo entrenar a un cachorro, cómo escribir esa carta: le pedimos que piense por nosotros. Esperamos que las guerras terminen, que los mecanismos de protección, las instituciones y las alianzas se reconstruyan, y que el mundo tal como lo entendemos se recupere y perdure".
Por otro lado, y esta es otra de las características en común, si estas crisis tienen enormes impactos es porque golpean sobre brechas que ya existen, es decir, desafíos no resueltos. Cuando ocurren incendios descomunales, danas o sequías eternas se pone de manifiesto que la transición ecológica está provocando enormes dificultades políticas, que aún no se consigue en muchos casos hacerla de forma que no tenga perdedores ( o tenga los menos posibles) y que incluso los consensos que existían sobre su urgencia se están quebrando. Cuando se comete un genocidio o se produce una invasión como la de Putin en Ucrania salta a la vista que ese orden multilateral basado en reglas ya estaba muy debilitado antes de la llegada de Trump. Si la entrada de forma ilegal de 80.000 personas en Ceuta ha tenido tanto impacto, además de los errores de gestión del Gobierno y de que más de un mes después aún queda mucho por saber y por resolver, es porque la inmigración es hoy un elemento divisivo en el conjunto de Europa, también en España, y esto genera muchos problemas. El primero y fundamental es la falta de un abordaje acorde con los derechos humanos para las personas migrantes, pero otro, más olvidado, es que nos hace especialmente vulnerables. Quienes quieren desestabilizarnos —que son muchos—, lo saben. Y por ahí atacan. Viendo algunos discursos políticos tanto en España como en el resto de Europa hay que reconocer que les ha salido muy bien.
Finalmente, en todas y cada una de estas crisis se observa de forma sistemática la incapacidad tanto de los gobiernos como de la oposición para gestionarlas. En el caso de Ceuta, a la falta de prevención por parte del Gobierno de España —pendientes de esclarecer qué sabía quién y qué no— se suma la reacción desesperadamente tardía, la escasez de medios y los errores más que graves de comunicación, que han envenenado aún más la situación política y han puesto de manifiesto las carencias a la hora de abordar una situación tan endiablada. Si la primera obligación de todo gobernante es proteger, urge capacitar a los gobiernos y las administraciones públicas para que lo hagan también en estas crisis complejas, poliédricas y de grandes dimensiones.
La oposición también sale retratada en estos desafíos. Vox y el Partido Popular han conformado un bloque político que no tiene ningún reparo en convertir esta crisis, por grave que sea, en un ataque al Gobierno. Lejos del patriotismo que se les supone, han puesto sus intereses electorales y partidistas por delante de los del país, algo que no tiene por qué ser contradictorio con la petición de explicaciones, más que necesarias, al ejecutivo. Atrás quedaron consensos básicos sobre la política exterior o el cierre de filas con el Gobierno, el que sea, ante un ataque externo —el famoso 'rally around the flag', todos juntos en torno a la bandera—. En el caso de Ceuta, la derecha y la ultraderecha han hecho causa común para hacer de esta enorme crisis geopolítica un asalto al gobierno por vía política y judicial, con explícitas amenazas de procesamiento judicial al Presidente del Gobierno. ¿Qué habrían hecho ellos si gobernaran?
En definitiva, en estas crisis, cada vez más frecuentes y con enorme capacidad de destrucción, las democracias tiemblan. Así que, en efecto, González Laya acertó de pleno. Lo que está ocurriendo en Ceuta es lo que está ocurriendo en el mundo, sólo que ahora nos ha tocado en casa y lo vemos más de cerca. Ojalá lo entendamos y reaccionemos. Como explica MacMillan en su ensayo, “para 1945, el Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados habían librado dos guerras mundiales brutales en el espacio de tres décadas. Cuando crearon la arquitectura del orden existente, tenían muy claro lo que querían prevenir. Los marcos previos habían fracasado y crearían algo nuevo que no lo hiciera. El camino panglosiano del optimismo injustificado es un callejón sin salida. Pero eso no significa que no podamos hacer lo que tantas veces se ha hecho antes y emprender el laborioso proceso de construir algo de nuevo".
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