Los juegos del hambre

Ceuta. Sebta.  

Cuántas veces habré defendido la españolidad de Ceuta, sirviéndome de todo, de la historia reciente y la antigua, de Franco y de los Regulares, de los lienzos de sus murallas reales que muestran las fábricas de los dominadores de la ciudad durante más de mil años. Pero también de sus mitos, de cuando los romanos la nombraron para siempre o de cuando vino el gran héroe tebano y dio nombre a las columnas que separó, el peñón de Gibraltar y el monte Hacho, creando la brecha eterna entre Europa y África. 

En ese cisma, esa falla fronteriza, se encuentra la diminuta Ceuta. 

Cuánto daño ha hecho una historia de España esencialista y mal contada

A los ceutíes nos reconforta la historia ya que muestra que siempre fuimos de la mano de nuestra madre patria. Por eso nos empeñamos en reivindicar nuestra identidad española una y otra vez. Según un estudio del CIS de 2013 el 96,8% de los ceutíes se sentían "muy o bastante" orgulloso de ser español. La rojigualda siempre está presente, en los balcones, los cinturones y las pulseras. Las manifestaciones católicas se exaltan para mostrar que “a pesar de todo” (y esto es a pesar de nuestra cercanía con Marruecos, de la presencia viva de la cultura magrebí, de los ciudadanos musulmanes), somos españoles. Es una retórica perversa y reduccionista, como si hubiera que excusarse de tanta diversidad cultural, no se nos vaya a malentender. Cuánto daño ha hecho una historia de España esencialista y mal contada. Una historiografía nacionalista que dio fuelle a un constructo ideológico, la Reconquista, como “recuperación” del territorio peninsular, explicando el Alándalus como un paréntesis de nada menos que ocho siglos. En los manuales del colegio aún recuerdo ese Al-Ándalus como elemento flotante en un discurrir continuo (y católico), un tema aparte. Con la decencia de situarlo al menos cronológicamente en la edad media y no como anexo último. Podía ser peor. 

Ironías aparte diré que de aquellos polvos estos lodos, my friend. Cuando los arabistas e historiadores contemporáneos se pusieron serios y empezaron a relatar esa realidad multicultural que es España, un país a caballo entre Europa y África, que por un lado tiene la barrera de los Pirineos y por otra la del Estrecho (no sé cuál es más sencilla de franquear), arrancando de su historia el impertérrito sesgo racista, reinterpretando como tales las leyendas nacionalistas, nuestro país vecino estaba tomando buena nota de toda la historia “anterior”. Tras el fin de los protectorados había de crearse un relato de país que recuperara su dignidad tras años de colonialismo europeo. Recuperar, en todos los sentidos.  

Si España es tan española, tan limpia, tan católica, ¿a qué viene tener territorios mestizos en África? Con la crisis migratoria de Ceuta, las redes sociales se han llenado de reivindicados de muchos marroquíes aupados por activistas occidentales defensores (descontextualizados) de la descolonización. Un reclamo que parecía imposible y que de repente se transforma en una petición “razonable”. Los ceutíes despertaron un día con miles de personas extranjeras vagando por sus calles y ningún gobierno que los defendiera. La respuesta rotunda a un ataque a la integridad territorial que se esperaba nunca llegó, y mientras los días pasaban los rumores de que “van a quedarse” penetraban en las almas de todos. ¿Ser ceutí y seguir viviendo en Ceuta podía dejar de ser posible?

De la sensación de impotencia y el miedo se pasó a la ira. De la ira retributiva (búsqueda de culpables y deseo de castigo) al asco proyectivo (deshumanización, insultos y exclusión moral). El esquema de la degeneración emocional de Martha Nussbaum se cumple ante nuestros ojos. Ante mis ojos. Con el corazón encogido veo multiplicarse escenas de odio y de violencia. Los migrantes se han convertido en los chivos expiatorios de un mal que viene de arriba. Como en los juegos del hambre, me siento una marioneta más dentro de un asqueroso tablero de cleptócratas que nos observan con la sonrisa puesta a través de las pantallas. 

¿Hasta cuándo? 

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Liubba El Hadi, ceutí, es ingeniera de telecomunicaciones y activista de la organización Eumans (miembro de la junta de gobierno de UEF Europa).

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