Es el apocalipsis, ya lo siento Beatriz Gimeno
Soy originario de Alhucemas, una ciudad donde la emigración no necesita estadísticas para hacerse visible. Está en nuestras conversaciones, en las ausencias familiares y en los reencuentros de cada verano. Es difícil encontrar una familia que no tenga un padre, un hermano, un tío o un hijo viviendo en Europa. Bélgica, los Países Bajos, Francia, Alemania y España no son para nosotros simples nombres en un mapa: forman parte de la geografía afectiva de la ciudad.
Crecimos viendo partir a familiares y vecinos. Algunos se marcharon con un contrato de trabajo; otros, empujados por la falta de oportunidades; muchos siguieron el camino abierto por un pariente. Dejaron atrás padres, esposas e hijos y aprendieron a vivir entre dos orillas, sin desvincularse nunca por completo de la tierra de la que salieron.
No hace falta idealizar aquella experiencia. Detrás de muchas partidas hubo necesidades económicas, aislamiento y una legítima aspiración a vivir mejor. Hubo separaciones dolorosas, infancias vividas a distancia y mujeres que sostuvieron solas a sus familias mientras esperaban una carta, una llamada o una transferencia. Hubo hombres que envejecieron trabajando lejos de casa y jóvenes que descubrieron que Europa no siempre era el lugar hospitalario que habían imaginado.
Pero quienes emigraron desde Alhucemas no desaparecieron de nuestra memoria ni dejaron de formar parte de la ciudad. Regresaron cuando pudieron, construyeron viviendas, financiaron los estudios de sus hijos, ayudaron a sus familias y sostuvieron pequeños comercios. Cada verano, su vuelta transforma las calles y reactiva la economía local. La diáspora no es un apéndice del Rif: es una parte viva de su sociedad.
Esa experiencia merece ser contada sin idealizaciones, pero también sin desprecio. La emigración es uno de los capítulos fundamentales de nuestra historia reciente, no la historia completa del Rif ni la prueba automática de un proyecto concebido para expulsar a sus habitantes.
La región atravesó etapas difíciles. Los acontecimientos de 1958 y 1959 siguen presentes en la memoria de muchas familias, como también permanecen las tensiones sociales y las incomprensiones que marcaron otros momentos. Durante demasiado tiempo, determinadas zonas rurales padecieron aislamiento, escasez de servicios y pocas oportunidades económicas. Hablar de ello no debilita a Marruecos. Un país se fortalece cuando puede examinar su pasado con serenidad y atender las demandas de sus ciudadanos.
Tampoco sería justo presentar la relación histórica entre el Rif y las instituciones centrales del Estado marroquí como una sucesión ininterrumpida de desencuentros. El Rif forma parte de Marruecos, ha contribuido decisivamente a su historia y ocupa un lugar propio dentro de su diversidad regional y cultural. En las últimas décadas se han producido transformaciones visibles en las carreteras, los equipamientos, la formación superior y otros servicios públicos. Alhucemas dispone de varios centros de enseñanza superior, continúa ampliando su oferta académica y cuenta con nuevas instalaciones destinadas a alojar a estudiantes.
Facilitar una corriente de emigración laboral o aprovechar indirectamente sus consecuencias no equivale a diseñar una política destinada a vaciar el Rif
Queda camino por recorrer. Persisten dificultades relacionadas con el empleo juvenil, la calidad de algunos servicios, las comunicaciones entre los núcleos rurales y urbanos y la diversificación de la economía. Reconocer los avances no obliga a ignorar esas necesidades. Y señalar lo que falta tampoco debería conducirnos a borrar cuanto se ha realizado.
La emigración rifeña debe situarse, por otra parte, dentro de un fenómeno marroquí y mediterráneo mucho más amplio. Desde mediados del siglo pasado, varios países europeos necesitaban trabajadores. Los acuerdos laborales, las diferencias salariales y las redes familiares facilitaron la llegada de miles de marroquíes a distintos destinos europeos. El Rif participó intensamente en ese movimiento por sus circunstancias económicas y sociales, pero también porque cada emigrante abría un camino que después recorrían familiares y vecinos.
Puede afirmarse que la emigración funcionó como una válvula económica y social. Redujo la presión sobre un mercado laboral con posibilidades limitadas y proporcionó remesas esenciales. Con ese dinero se alimentaron familias, se levantaron viviendas, se financiaron estudios y se crearon negocios. Buena parte de la transformación social de Alhucemas y de otras localidades rifeñas no puede comprenderse sin el esfuerzo de quienes trabajaron en el extranjero.
Es legítimo preguntarse si, en determinadas etapas, las autoridades favorecieron ese movimiento o se beneficiaron de sus efectos económicos y sociales. La cuestión merece investigación y debate. Pero facilitar una corriente de emigración laboral o aprovechar indirectamente sus consecuencias no equivale a diseñar una política destinada a vaciar el Rif.
La diferencia es fundamental. Para afirmar que existió un plan organizado de expulsión hacen falta documentos, decisiones identificables, mecanismos concretos y responsabilidades demostrables. No basta con relacionar dificultades económicas, malestar social y emigración. Que estos fenómenos coincidan no prueba por sí solo que respondieran a una única intención política.
La historia rara vez se deja encerrar en una explicación tan sencilla. En la emigración rifeña intervinieron decisiones personales, necesidades familiares, políticas nacionales, redes comunitarias y demandas europeas de mano de obra. Convertir todos esos factores en el resultado de una estrategia única puede ser una interpretación atractiva por su contundencia, pero no necesariamente la más rigurosa.
Este debate ha reaparecido a raíz de Marruecos contra los marroquíes, una columna publicada en El País por Najat El Hachmi, escritora nacida en Beni Sidel, en la provincia de Nador, y criada desde los ocho años en Cataluña. La emigración, la identidad y las relaciones familiares entre las dos orillas han ocupado un lugar central en su trayectoria literaria.
En esa columna habla desde una memoria familiar que merece ser escuchada. Su experiencia concede a su testimonio un indudable valor humano, pero no convierte su interpretación de la historia en una verdad indiscutible. El Hachmi tiene pleno derecho a criticar con dureza las decisiones del poder y a ofrecer su propia lectura del pasado. Nadie debería pedirle que renuncie a ese derecho. Pero tampoco cabe pedir a quienes no compartimos su interpretación que aceptemos en silencio sus afirmaciones ni el lenguaje con el que ha decidido expresarlas.
La metáfora provoca, pero no explica. Y, sobre todo, resulta humillante para quienes hicieron de la emigración una vida de trabajo, sacrificio y dignidad
El Hachmi escribe que Marruecos lleva décadas vertiendo a sus ciudadanos en otros países "como se vierte la mierda en las alcantarillas". La frase está concebida para golpear al lector, pero su violencia no recae únicamente sobre quienes gobernaron o tomaron determinadas decisiones. Recae primero sobre los emigrantes.
En esa imagen, nuestros padres, hermanos y vecinos quedan convertidos en residuos. Europa pasa a ser una alcantarilla y Marruecos aparece como una maquinaria dedicada a desprenderse de sus propios habitantes. La metáfora provoca, pero no explica. Y, sobre todo, resulta humillante para quienes hicieron de la emigración una vida de trabajo, sacrificio y dignidad.
No conozco a ningún emigrante rifeño que pueda resumirse en esa imagen. Conozco, como tantos marroquíes, historias de personas que soportaron empleos duros, discriminación y soledad para ofrecer un futuro mejor a sus hijos. Conozco a quienes trabajaron durante décadas en fábricas, minas, obras, campos y comercios. Conozco también su apego a la tierra, sus regresos estivales y el orgullo con el que transmitieron a sus hijos una pertenencia que la distancia no consiguió borrar.
Llamarlos, aunque sea indirectamente y con una intención retórica, materia vertida en una alcantarilla no denuncia su humillación: añade otra.
La columna acumula otras expresiones igualmente reductoras. Presenta a quienes procedemos del Rif como personas privadas de patria, describe nuestra tierra como "yerma y abandonada" y resume su historia en una sucesión de destierros involuntarios. El resultado va mucho más allá de la crítica a una política o a una etapa concreta. Construye el retrato de un país enfrentado por naturaleza a sus ciudadanos y de una región incapaz de producir algo distinto de hambre, silencio y emigración.
Ahí reside el problema. Las políticas de una época, las instituciones del Estado, Marruecos como país y el conjunto de los marroquíes no son realidades intercambiables. Se puede cuestionar una decisión pública sin condenar a toda una nación. Se pueden analizar los errores del pasado sin presentar a Marruecos como enemigo esencial de los marroquíes. Y se puede defender al Rif sin separarlo de su pertenencia nacional ni encerrarlo en el papel de víctima perpetua.
También resulta discutible presentar como un hecho demostrado la existencia de "políticas deliberadas" para que los rifeños se marcharan. Es una acusación de gran alcance histórico. El dolor transmitido por padres y abuelos posee un valor humano incuestionable y debe formar parte de la memoria de la región. Pero la memoria familiar y la demostración histórica no cumplen exactamente la misma función.
La memoria nos permite conocer cómo vivieron las personas una época y cómo interpretaron sus consecuencias. Para probar una estrategia de Estado hacen falta, además, documentos, contexto y una reconstrucción precisa de las decisiones adoptadas. La contundencia de una metáfora no puede sustituir esas pruebas.
Pedir rigor no significa negar las dificultades ni desautorizar a las familias que las padecieron. Significa tomarlas suficientemente en serio como para no utilizar su sufrimiento como atajo hacia una conclusión decidida de antemano.
Conviene además preguntarse qué imagen recibe un lector español que apenas conoce el Rif. Probablemente verá una tierra sin oportunidades, sometida a un país empeñado en expulsar a sus habitantes. No verá la vida cotidiana de Alhucemas, de donde procedo, ni la de Beni Sidel, en la provincia de Nador, donde nació Najat El Hachmi. No verá la cultura de la región, su actividad económica, sus centros educativos, la solidaridad de sus habitantes ni su estrecha relación con la diáspora. Tampoco verá las transformaciones realizadas ni el trabajo de quienes, desde las instituciones y desde la sociedad, intentan responder a los desafíos todavía pendientes.
Nuestra historia contiene dolor, pero no solo dolor. Contiene también resistencia, movilidad social, cultura, arraigo y una relación extraordinariamente viva con la diáspora
El Rif no necesita que se silencien sus dificultades. Necesita que se expliquen con precisión. Necesita empleo, mejores servicios, continuidad en las inversiones y una participación efectiva de su población en la definición de las prioridades regionales. Necesita asimismo una relación de confianza con las instituciones y una atención particular a las necesidades del mundo rural.
La consolidación de esa confianza también requiere atender las heridas que dejaron las protestas del Hirak y su desenlace judicial. Una respuesta serena y humanitaria para quienes todavía cumplen condena por aquellos acontecimientos ayudaría a aliviar el sufrimiento de sus familias y a cerrar una página que continúa pesando sobre la memoria de Alhucemas. Sería, además, un gesto capaz de reforzar la reconciliación y de confirmar que el diálogo constituye el mejor camino para integrar las demandas sociales dentro de las instituciones.
Todo ello puede reclamarse desde la pertenencia a Marruecos, sin convertir cada demanda en una ruptura ni cada crítica en una acusación contra todo el país. Las instituciones, por su parte, tienen la oportunidad de consolidar lo realizado, escuchar las inquietudes locales y corregir aquello que no funciona. El desarrollo no se mide solamente por las infraestructuras construidas, sino por su capacidad para mejorar de manera concreta la vida de las personas.
Nuestra historia contiene dolor, pero no solo dolor. Contiene también resistencia, movilidad social, cultura, arraigo y una relación extraordinariamente viva con la diáspora. Quienes se marcharon no desaparecieron por una alcantarilla. Trabajaron, enviaron dinero, regresaron, construyeron casas, educaron a sus hijos y mantuvieron un vínculo profundo con Marruecos.
El Rif merece una memoria sin silencios, pero también sin caricaturas. No es una tierra maldita ni un territorio detenido en el abandono. Es una región marroquí con una historia singular, como también la tienen las demás regiones que componen el país.
Marruecos no es una realidad uniforme. El norte mediterráneo, las regiones atlánticas, las montañas del Atlas, el este, las llanuras centrales, los oasis y el sur sahariano poseen memorias, lenguas, costumbres y experiencias históricas diferentes. Esa diversidad no debilita la identidad nacional: constituye una de sus mayores riquezas. Ser rifeño no significa pertenecer menos a Marruecos, del mismo modo que formar parte de Marruecos no exige renunciar a la memoria particular del Rif.
La singularidad de la región debe ser reconocida sin convertirla en aislamiento ni utilizarla para levantar una frontera emocional con el resto del país. El Rif tiene necesidades que deben seguir atendiéndose, transformaciones que merecen ser reconocidas y recursos humanos capaces de participar plenamente en la construcción de su futuro y del futuro común de Marruecos.
Cuando pienso en Alhucemas, no veo una tierra dedicada a expulsar a sus hijos. Veo a quienes se marcharon para trabajar, a quienes se quedaron sosteniendo a sus familias y a quienes regresan cada verano sin haber dejado nunca de sentirse rifeños y marroquíes. Veo también una región que conoce sus heridas, pero que no acepta ser definida únicamente por ellas.
Nuestros emigrantes no fueron vertidos: se marcharon, trabajaron, resistieron y siguieron cuidando de los suyos desde la distancia. Su historia merece algo más que una imagen concebida para escandalizar. Merece respeto, memoria y verdad.
El Rif no cabe en una metáfora porque está hecho de vidas, no de residuos.
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Fikri Soussan es profesor de Estudios Hispánicos en la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdellah de Fez y responsable de la edición en francés de Alyaoum24.
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