Ceuta en clave de seguridad Jesús A. Núñez Villaverde
Entré al Salón de Baile del Círculo de Bellas Artes buscando un refugio climático y salí con la sospecha de haber visitado otra cosa. Hay edificios que resguardan del frío o del calor; unos pocos resguardan, además, del descuido del mundo. El Refugio Climático pertenece a esa rara especie.
En un verano en el que el aire acondicionado se ha convertido en una necesidad pública, parecía natural que un edificio centenario, en el centro de Madrid, abriera sus puertas para proteger del calor. El aire fresco producía, al entrar, ese alivio inmediato que todos hemos aprendido a reconocer en los últimos años. Pero bastaron unos minutos para que la temperatura dejara de ser lo más importante.
Había personas leyendo, otras trabajando en sus ordenadores y varias dormían. Algunas lo hacían con una profundidad que llamaba la atención. Dormían como duerme quien ha encontrado, aunque sea por unas horas, un lugar en el que no tiene que estar pendiente de sí mismo. Fue entonces cuando advertí que muchas de las personas que ocupaban el refugio eran personas sin hogar. Y la palabra “climático” que daba sentido al nombre del “Refugio” empezó a parecerme insuficiente. Nombraba la razón por la que aquel espacio había abierto sus puertas, pero no alcanzaba a explicar lo que estaba ocurriendo dentro. La emergencia climática estaba haciendo visible otra emergencia más antigua, esta es, la de quienes viven a la intemperie.
Durante unas horas, aquel salón podía ser una casa. Un lugar donde sentarse, dormir, leer, jugar o simplemente dejar pasar el tiempo. Un lugar donde nadie parecía preguntarse cuánto tiempo llevaba allí cada persona ni qué hacía allí.
En el centro del Salón de Baile colgaban varias hamacas. Al verlas, el pensamiento se me fue hacia un recuerdo de mi infancia, hacia las tardes del Caribe colombiano. Allí las hamacas nunca tuvieron el prestigio de la cama ni la intimidad del dormitorio. Eran otra cosa. Un ingenio para el descanso que estaba ahí, disponible para quien quisiera tumbarse. En las tardes de calor, uno podía acostarse en cualquier hamaca. La maravilla de aquel objeto tejido era que no estaba destinado a nadie en concreto y que, precisamente por eso, podía ser de todos. Uno se levantaba y otro ocupaba su lugar.
Frente a quienes niegan el cambio climático y frente a quienes se niegan a aceptar al inmigrante o al que no tiene hogar, haría falta que más instituciones siguieran el ejemplo del Círculo de Bellas Artes
Quizá por eso siempre me ha parecido que la hamaca pertenece a una categoría distinta de objetos. La cama tiene nombre, habitación, dueño. En cambio, la hamaca puede estar en medio de una casa y seguir teniendo algo de espacio común. Su utilidad no depende de que alguien la posea, sino de que esté disponible.
Al verlas suspendidas en medio de la amplitud del Salón de Baile, tuve la impresión de que algo de aquel Caribe había llegado hasta Madrid. Pero también pensé que aquellas hamacas estaban diciendo algo sobre el propio refugio. Un lugar empieza a convertirse en casa cuando deja de importar demasiado a quién pertenece y empieza a importar quién puede encontrar allí un sitio; un lugar en el que pueda reponer las fuerzas para volver a salir al mundo.
No es la primera vez que el Círculo de Bellas Artes abre este espacio durante el verano. El Refugio Climático llega ya a su tercera edición. Lo que en un principio podía parecer una respuesta excepcional a las altas temperaturas empieza a adquirir, con su repetición, otro significado. Cada verano resulta un poco menos extraordinario tener que buscar lugares donde protegerse del calor. La emergencia climática está empezando a modificar la forma en que habitamos la ciudad y pone de manifiesto quién tiene realmente acceso a sus lugares seguros.
El calor, además, no se distribuye de manera equitativa. Hay quienes pueden cerrar las ventanas, encender el aire acondicionado y esperar a que pase la ola de calor. Hay quienes no tienen una puerta detrás de la cual protegerse. Para ellos, encontrar un espacio fresco durante unas horas no es exactamente una comodidad, puede ser una necesidad absoluta de supervivencia.
Quizá por eso el refugio me pareció más grande que el espacio que ocupaba. No porque pudiera resolver la vida de quienes estaban allí ni hacer desaparecer las condiciones extremas que el calentamiento global vuelve cada vez más frecuentes, sino porque ofrecía algo que una ciudad suele olvidar con facilidad: un lugar donde estar.
Hay algo especialmente elocuente en que ese lugar sea el Salón de Baile del Círculo de Bellas Artes, que este año cumple 100 años. Durante un siglo, ese espacio ha sido escenario de celebraciones, encuentros y acontecimientos culturales. Este verano sirve también para que algunas personas puedan dormir una siesta lejos del calor. No sé si existe una definición más concreta de lo que puede significar una institución cultural que esa capacidad de poner su espacio al servicio de una necesidad que no estaba prevista.
La cultura suele hablar de la manera en que habitamos el mundo. A veces lo hace a través de una obra de arte, de un libro o de una conversación. Otras veces basta con abrir una puerta y dejar que alguien descanse.
Salí del refugio a una Madrid que seguía caliente. Las fachadas devolvían el calor acumulado durante el día y el verano continuaba ahí, indiferente. Dentro, las hamacas seguían acogiendo cuerpos, ofreciendo, por un breve momento del día, un verdadero “abrigo” del calor.
Había entrado buscando aire fresco, pero salí pensando en que el verdadero refugio no consiste únicamente en protegernos de las temperaturas extremas, sino que también exige reconocer a quienes han sido expulsados de sus lugares de origen por la pobreza, la violencia, la desigualdad o el deterioro del medioambiente. Frente a quienes niegan el cambio climático y frente a quienes se niegan a aceptar al inmigrante, al pobre o al que no tiene hogar, haría falta que más instituciones, y especialmente las culturales, siguieran el ejemplo del Círculo de Bellas Artes. No solo abriendo sus puertas para proteger del calor, sino ofreciendo algo aún más difícil, pero a la vez, mucho más necesario: un lugar donde cualquiera pueda sentirse como en casa.
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Lorena Santos-de-Torregroza es doctora en Filosofía, Universidad Complutense de Madrid. Investigadora del proyecto “Cultural History of Gestures” financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.
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